Desperté.
Estaba tendida en el suelo, sobre el suave y fresco pasto, flores naciendo junto a mis manos, bajo el sol radiante y un cielo sin nubes, rodeada de árboles gigantes cercanos al otoño, y una vieja cabaña, extrañamente familiar.
Parpadee un par de veces, despertando mis ojos.
Mi nombre... No lo sabía, tampoco si tenía familia o amigos, tampoco reconocía la cabaña ni porqué estaba allí, que criatura era, si era buena o mala, mi mente estaba en blanco. Solo sabía que... Estaba muerta, era un fantasma, pero más que alarmarme o asustarme, solo me preocupo mi falta de recuerdos.
Me levanté del suave y fresco pasto, mientras la luz del sol, pequeñas partículas de polvo y polen me atravesaban sin cesar, al igual que las hojas otoñales, de los árboles gigantes.
Llevaba un vestido largo, de un blanco bien puro, ajustado en el busto, suelto en las mangas y la falda, este cubría mis pies descalzos, las mangas largas llegaban a la mitad mis palmas, con el cuello redondo, lleno de bolados y encajes similares a flores. Mi cabello era largo, muy largo, llegaba más allá de mis muslos, rubio pálido y levemente rizado, dos puntiagudas orejas, sobresalían de cada costado de este a los costados. Mis rasgos se sentían suaves, pero afilados, principalmente las cejas y la barbilla. Mi piel era blanca como la nieve, sin mancha ni rayón, ni cicatriz ni manchón.
No sentía el pasto, pero por las gotas de rocío sabía que era suave y fresco, muy tierno.
Podía mirar directamente al sol sin dañarme los ojos.
Mi cuerpo no emitía sonido al moverme, no escuchables para los demás seres.
Y lo triste, que a pesar de tantas flores a mi alrededor, mi nariz no capto ningún aroma.
Era un hecho, que no podría saborear nada.
Estaba muerta.
Pero ¿Por qué era un fantasma? ¿Por qué no estaba en paz? ¿Cuál era mi asunto pendiente? Por más que me rompiera la cabeza pensando, no me llegaba ninguna idea.
Cuando un llanto, se hizo escuchar.
Instintivamente, corrí hacía la cabaña, de donde provenía este, atravesando paredes y objetos, personas y alguna que otra cosa.
Un hombre vestido, de pies a cabeza, de un rojo intenso, su cabello negro cortado casi al ras, orejas puntiagudas, piel blanca como la nieve recién caída, rasgos duros e inexpresivos, ojos negros brillantes. Este sostenía una criatura en brazos, también con orejas puntiagudas, de piel pálida, semisonrojada, una pelusa negra como cabello, sus ojitos negros brillantes. Él lo acunaba con amor entre sus brazos, acariciando las mejillas del bebe dulcemente, tratando de calmarlo, mientras una canción de cuna salía entre sus labios suavemente.
¿Quiénes eran ellos? ¿Por qué me eran tan familiares?
Di un paso al interior de la habitación.
Ninguno me notó, no sabía porque, pero quería que lo hicieran.
Di uno tras otro, hasta que estuve junto a ellos.
El hombre de rojo, de rasgos indiferentes, mirando con ojos brillantes, no tan indiferentes, a su pequeño hijo, como quien mira un gran tesoro, algo que proteger.
¿Cómo sabía que eran padre e hijo? Sus ojos los delataron.
Más tarde el pequeño se calmó, y el hombre lo dejó en una cuna de madera oscura, donde flores blancas brotaron de inmediato, al sentir la presencia de ambos, y delicados brotes cubrieron al bebe con cariño, arropándolo. Mientras un suspiro triste escapaba del hombre de rojo.
¿Cuál era su pena? Me pregunté.
Este se fue, y quedé en la habitación sola con el niño.
Por alguna razón, no me quería ir.
Quería quedarme y protegerlos, a ambos.
Y así hice, me quedé en la cabaña del bosque de árboles gigantes, que nunca abandonaban el otoño, donde el sol siempre era brillante y el paso suave y fresco. Mientras los años pasaban, el pequeño empezó a caminar, dejó los pañales y aprendió a hablar, cada día se parecía más a su padre, pero su sonrisa, era otra historia, me era demasiado conocida, como arrugaba los ojos y mostraba los dientes felizmente. El hombre no había cambiado en nada en todos estos años, seguía vistiendo el rojo y el negro, su cabello casi al ras, sus rasgos se suavizaron un poco, pero no mucho. Parecían ser felices, a pesar que el padre tenía pesadillas todas las noches, y el niño era un poco solitario para su edad.
Yo no había cambiado en nada, ni siquiera el vestido, aunque suene chistoso, de tanto en tanto el costado derecho de mi cuello hormigueaba, como una vieja herida. Junto a ellos, las preguntas no volvían, como si las respuestas ya hubieran sido contestadas, como si estuviera en paz, yo, yo era feliz.
De tanto en tanto seres oscuros aparecían, no eran malos, hablaban con el hombre de rojo y los más pequeños jugaban con el hijo como viejos amigos, así que no los expulse, me limité a esconderme, yo era un ser de luz después de todo, y no sabía cual sería su reacción.
Todo era paz, hasta que el padre tuvo que marchar a la batalla, yo sabía que estaría bien y que volvería, pero el niño lloró por días de angustia, no quería estar solo, no lo estaba. Un mes después él volvió, con una venda sobre los ojos, una herida que sanaría pronto según sus palabras, y abrazó a su hijo con una sonrisa.
Un día como otros, mientras deambulaba por la cabaña con calma, observando los cuadros de la casa, un objeto cayó detrás de mí ¿Cómo era posible? Yo traspasaba todo.
Y voltee en busca del ruido.
Por primera vez en años, alguien me vio, alguien me miró directamente a los ojos, dejándome congelada en mi lugar, sin desviar la mirada de esos ojos negros brillantes.
- Tú...
Me habló.
Y yo me escondí ¿Y si me quería echar? ¡Yo solo quería protegerlos! Corriendo por los pasillos, atravesando paredes y objetos, personas y alguna cosa más.
Pero el hombre de rojo era rápido, me encontró enseguida.
- Tú eres...
¡No era nadie! ¿Cómo él iba a saber quien era? ¡Si ni siquiera yo lo sabía!
Sus ojos no se desviaron, antes de que pudiese escapar otra vez, su pálida y fría mano tocó la mía ¡Imposible! La tomó con gentileza, como si yo fuera de cristal, como si me fuera a desvanecer en cualquier momento.
- Tú eres...
Su postura siempre firme, débil ante mí, su mirada oscura, capaz de reflejar las estrellas del mismo cielo, su expresión, asustada y emocionada, triste y alegre, tan desconocida en ese rostro, tan hermosa, tan familiar para mí ¿Cómo...?
Solo bastó un toque, su toque, los recuerdos que él mismo atesoraba, llegaran a mi mente.
¿Cómo pude haberlo olvidado? ¿Cómo pude haber olvidado a este maldito traidor, como incluso él se hacía llamar? ¿A mi propio hijo, que creció frente a mis ojos? ¿Quién era yo y cómo llegué a ser un fantasma?
Mi asunto pendiente, protegerlos más allá de la muerte, como la guerrera que era