Esa fue la palabra que ella dijo cuando cambié el error.
—¿Fallé? —Cuando despertó y creyó estar sola.
Karina había intentado suicidarse —sin éxito, esta vez—, y estaba absorta. No podía entender el porqué de su respirar y del continuar de sus latidos. Había tomado más de 10 pastillas para darse un sueño eterno y...
¡Debía estar muerta!
—¿Por qué sigo aquí? —dijo peñizcando sus brazos con fuerza y repetición, dentro de su toc—. ¿Por qué no he muerto? —quiso llorar.
Deseaba ir a abrazarla y decirle que todo estaría bien, pero yo no tenía el derecho de hacerlo. Por mi culpa, ella había decidido tomar esa decisión.
Diez años en el futuro, alguien me había dado la oportunidad de volver al hecho que más lamentaba y yo no había dudado en apuntar la fecha de su muerte.
"Mala decisión", debo decir.
Debí haber apuntado antes.
Yo era el principal responsable de su desgracia. La había arrinconado a tomar la fatal decisión de finiquitarse. Yo había sido un completo idiota. Por un simple sentimiento del momento, le había hecho daño.
Pues, a mis 19 años, rodeado de tantas malas influencias, con la cabeza llena de nubes y el ego a mil, ¿cómo podía darme cuenta de que estaba arruinando la vida de la persona que más me amaría en este mundo?
Era un imbécil.
—Oye, ¿qué estuviste haciendo? —me preguntó Raff al verme con una bolsa negra—. ¿Has ordenado mi casa? —Sonrió, casi burlándose, al ver el piso limpio y la mesa libre de latas y botellas vacías—. ¿No me digas que ahora te has vuelto responsable?
—Es solo que no tenía sueño —me excusé tirándole el cojín a la cara—. Además, deberías estar diciéndome "gracias".
A Raff no lo veía desde hace años. Nos habíamos separado desde la muerte de Karina. Desde aquella fiesta, donde al amanecer encontramos su cadáver en el baño de su casa.
Es decir, desde "esta maldita fiesta".
Ella se había suicidado con una sobredosis de pastillas para dormir. Y todo el mundo, con justa razón, me había apuntado a mí como el responsable de su muerte.
—¡Karina! —llamó una de sus amigas—. ¿Dónde estás, Karina? —Cuando despertó encima de uno de los sillones con el cabello amarañado—. ¿Alguien ha visto a Karina?
—No lo sé, creo que la escuché en el baño —respondí, mientras tomaba mis cosas para irme de esa casa.
Llevaba las "verdaderas pastillas" causantes de la desgracia en mis bolsillos y el corazón apretujado por no poder hacer más.
—Yo... debí morir. —Karina lloraba desde el baño —. ¡Debí morir! —Estaba dentro de un cuadro de desesperación—. ¿Por qué no lo hice? —En tanto, su amiga no sabía qué hacer para consolarla.
"Porque las pastillas que tomaste son tan solo dulces", apunté en mente, en tanto salía de la casa. Había cambiado el pasado —o no sé, ¿el presente?—, pero no me sentía satisfecho.
Aún debía hacer una última cosa y "dudar" no me ayudaba en nada.
—Bien... Bien, ya es hora de entregarse a la policía —dije y empecé mi caminar hacia el destino que debí tener desde el comienzo.
Porque hace una semana, dentro de una serie de malas decisiones y un arrebato causado por el alcohol, mi "yo" de este tiempo... había ultrajado a Karina.
.........................................................................
.........................................................................
¡Gracias por leer este microrrelato!
¡Espero que te haya gustado ! 🎶
¡Y nada...! 🌸💮🌸
Me sería grato verte en la caja de comentarios 👇👇; como también, ver tu hermoso "like"! ¡Dale! ¡Sin miedo!
.........................................................................
.........................................................................