“Para sanar hay que escoger la libertad”
Mi nombre es Yamil y esta es mi historia.
No quería creer que mi esposo Yandry me era infiel, pero ya cuando hasta tu padre te lo dice en una fiesta estando tomado, sabes que algo de verdad hay. Sufro, porque mi hijo no tiene la culpa y adora a su padre, no pienso que tome de una manera fácil la separación. Y no solo él, hasta para mí es difícil desprenderme de las costumbres que hemos creado juntos, porque a pesar de todo, si lo ame.
Pero también me he dado cuenta como ya no quiere tocarme, no quiere estar cerca de mí y eso duele, destruye tu orgullo como mujer. Te preguntas constantemente en que fallaste, porque tu matrimonio se ha perdido de esta manera, cuando te volviste invisible para sus ojos.
Llevo semanas debatiéndome en que hacer, no tengo el valor para hacerlo, hasta que un día decido intentarlo por última vez. Dejo a mis hijos con mis padres y planeo una velada romántica con velas incluidas. Las cuales se gastan debido a que él llega a altas horas de la noche. Al entrar trato de no pelear, pongo mis armas de seducción en alerta y cuando me acerco, me choco con un enorme muro de hielo.
Mi enojo se mostró y terminamos peleando hasta que me dice que ya no me quiere y no desea seguir conmigo. Mi mundo se hundió en un enorme hoyo, trate de no llorar, pero lágrimas escaparon de mis ojos. Aun así, se mantuvo fuerte y me dijo que solo podía pedirme por nuestro hijo que nos mantuviésemos viviendo juntos. Él se mudaría para el cuarto del niño, ya que al final este dormía con nosotros y nos trataríamos como si nada hubiese pasado.
Prometí intentarlo por mi hijo, con un nudo en la garganta y el corazón hecho pedazos volví a mi cuarto a llorar. No sé ni cuanto estuve derramando lágrimas, pero sí sé que aún no he parado de hacerlo. No es nada fácil verlo cada mañana y vivir como si nada. Es duro no poder besarlo, acariciarlo o hablarle como de costumbre. Duele que ya no se preocupe de como estoy, de sí me siento feliz, de cómo estuvo el trabajo.
Un mes pasa, verlo llegar a altas horas y sentir el perfume de ella me rompe en mil pedazos. Quiero gritarle que la deje, que vuelva conmigo, pero creo que he pisoteado bastante mi orgullo. Todo se acumula dentro de mí y el pecho me duele, comienzo a presentar ataques de ansiedad. Aun así, lo escondo por mi pequeño que amanece todos los días feliz de ver a su padre y porque no quiero darles la razón a mis padres. Quienes me advirtieron que ese matrimonio sería un fallo total y no se equivocaron.
Un día no tenía deseos de llegar a mi casa, solo quería hacer como él llegar tarde en la noche y ver si se preocupaba por mí. Así que dejé al niño con mis padres y me fui a tomar aire, a estar lejos de esas cuatro paredes que una vez fueron hogar y ahora son una prisión de tortura. Me senté sola a mirar el mar y esperando de que de alguna forma un milagro o algo que me guiara el camino apareciera.
Alguien se sentó a mi lado y hablo:
—La vida es corta para estar sufriendo por quien no lo merece.
Lo mire y me seque las lágrimas.
—¿Cómo sabes que sufro por alguien?
—Llorando frente al mar sola, no hay muchas opciones, ¿no crees?
Sonrío con amargura porque tiene razón y de momento me he dado cuenta de que me he convertido en alguien llena de preocupaciones y odio. Incluso odio contra mí misma por estúpida, por seguir detrás de alguien que no me valora y me hace perder mi tiempo.
—La libertad es algo que es poderoso, abre las puertas para muchas cosas. No temas a la soledad, quizás, esto que te pasa hoy es porque debes caminar hacia un camino distinto y este es el empuje. Duele, pero aprende de esto y hazte fuerte.
—¿Quién eres?
—Alguien que también estuvo en tu lugar.
Cierro mis ojos y niego, porque un extraño me ha logrado abrir mis ojos.
—Gracias.
—De nada.
Luego de eso esa persona se fue por donde mismo vino y me quede un tiempo más observando el mar, llenándome de total calma. Todo está claro, es hora de avanzar, esa persona ya no me necesita ni me quiere. Mi hijo va a estar dolido, pero después lo comprenderá. Si nos quedamos así, como podremos rehacer nuestras vidas, como saldremos adelante. No es justo que él pueda hacer lo que quiera y yo deba medirme por ser la madre, por ser mujer. Al final mi hijo va a crecer y abandonar el nido, mientras que yo solo viviré con remordimientos.
Regreso a mi casa y me encuentro con que me espera, lo miro sin entender. Parece que las viejas costumbres son difíciles de abandonar y el machismo predomina, aunque no quiera. Me cuestiona mi salida, que donde he estado, que soy una mala madre por dejar al niño con mis padres para irme de parranda. Hasta ahí llegamos, no era suficiente con hacerme sentir como porquería como mujer, que también pretendía rebajarme como madre. Nada de eso, fue la última gota que lleno el vaso, simplemente le pedí que se largara.
Trato de hacerme entrar en razón, pero ya yo estaba bien clara, esto nada más llevaba una solución, divorcio. Y así sucedió, aun cuando me puso trabas para divorciarnos, luego de unos meses lo logré. Un peso se levantó, porque no solo tuve que lidiar con él, sino que también trato de manipular al niño.
Por esto terminé en una consulta con un especialista, mi hijo me odiaba, en el mismo hospital corrió como un demente. Tuve que perseguirlo y sujetarlo tirándome en el piso mientras me gritaba que me odiaba. Fue uno de los peores momentos de mi vida, encerrarlo en mis brazos y dejarlo tener un ataque mientras yo nada más lloraba. Muchos en aquel lugar me miraron como si fuese una mala madre, una madre débil que no puede controlar a su hijo. Pero que fácil es señalar con el dedo cuando no estás en los zapatos, ¿verdad?
Un año de infierno viví después del divorcio, hasta que al fin mi hijo entendió que no estaba bien lo que pasaba. La especialista, mi familia y el ver como su padre hacia su vida lo hicieron entender. Fue capaz de disculparse conmigo y hasta me dijo que no quería que volviera con su padre, lo cual agradecí.
Al final continué mi vida con tranquilidad y de buenas a primera, puertas laborales se abrieron presentando una oportunidad única para mejorar. Hoy vivo con mi hijo de diez años en un país extranjero, su hermanita tiene dos años y se adoran. Mi esposo y mi hombrecito Sebastián son grandes amigos. Este es su confidente, ya que solo ve a su padre en vacaciones, a quien ama con todo su corazón. Por suerte Yandry y yo hemos logrado entendernos por nuestro hijo.
Soy feliz, estoy enamorada y vivo en familia, siempre recordando de que nada es para siempre y solo hay que vivirlo hasta que dure, porque si se va, es para abrirte nuevas puertas, tú debes decidir qué camino tomar. Hoy sé que lo que me dijeron aquel día frente al mar era cierto, la libertad es algo enorme. Descubrí que es la solución, porque para sanar lo primero es encontrarse a uno mismo, sin ataduras ni pesos que no te dejen flotar en el océano de la vida.