¿Mi punto de partida? El ojo de la tormenta donde encuentro la puerta que lleva al laberinto, laberinto lleno de pasillos sin destino aparente con paredes que se confunden con barreras y posteriormente con cárceles. No hay mapa, no hay pista, no hay guía, ni siquiera estrellas, solo pasillos verdes ambiguos y una única dirección: al frente. ¿Por qué sigo caminando? Tal vez porque no puedo volver, el camino se ha borrado, o tal vez porque el conocimiento de un posible final me da la esperanza de hallar la dirección correcta, aunque el verdadero problema yace en mi ceguera.
Camino con mi tacto y un sentido me basta, porque si usará los cinco, no sería un laberinto. Entonces mi mente divaga para disfrazar la angustia en nostalgia, y pienso en el amor: "el amor es ciego y tú un libro abierto, permíteme leerte en braille". Rio ante mis propios pensamientos, después de todo, llegar a la locura es el destino más confortable y el menor de mis problemas.
Ahora pienso en las canciones de amor. Para los enamorados es como una pócima, un beso, una caricia, pero para los desilusionados es como un cuchillo, una bala o, más bien, unas manos desconocidas posadas en tu cuello que te cortan la respiración de manera pausada, labrando desde la garganta con un nudo insoluble, pasando al pecho con un fuego consumidor, y la pérdida de consciencia, un descanso oportuno, entonces, momentos antes de partir, te das cuenta de que esas manos no son tan desconocidas, después de todo, estás sólo en medio del laberinto.
No eres el autor de mi muerte, simplemente eres el mensaje inconciente que usó la vida para matarme. Tu felicidad era mi felicidad, y tus logros los míos, tus arrepentimientos los sentía en mi pecho y tus tristezas se reflejaban en mis lágrimas.
Le tuve miedo al cambio y esa es la razón más coherente que mis escusas pudieron darme para alejarme de ti, mientras que la cobardía nada perezosa, se apoderó de mí cuerpo y por poco reemplaza mi corazón, en lo que mi boca, sellada por la ignorancia, en un grito silencioso protestó.
No hay nada más que decir, el adiós estorba en las despedidas, pero si realmente quieres conocer la verdad, mis ojos te la contarán en lenguaje de señas.
Lentamente tus palabras pierden su valor, y no sé diferenciar entre el dolor y la paz. Las bolsas que tengo por ojeras recogen dentro de sí las lágrimas para reserva porque no es permitido dar a conocer los verdaderos deseos, las verdaderas intenciones; entonces la tímida realidad se esconde y lo superficial no deja de encantar, incluso mi naturaleza es contaminada. Deseo encontrarte en un futuro, ya sea en la vida real, en mi lícita locura o en mi imaginación, donde las cosas sean diferentes, donde todo sea posible. Mi ausencia no notarás, sin embargo, la tuya me quemará en el pecho cada día, el hueco existente en mi alma sólo tiene tu forma y sin importar cuanto cambies, se adaptará a ti perfectamente como una figura geométrica. Sé que no te sentirías tan impotente como yo me sentiría si los papeles se invirtieran, pero es esa diferencia la razón por la que yo estoy aquí escribiendo estas letras y no tú.
Finalmente me convertiré en un vago recuerdo, un renglón de palabras soeces en el libro que tienes por vida, y tal vez, entre páginas leídas de manera descuidada, fugazmente tus ojos se dirijan a los míos y en aquella mirada encuentro todo lo que necesito para salir de este laberinto llamado: olvido.