Esa vez soñaba yo con ser una nave espacial. Lo veía todo, lo escuchaba todo, lo sentía todo.
Una noche el capitán gritó: -¡-- ----------, ----------!
Mientras empujaba contra el suelo a otro tripulante de esta nave. Su compañero, que extrañamente, era un caracol.
Por suerte nadie salió herido aquella vez. Excepto yo, que sentí los rasguños, los gritos y el golpe.
Ese bruto en serio necesitaba controlar su temperamento, pero qué más debería esperar de un hombre mitad toro.
Afortunadamente este viaje sólo duró un par de rondas desenfrenadas de violencia, cuando arribaron a tierra se calmó y su compañero, el único en su tripulación (me di cuenta), se arrastraba por el suelo siguiéndolo mientras se curaba con sus habilidades de caracol, muy rápidamente.
Y el bruto lo cargó con cariño.
Comprendí que estaban locos, así que los abandoné en ese lugar y desaparecí en las estrellas.
No sabía que podía hacer eso, tampoco entendía lo que hablaban. Nunca pareció importante.
Entonces dejé de ser una nave espacial y me convertí en un pájaro obligado a verlos en el lugar donde los abandoné, hasta que ya no pude recordar qué o quién era yo.