Una noche fría de 1970, se encontraba el duque Francisco Bolethi, acariciando la frágil mano de su amada doncella. Podemos decir que no era bien visto ver a un duque en esa posición tan débil y deprimente, pero todo lo que amaba se le estaba deslizando entre sus dedos.
—Te quiero, señora mía— murmura ahora mientras acaricia su mejillas que ya no tienen casi color alguno.
—Eso lo sé, mi señor. Y como yo lo quiero de la misma forma, le pido que me cumpla mi última voluntad—su señora esposa, musitó débil. El duque le lleva unos quince años de diferencia, pero eso nunca freno lo que sentían sus corazones.
—Dime, la cumpliré..., Eleonora.
La nombrada sonríe levemente ya que no era muy seguido que la llamará por su nombre.
—Que dejes tu corazón libre, mi señor. Y-yo...—se le quiebra la voz—, te suplicó dejad de quererme. No podrás ser correspondido nunca más por mi. Y este pequeño corazón, que juntos descubrimos que tenias—coloca su mano en pecho del duque—, merece volver a querer.
—¡No, Querida! ¡No sabes lo que dices!— el duque levanta su voz y Eleonora le pide con sus ojos azules calma. Ya que su voz es menos cada minuto que pasa—, mi podrido corazón solo comenzó a latir por ti, el día que llegaste a la puerta de mi casona... Vendiendo dulces de durazno, era el destino que yo abriera y te recibiera. Así como ese día te compre todos los que llevabas—Eleonora, sonríe y el duque se acerca más le dejando un suave beso en sus labios que están de color violeta —, también robaste mi corazón que nunca supe que tenia. Mas hoy querida..., No puedo cumplir tu última voluntad, no puedo complacerte.
Cuándo tú corazón deje de latir el mío también dejará de hacerlo... Porqué, en mis vestiduras cargo el puñal que lo detendrá, querida mía.