En aquel entonces cursaba el primer año de secundaria. Yo era una chica nueva y bastante tímida; prefería pasar desapercibida, sin llamar la atención de nadie. No me interesaba mirar a nadie ni que me miraran a mí.
Hasta que un día ocurrió algo tan simple que jamás imaginé que quedaría grabado en mi memoria.
La profesora pidió un lapicero. Yo ya estaba comenzando a sentirme un poco más en confianza, así que me levanté para alcanzárselo. Justo en ese momento, otro compañero caminaba en la misma dirección. Sin decir una palabra, comenzamos una pequeña carrera por ver quién llegaba primero. Fue algo tan breve y tan inocente… pero suficiente para que lo notara.
Después de eso, pasaron varios días sin que nuestras miradas se volvieran a cruzar.
Un día, el auxiliar entró al salón y anunció que organizaría las filas por parejas: un hombre y una mujer en cada fila. Aquello me pareció algo normal, aunque no pude evitar sentir un poco de nervios.
Cuando giré la mirada hacia mi izquierda, lo vi. Su segundo nombre era Pierre.
La profesora pidió que todos los varones pasaran al frente, frente a la pizarra. Luego el auxiliar nos indicó a las niñas que ordenáramos nuestras cosas. Cuando señaló mi lugar, me pidió que fuera a sentarme en una silla… que curiosamente estaba justo al lado de Pierre.
Y yo obedecí.
Aún recuerdo algo que hice y que ahora me hace sonreír con cierta ternura. Me senté encima de su sitio, como si aquel simple pedazo de madera fuera un pequeño tesoro que debía defender.
¿Pueden creer lo que puede provocar el amor… incluso antes de que uno se dé cuenta de que está comenzando a sentirlo?
Cuando finalmente él regresó a su lugar y se sentó a mi lado, sentí una alegría silenciosa que traté de ocultar. Lo curioso es que, en lugar de ser amable, yo lo molestaba constantemente. Lo fastidiaba, lo provocaba… quizás porque esa era mi forma torpe de esconder lo que sentía.
Con el tiempo nos volvimos muy buenos amigos.
Pero entonces supe algo que me dolió más de lo que esperaba: él ya tenía novia. Y no era precisamente alguien agradable. Era celosa, posesiva y parecía odiar el hecho de que él y yo nos lleváramos bien. Muchas veces le hablaba mal de mí, y él, tratando de evitar problemas, terminó diciéndome que ya no se juntaría conmigo.
Se cambió de sitio.
Y aunque no lo dije en voz alta, aquello me entristeció profundamente.
Sin embargo, un día regresó. Volvió a sentarse a mi lado, como antes. Me miró y simplemente dijo:
—Perdón por lo que te dije.
Yo respondí con un simple “está bien”, tratando de parecer indiferente… pero por dentro estaba inmensamente feliz.
Tiempo después supe que aquella chica le había sido infiel, nada menos que con su mejor amigo, quien también era amigo mío y se sentaba detrás de nosotros. Cuando todo terminó, él cambió mucho. Ya no sonreía como antes, parecía más serio, más distante.
Pero cuando estaba conmigo… sonreía.
Y eso era lo que más me gustaba. Saber que, de alguna manera, yo podía devolverle un poco de alegría.
Nunca le ofrecí nada más que mi cariño como amiga. El año terminó y para él yo seguía siendo solo eso: una amiga.
El tiempo pasó, la secundaria terminó, y cada uno siguió su camino.
Hoy no sé dónde estará Pierre. No sé qué fue de su vida.
Pero aún recuerdo aquellos días con una mezcla de ternura y nostalgia.
Quién diría que todo comenzó con algo tan pequeño como un lapicero…
Y que, sin darme cuenta, ese pequeño momento terminaría rompiendo mi corazón en mil pedazos. 💔😞