Había encontrado a mi buen y apuesto esposo con mi pequeña hermana, ella encima del escritorio mientras que él, al hombre que estaba enamorada y amaba, la besada con una pasión que en ese instante me abrumó.
Deje caer un pequeño obsequio, ese día era nuestro sexto aniversario de estar casados, había planeado tener una cena romántica; mi madre cuidaría a nuestro pequeño hijo Adriel.
Una semana planeando una velada sin igual para que todo se fuera al vacío; sentí una apuñalada a mi corazón preguntándome cuánto maldito me estaban viendo la cara.
Él volteó consternado y mi hermana, se cubrió de inmediato. Nadie decía una sola palabra y... enfríe mis pensamientos, la tristeza lo hice a un lado y me preparé para decir lo siguiente: —Quiero el divorcio y peleare por la custodia de nuestro hijo.
No sé si fue certera en ese segundo pero nada me serviría hacer una escándalo y preguntándole por qué me había hecho infiel y con mi propia hermana.
Una traición que es imperdonable.
Salí de su oficina no sin antes arrojar el anillo de bodas y también botar mis sentimientos por él. Juré que saldría adelante por el bien de mi hijo, quizás él no entendería por qué su padre ya no viviría con nosotros pero cuando fuera mayor, estaría segura que lo comprendería.
Llegó el divorcio pero un divorcio donde la plata era más que necesaria, obtuve la custodia de Adriel y mi ex esposo no se interpuso, era un Ceo y él creía que el dinero podría cubrir el amor de padre que Adriel le faltaría.
Finalmente con el paso del tiempo, me di la oportunidad de conocer a alguien más y entender que si el amor no es recíproco no hay que ser ciegos para no darnos cuenta que el amor del otro desapareció.
El amor no siempre perdura y es difícil entenderlo.