¿Cómo sentí que mi primer amor se había acabado?... si tienes un momento te contaré.
Hacía frío aquel día. Aún recuerdo vagamente eso.
Sin embargo, el sol ya estaba alto en el cielo y había tenido que correr unas cuadras para alcanzar el autobús. El pegajoso sudor me empapaba la piel bajo el abrigo de una forma que no quería ni pensar. Odiaba la sensación de fría humedad. Sabía que aquello me haría tener frío luego, aunque pronto sentí la inclemencia del aire gélido de la mañana que me hizo congelar, pero no fue exactamente eso lo que me dejó helada.
Alguien que conocía muy bien ya estaba en uno de los asientos del autobús semivacío, ese que casi había perdido.
Mis ojos lo descubrieron primero, como si no hubieran olvidado aquel viejo hábito. Él siempre sería una persona a la que podría encontrar fácilmente incluso en una inmensa multitud.
Sus ojos brillaron al verme, y su sonrisa amplia y rota me desconcertó por un breve momento, pero caminé hacia él valientemente, aunque las piernas me temblaban como gelatina. Le sonreí de vuelta de forma casi inconsciente y lo saludé con superficial y atascada normalidad. Por dentro era un manojo de nervios imposible de controlar.
No esperaba volver a encontrarlo de forma tan repentina.
Mi tonto corazón pateaba violentamente y no sabía si era porque aún no se recuperaba del esfuerzo anterior o porque todavía recordaba cuando se llenaba de satisfacción con solo verlo.
No quise descubrir la verdad, simplemente me senté en el asiento frente a él, dándole la espalda y sin entablar conversación.
Había pasado mucho, mucho tiempo sin saber qué fue de su vida y, la verdad, no sentía la menor curiosidad, ni quise preguntar por su presente. Increíblemente me era indiferente.
Intenté, en cambio, ignorar que él estaba ahí.
Desesperadamente me resistía a ser consciente de su presencia, pero incluso podía reconocer su lenta respiración detrás de mí, cuando cerraba los ojos.
¿Cómo no, si lo había oído mil veces mientras él me abrazaba por detrás?
El viaje fue más largo, tenso e incómodo de lo usual. La música que sonaba fuertemente en mis oídos no podía calmar el aleteo furioso de mi corazón imprudente.
La sensación de ser observada era demasiado obvia y dominante. No sabía donde poner mis ojos, no sabía qué hacer con mis pies. Si hubiera sido antes, girarme en el asiento y entablar una conversación con él en público no habría sido difícil, pero nosotros ya no éramos los mismos. Ambos habíamos crecido. Sorteamos dificultades por nosotros mismos. Cambiamos y maduramos a un grado imposible de describir.
Aunque el rostro que recuerdo y el que veo es el mismo, y la mirada ansiosa también, hoy solo somos dos desconocidos con algunos buenos y lejanos recuerdos en común.
Algunos más persistentes llenaron mi mente: Nuestro primer encuentro de miradas envuelto en niebla. El primer beso, torpe e inmaduro, lleno de inexperiencia y desconocimiento. El 'te amo' inapropiado que se escapó de mi boca una vez. Aquel momento de increíble conexión entre los dos que no pude volver a sentir con nadie más.
¿Por qué acabó así?
¿En qué momento nos distanciamos tanto?, me pregunté asombrada. Sin embargo, no tenía una respuesta a ello.
No hubo un adiós concreto, así como tampoco hubo un inicio claro. Las cosas se dieron y se perdieron en un momento desconocido. No hubieron enojos. No hubieron lágrimas. Solo el profundo sentimiento de pérdida que perduró mucho tiempo. Pero, ahora, incluso eso se había esfumado de mi parte.
Tal vez por parte de él también.
No se despidió una vez más cuando bajó del bus, pero lo vi alejarse en la distancia con las manos en los bolsillos cerradas fuertemente en un puño, sin mirar atrás. Igual que lo hicieron los sentimientos que una vez tuve por él.
Ahora ya no había nada, pero una estúpida lágrima se derramó en adiós a lo que una vez fue.