La lluvia no daba tregua. Lo que había parecido que sería una llovizna pasajera se convirtió en una tormenta que ocasionó que el suministro eléctrico se interrumpiera.
—Este sería un día de mierda de no ser por la paliza que les dimos a esos tipos. —La voz de Keisuke resonó como un treuno en la oscuridad de las calles a las que estaba tan acostumbrado. El vice capitán de su división asintió con la cabeza.—. ¿Chifuyu? ¿Sigues ahí?
—Sí… Sí. Aquí estoy, Baji-san.
El aludido resopló antes de seguir hablando.
—Me pregunto cómo habrán llegado Draken y Mikey. Mikey estaba casi dormido cuando terminamos. ¿Te imaginas a Draken cargándolo en sus espaldas con esta lluvia? Apenas y puedo mantenerme en el suelo con este viento… ¿Tú como estás? Hoy no te vi del todo bien…
—Ah, ¿eso? No, no pasa nada. —Chifuyu venía agarrándose de las paredes, pero, de pronto, tuvo un obstáculo delante suyo que recién reconoció al ponerle las manos encima—. ¿Baji-san?
—¿Qué pasa? Sabes que puedes hablar de lo que sea conmigo.
Si Keisuke hubiera podido ver el rostro de Chifuyu, habría notado que estaba completamente rojo. El muchacho bajó sus manos rápidamente e intentó responderle, pero no podía hacer otra cosa más que balbucear.
—Ya le dije que no pasa nada. ¿Usted cómo está?
—¿Yo? Sigo en una sola pieza. —El silencio que se formó entre ambos resultó incómodo para Chifuyu, pero Keisuke no se percató de ello—. ¿Seguimos? Quedan un par de cuadras hasta llegar a casa.
—Sí.
Tener de vecino a Keisuke no solo era beneficioso para Peke J, que recibía doble ración de comida al escabullirse a su habitación, también lo era para Chifuyu, ya que de no haber sido por él, habría esperado a que el suministro eléctrico regresará, como había hecho la mayoría de los miembros de TouMan. Pero después de una pelea, Baji Keisuke solo tenía una cosa en mente: la mitad de un Peyoung yakisoba . Y Chifuyu era el que terminaba con la mitad restante. Era un ritual que Keisuke se rehusaba a dejar de cumplir. Y ni siquiera una tormenta como la que estaba azotando la ciudad iba a oponerse a que se llevara a cabo. Chifuyu se sintió un poco más aliviado cuando llegaron al complejo de departamentos donde vivían, pero el cansancio y las escaleras que tenían que subir no fue una buena combinación. Se tropezó apenas empezó a subirlas y terminó cayendo al suelo.
—¿Chifuyu? ¿Ese fuiste tú?
El aludido se llevó una mano al rostro y se quejó por el golpe.
—Sí, lo siento, Baji-san. Creo que me quedaré descansando aquí un rato.
—¿Se te aflojó un tornillo o algo así? Si te quedas aquí, va a terminar agarrándote… —Las palabras de Keisuke fueron interrumpidas por el estornudo de Chifuyu. Bajó con cautela las escaleras hasta llegar a su vecino—. Estira el brazo.
—¿Para qué?
—¿Puedes hacerlo? —El aludido estiró el brazo hasta que su mano se encontró con la de Keisuke—. Ahora, levántate y vamos. No dejaré que mi vice capitán se enferme en un lugar como este.
Chifuyu selló sus labios. Sintió su rostro caliente de nuevo. Quizás debería dejar de leer manga shoujo antes de irse a dormir. Es que se sentía como si estuviera viviendo dentro de una de las historias que leía con regularidad: el sabelotodo y el chico malo que se conocían de casualidad, descubrir que el sabelotodo era alguien completamente opuesto a lo que aparentaba, serle leal hasta la muerte, caminar juntos bajo la lluvia, agarrarse de las manos. ¿Qué seguía después de eso? Ah, sí. La confesión. Chifuyu agarró con más fuerza la mano de Keisuke mientras pensaba en esa posibilidad. Keisuke no sería capaz de… Él no podría… Era imposible que…
—¿Baji-san?
—Vamos a mi casa.
