Compartíamos gustos, ilusiones, fantasías, a veces creía que mientras nos abrazábamos aquellas tardes en tu casa, en tu cama, dormidos los dos soñábamos lo mismo.
Me enamoré locamente de nuestro cuento, era una historia que quería repetir mil y una veces en mi vida, hasta quedarme sin vista, hasta el día de mi muerte y también en otras vidas si existían. Por eso te pedí matrimonio, dejándome llevar por el sonido de nuestro corazones y el chasquido de nuestros besos.
Desde pequeña había sido amante de los cuentos de hadas, y aunque sabía que no existían, tenía la certeza de que estaba viviendo uno a tu lado. Hasta que me rompiste en dos, tres, cuatro, veinte o treinta trozos. A día de hoy sigo sin saber en cuantas mitades estoy partida.
No sé si verlo con mis ojos fue mejor que no saberlo, nunca me gustó vivir en la ignorancia pero por ti lo hubiera hecho, al menos al principio.
De nuestro amor, o del que era, nació una pequeña flor que di a luz, fue la segunda vez en mi vida que me sentí llena, que sentía que si esto era felicidad era lo más hermoso del mundo. Pero hoy por esa pequeña flor no sé que hacer.
Me encantaría que viviera a nuestro lado, enseñándole todo lo que los dos sabemos de la vida. Creando dos perspectivas que se complementan tan bien, y que vaya presumiendo de su querida familia.
Pero me elijo a mí y a él por encima de todo. Quiero que viva la verdad, quiero que se ilusione pero no viva con una venda en los ojos y por ello mediante esta carta te pido el divorcio. Quiero que nuestro hijo descubra que hay diversos finales y aunque algunos son tristes siempre se sale adelante, y por él saldré adelante sin ti.
Erase una vez un mundo sin mentiras.