Era una vida tranquila para Alicia Reyes.
Cada día lo mismo: desayunar, ir a la universidad, trabajar en la tienda de comestibles más cercana y practicar Aikido.
Su apartamento era lo suficientemente bueno, tenía lo que necesitaba. Aunque era el más pequeño del edificio, servía.
Todo iba relativamente bien, hasta que un día su jefe la retuvo por más horas de las habituales, afortunadamente le pagó extra por ello.
Pero eso la hizo llegar muy tarde a su casa. Entonces se fijó en una persona que la seguía hasta entrar al edificio, se puso nerviosa pero camino con rapidez disimulada hasta su puerta. De todos modos, podía defenderse lo suficientemente bien. Pero nunca hay que fiarse.
El sujeto llevaba gafas oscuras, en la noche. Dejó de preocuparse en ese momento del peligro, porque sólo un lunático o un idiota haría eso.
Aún así no le dio del todo la espalda, abrió su puerta y él se detuvo en la puerta al lado de la de Alicia.
Ah, son vecinos, qué raro. La dueña del edificio no dijo nada de eso en la reunión mensual, aunque se distrajo por el final, francamente.
Suspiró suavemente, y le dijo buenas noches.
Se giró a verla, y respondió aún más bajo, que igualmente. Si no tuviera buen oído se lo habría perdido.
Le preguntaría mañana a la dueña, por si acaso.
Además nunca lo había visto hasta ahora.
Sospechoso.
Pero con un buen perfil, bonita nariz.
Al día siguiente...
Alicia no pudo dormir bien, se despertó varias veces por la noche. Al acercarse, escuchó un ruido de teclado en la habitación de al lado.
Le picó la curiosidad, pero tenía práctica mañana. Entonces no tenía tiempo de preocuparse por nada más.
Repasó sus apuntes hasta el amanecer.
Y decidió salir más temprano, para continuar allá.
Justamente iba saliendo cuando la puerta de su nuevo vecino se abrió segundos después que cerrara la suya.
Lo saludó amablemente, estaba cansada pero al menos podía ser educada.
Él la miró un momento y le devolvió el saludo.
Ambos continuaron caminando, Alicia se fijó en su espalda y el resto, con curiosidad.
Luego desvió la mirada al darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Al salir del edificio, volvió a mirarlo, y notó que llevaba una peluca castaña, se preguntó la razón. Pero separaron sus caminos en el autobús.
Tal vez debería dejar de preocuparse por su vecino, aunque fuera interesante el misterio. No es una cotilla. Y hoy salían a la venta los libros de T. Collins, su suspense es lo mejor. Y encima es actor de teatro. Un genio es lo que es, él y ese precioso cabello rojo.
No había tiempo que perder en vecinos misteriosos.