La trama avanzaba demasiado rápido y se había saltado un par de capítulos. ¿Ir a su casa? ¿Para qué? ¿Con qué intención? ¿Keisuke iría a por todo con él? No, no. No, no, no. Chifuyu negó con su cabeza hasta el punto de sentirse un poco mareado. Agradeció que Keisuke lo soltara cuando trató de encontrar sus llaves en el bolsillo roto que nunca le había pedido a Mitsuya que le arreglara. Si lo hubiera tenido de la mano en ese momento habría notado el nerviosismo de Chifuyu en su mano llena de sudor.
—Creo que mejor me voy a mi casa…
—Pero quiero comer. Si espero a que te dignes a terminar con la otra mitad se va a poner rancio. Además, es de noche y el clima es una mierda. Y mamá no va a venir hoy a casa, así que, vamos a estar solos… —Chifuyu debía ser el que pusiera un freno a la situación, pero, en ese momento, fue arrastrado puertas adentro por Keisuke, y llevado de esa manera a su habitación—. Espera aquí, ya vuelvo.
Los pocos minutos que se supone tardaría Keisuke en regresar con el condenado yakisoba estaban resultando eternos para Chifuyu que, convertido en un manojo de nervios y con miles de paneles de distintos manga pasando por su mente, agarraba con fuerza sus piernas cruzadas sobre el suelo. Escuchaba los latidos de su corazón sobre sus oídos, y se preguntaba si Keisuke también podía hacerlo. A juzgar por la canción que silbaba desde la cocina, se dio cuenta que no. De repente, el silbido cesó. Había alcanzado a oír que el agua hervía y era vertida sobre el yakisoba . ¿Keisuke seguía ahí o había decidido hacerle compañía en lo que esperaba que esté la comida? Sintió una caricia sobre su pierna y eso lo hizo sobresaltarse. Giró su cabeza hacia donde había sentido el contacto, pero no iba a poder ver más que la oscuridad a su alrededor. Una nueva caricia un poco más fuerte llamó su atención.
—¿Baji-san…?
Chifuyu susurró y se inclinó un poco hacia su derecha, pero Keisuke no estaba ahí. De pronto, un maullido lo hizo lanzar un grito. Y ese grito hizo que Keisuke llegara corriendo a la habitación, tropezándose con varias cosas en el camino.
—¿Chifuyu? ¿Qué pasó?
—¡Peke J! ¡Es Peke J!
Soltando su nerviosismo, Chifuyu terminó lanzándose de espaldas al suelo. Escuchó la risa de Keisuke quien probablemente seguía de pie sobre el umbral de la puerta.
—Ah, gato condenado. Casi matas a tu dueño de un infarto. —El animal respondió a sus palabras con un maullido. El sonido de su ronroneo aumentó su intensidad mientras recibía las caricias de Keisuke—. Creo que el yakisoba ya debe estar. Voy por él.
—Ah, sí…
Chifuyu volvió a sentarse. Peke J se le acercó y se frotó contra sus piernas hasta hacerse un ovillo en el espacio entre ellas. Su dueño lo acarició con ternura, recibiendo un par de lamidas en el proceso. Keisuke regresó y compartieron el yakisoba como siempre. Intercambiaron opiniones sobre el último número de la revista que leían hasta que se dieron cuenta que, ya sea por la comida o por la batalla que habían tenido, el cansancio pesaba sobre ambos.
—Sé que te dije que sería una noche solo para nosotros, pero, ¿no tienes sueño?
—Sí, yo también me siendo un poco cansado. ¿Vamos a casa, Peke J?
—¿Qué? ¿A casa? ¿Y cómo vas a ir? Casi terminas rodando por las escaleras más temprano.
—Eso no va a pasar ahora, puedo asegurárselo.
—No se diga más. Te quedas a dormir aquí.
—¿Aquí? ¿Y dónde voy a dormir?
—¿Dónde más? Conmigo. —De nuevo, Chifuyu sentía que todas las escenas que había visto al respecto en los manga volvían a proyectarse en su mente. Escuchó a Keisuke subir a su cama y tratar de acomodar todo lo que había en ella—. Oye, Chifuyu, ¿vas a venir o no?
