Abro los ojos, los siento pesados.
He pasado otra mala noche. Mi cabeza se empeña en recordar una y otra vez ese día, como si pudiese encontrar algo nuevo. Algún detalle que olvidé.
Mis manos se dirigen a la mesita de noche y reviso el celular. Nada. No hay novedades.
Me ruge el estómago, pero el nudo en la garganta me impide comer. Las lágrimas de amargura quieren salir otra vez.
¿Dónde estás, amiga mía? ¿Qué ocurrió luego que nos despidiéramos la tarde del viernes? Dijiste que tomarías el colectivo ¿lo hiciste?
¿Alguien te hizo daño?
Tu madre te espera y te llora, tu padre no deja de buscarte y todos en la Facultad hemos dejado las clases por recorrer cerros, quebradas y riberas.
No nos detenemos, nada hará que perdamos la esperanza de hallarte. Sin embargo, danos una señal, por favor.
La angustia nos ha roto el corazón, tememos no volver a saber de ti y que engroses la lista de las que faltan.
Tengo tu sonrisa tatuada en mi memoria como la más bella que he visto, mi dulce amiga de luz. Eres tan buena y pura que no puedo creer que alguien se atreviera a hacerte daño. Me enfurece pensarlo y me lleno de renovadas ganas de luchar por ti.
Queremos encontrarte y no resignarnos a perderte para siempre. No queremos que nos faltes. No queremos que falte ni una más.
Hoy, en tu nombre, seco mis lágrimas y vuelvo a la calle, me reúno con todos, abrazo a tus padres y emprendemos la búsqueda nuevamente hasta encontrarte.