Estaba cursando el tercer año de secundaria cuando comenzó aquel capítulo de mi vida. Era el primer día de clases y, como siempre sucede al inicio de un nuevo año, llegaron compañeros nuevos al salón.
Ese día conocí a una chica cuyo nombre comienza con M. En ese momento no imaginé que con el tiempo se convertiría en mi mejor amiga.
Una semana después llegaron más estudiantes nuevos. Entre ellos estaba un chico cuyo nombre empezaba con J. Cuando lo vi por primera vez no sentí nada extraordinario, solo una ligera atracción, algo normal. Pero con el paso de los meses, sin darme cuenta, comenzó a gustarme de verdad.
Cada vez que estaba cerca de él trataba de actuar con normalidad. Me esforzaba por no ponerme nerviosa, por no sonrojarme, por no demostrar lo que sentía. Guardaba todo en silencio.
Hasta que un día escuché algo que me detuvo por completo: él estaba enamorado de otra compañera. No era mi amiga, pero aun así, al saberlo, decidí apagar mis sentimientos. Intenté convencerme de que aquello no tenía sentido.
Sin embargo, cuando más adelante supe que habían terminado su relación… no pude evitar sentir una alegría secreta. Por dentro mi corazón celebraba, aunque en público traté de mantener la misma calma de siempre.
Con el tiempo también comenzaron a aparecer muchas inseguridades en mi mente. Me repetía a mí misma que jamás podría gustarle. Pensaba que no era lo suficientemente bonita: soy gordita, panchoncita como suelo decirlo con humor, mi rostro tenía granitos… y en mi cabeza eso significaba que nadie podría fijarse en mí.
Esos pensamientos me acompañaban constantemente.
Un día, mi amiga M me preguntó directamente quién era el chico que me gustaba. Al parecer ya lo sospechaba. Después de dudar un poco, le confesé que era J. Ella simplemente me escuchó y me dijo que ella no sentía nada por él, que nunca había sentido algo así.
El año terminó. Y aunque nada pasó entre nosotros, al menos J se había convertido en mi amigo. Y eso, para mí, ya era suficiente para sentirme feliz.
Después llegó el Año Nuevo y pensé que volveríamos a vernos en clases… pero el mundo cambió. Llegó la pandemia y todo se detuvo. Dejamos de vernos, dejamos de hablar, y cada uno siguió con su vida.
Hasta que en febrero de 2022, mi amiga M me escribió diciendo que tenía algo muy importante que contarme. Me pidió que nos encontráramos un día específico, y yo acepté.
Cuando llegó ese momento, comenzó a preguntarme qué pensaba de J. Yo no quería decir nada, porque pensé que todo aquello ya había quedado en el pasado. Pero ella insistió una y otra vez.
Finalmente respondí con algo sencillo:
—Tiene bonitos ojos… pero nada más.
Entonces ella me miró y dijo algo que nunca olvidaré:
—Se me declaró.
En ese instante sentí como si mi corazón se partiera en silencio. Quise llorar, pero no lo hice. No quería que ella viera mi dolor. No quería arruinar su felicidad con mis sentimientos.
Así que guardé todo dentro de mí.
Le deseé lo mejor, de verdad. Porque ella es mi mejor amiga y quiero verla feliz.
Ellos siguen juntos, y yo sigo siendo su amiga.
Pero cada vez que veo a J, hay una pequeña incomodidad en mi corazón… un recuerdo silencioso de lo que alguna vez sentí.
Aun así, en el fondo, me alegra que ambos hayan encontrado algo bonito entre ellos.
Aunque para mí… haya sido otra historia que terminó con el corazón roto. 💔