No había manera de que Keisuke estuviera esperándolo. No podía imaginárselo acostado con la cabeza apoyada con pereza sobre su mano, su codo apoyado sobre la almohada y el otro brazo sobre la rodilla, y esa misma pierna flexionada sobre el colchón. O quizás sí, porque esa era la pose que Keisuke siempre mantenía cuando hablaba con Chifuyu sentado ahí.
—Ah, sí.
Una cama. Compartir una cama. Compartir una cama con Keisuke. Chifuyu podía ver en su mente no solo los paneles, también los kanji que llenaban los globos de diálogo y algunas de las palabras que se repetían en todos ellos. Y no pudo evitar sonrojarse por el inevitable final que iba a tener que protagonizar. Cuando sintió el peso de su cuerpo a su lado, Keisuke lo atrajo hacia él jalando de uno de sus brazos.
—Si no vienes más para acá vas a terminar en el suelo. Esperemos que mañana todo se solucione.
—Um… Sí.
—Buenas noches, Chifuyu.
—Que descanse, Baji-san…
El lejano sonido de los pájaros despertó a Chifuyu. Su mente estaba un poco dormida todavía, así que, cuando vio a Keisuke durmiendo a su lado, sintió que el corazón se le subía hasta la garganta y su rostro se calentaba demás. Trató de alejarse un poco de él, de su hermoso rostro dormido, de su expresión pacífica, del cabello suelto que le hacía cosquillas al acariciar su piel, de sus labios que emitían un sonido musical al estar dormido. ¿Eh? ¿Labios? ¿Dijo labios? Chifuyu se hizo hacia atrás sin detenerse a pensarlo una segunda vez y terminó en el suelo. El estrepitoso sonido alertó a Keisuke, que se asomó para verlo y rio con intensidad.
—¿Keisuke? ¿Qué fue eso? —Su madre abrió la puerta de la habitación para encontrar a Chifuyu sobándose la cabeza y a su hijo riendo desde su cama—. ¿Eh? ¿Dormiste aquí, Matsuno-kun?
—Sí. Anoche llegamos tarde y le dije que durmiera aquí. —Explicó Keisuke tratando de reponerse de la risa.
—Ya veo. Ahora que se despertaron, ¿quieren que les prepare el desayuno?
—No se moleste. —Chifuyu se sentó en el suelo—. Yo iré a mi casa a ver cómo está todo.
—Supongo que se habrán dado cuenta que estarías aquí, pero, está bien. Keisuke, ¿qué haces todavía ahí? Ve a acompañar a Matsuno-kun a su casa.
—¿En serio, mamá?
—¡Por supuesto que sí!
Ambos miembros de TouMan se subordinaron a las órdenes de la madre de Keisuke, pero Chifuyu se volvió hacia él apenas cruzó la puerta del departamento.
—No hace falta que venga conmigo.
—¿Estás seguro?
—Sí, sí, siga descansando, Baji-san. Hizo un gran trabajo anoche.
—Por supuesto que lo hice. A propósito… —Keisuke se interrumpió para apretar la herida que Chifuyu tenía sobre su labio inferior—. Ve a curarte eso.
—Ay. Sí, eso haré.
—Nos vemos.
Chifuyu se despidió con una reverencia y trotó hacia las escaleras. Keisuke volvió a su habitación en silencio para no llamar la atención de su madre. Saltó a su cama y hundió su rostro en la almohada para inspirar el aroma ajeno que esperaba siguiera ahí aunque fuera unos pocos minutos más. Se preguntaba cómo podía ser el capitán de la primera división de la Tokyo Manji y ser un cobarde al mismo tiempo. Miró el dedo que había tocado los labios de Chifuyu y se lo llevó a los suyos. La sensación le dio cosquillas y el rostro rojo de Chifuyu lo hizo avergonzarse un poco a él también. Se preguntó si había sido un poco obvio con lo que había pasado, si lo había sido al atreverse a estirar su mano y tocarlo sin su consentimiento. Suspiró, abatido, confundido por esos sentimientos que no entendía. Hasta el momento en que tuviera el coraje suficiente para buscarle un sentido a lo que sentía, seguiría conformándose con los escasos momentos que compartía con Chifuyu. Momentos que mantendría como un tesoro preciado en lo profundo de su corazón.