Todavía lo recuerdo, aún se siente tan real y a la vez tan inalcanzable como la inexistencia misma que lo representa. Puedo recordar un escenario con pisos de madera, pesadas cortinas rojas y a lo largo un público en la oscuridad; cuya imagen nunca estuvo clara, casi como si no existiera realmente. Yo estaba ahí, sobre el escenario, sentada en un gran y majestuoso piano de cola, el cuál me atrevería a decir era un yamaha. El piano era negro, la parte superior estaba levemente alzada y se podía contemplar el interior, se veían las cuerdas que a simple vista parecían doradas, con una cinta de terciopelo rojo al rededor. Ahí estaba yo, tocando con agilidad y elegancia, sintiendo la melodía a ojos cerrados y bailando con ella. De la nada el escenario desaparecía, todo se volvía negro, y en escena sólo quedábamos el piano y yo, casi flotando. Después aparecía patinando en una pista de hielo, moviéndome al son de la misma melodía que hasta hace un momento estaba tocando y nunca dejó de sonar. El aire frío se podía sentir en el rostro, también los restos del contacto de mis patines y el grueso hielo, chispitas congeladas que volaban con cada movimiento, con cada pirueta. Al patinar vestía un traje que iba del blanco al celeste en degradé, estaba lleno de lentejuelas, yo... llena de vida. En el sueño lo que hacía iba rotando, yo tocando el piano, después patinado, y volviendo a tocar; todo con la misma melodía. Aunque parece tedioso, era algo mágico, y nunca se volvía aburrido; nisiquiera porque haya tenido el mismo sueño varias veces. A veces cambiaba un poco, algunos día no era yo patinando, sino bailando balet en el clásico traje rosa de entrenamiento; pero nunca dejaba de tocar, no importana la variación, siempre estaría tocando el hermoso piano de cola y bailando la misma melodía. Antes no entendía cuando la gente llamaba sus lo que parecían metas sueños, después de todo, no era algo que realmente soñábamos. Los sueño eran raros, o similares a recuerdos, también pesadillas; muy similares a las fantasías... pero no metas, esas parecían más reales. Pensaba así, hasta este sueño: nunca llevé clases piano, no practicaba ballet y solo he patinado una vez en toda mi vida. Sin embargo, todas esas cosas tenían algo en común, mi corazón las anhelaba, las anhelaba demasiado, pero nunca pude hacer realmente lo que quería con eso, no tenía esperanza, todo se había reducido a lo que la gente llama "sueños frustrados". Ahí fué cuando comprendí que los sueños, los reales y no metafórico, no son más que fantasías o metas inalcanzables; porque cuando un sueño se vuelve real, simplemente deja de serlo. Aprendí a que es mejor dejar de soñar y planear, trazarse metas y cumplirlas.