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Rayo. Juego De Troyanos.

La traición de Pedro.

Rayo: El Juego de Troyanos

Francia.

Era un día como muchos otros: el sol buscaba acurrucarse entre las montañas y la luna empezaba a asomarse. Lo único que hacía diferente esa jornada era que, para Alberto Beach, sería una noche especial: celebraría su cumpleaños número dieciocho. Varios de sus compañeros se habían reunido después de asistir a la universidad para festejarlo.

Entre ellos estaba su gran amigo Osvaldo. Desde que murió su padre Javier, el matrimonio Beach, acogió al pequeño, nunca lo desamparó y lo enviaron a estudiar junto con Alberto.

Ese día también los acompañaba Mariana Larios. Alberto se había enamorado de ella y, aunque estudiaban juntos, nunca se había atrevido a declarar sus sentimientos… hasta esa noche.

—¡Osvaldo, dime algo! ¿Crees que ella acepte? —preguntó el hijo menor de Rayo, visiblemente nervioso mientras se acercaban al lugar pactado. Su sonrisa temerosa lo delataba.

—¡Por supuesto que aceptará! ¿Quién se negaría ante un prominente como tú? —respondió Osvaldo con una sonrisa, indicándole al chófer que se detuviera frente al hotel más lujoso.

Ambos bajaron del auto y entraron erguidos al salón, donde los esperaban sus amigos.

—¡Chicos, miren, apareció el cumpleañero! —exclamó Pedro Gómez poniéndose de pie al verlos entrar. Desde hace un año, Pedro se había convertido en amigo de Alberto y Osvaldo. Y ese día fue quien preparó la sorpresa para Alberto.

—¡Pero mira qué gran pastel! —comentó Alberto al ver el presente que le habían preparado. Sabía que muchos lo adulaban por su estatus, pero también tenía amigos verdaderos como Pedro, Osvaldo y Mariana.

—¡Sí, pero antes de cantar hay que brindar! Tenemos un vino especialmente para ti —dijo Pedro, entregándole una botella con una alegría tal que parecía que él fuera el festejado.

—¡Muchas gracias! —respondió Alberto, sonriendo antes de ir a sentarse al lado de la joven con la mirada más hermosa.

—Feliz cumpleaños —dijo Mariana, regalándole una tímida sonrisa y antes de extenderle una pequeña caja.

Alberto sintió una oleada de felicidad. Al abrirla, descubrió una cadena con un dije en forma de corazón que se dividía en dos mitades; cada una contenía una fotografía de ellos.

—Es un hermoso detalle —agradeció el joven con un beso en la mejilla. Después, inclinándose hacia ella, susurró—: Por cierto, cuando todos se vayan quiero hablar contigo.

En ese momento sirvió dos copas de vino, pero Mariana se negó a beber alcohol. Así que entregó una a Osvaldo y la otra se la bebió él.

Pasaron un par de horas y la celebración continuaba, pero el cuerpo de Alberto empezó a reaccionar de forma extraña.

—Tengo calor… —murmuró, frotándose el cuello con incomodidad. Su piel ardía y Pedro, al observarlo, entrecerró los ojos.

—Ha llegado tu hora… el bebito de papi está por convertirse en nadie —pensó, dejando entrever la envidia que llevaba tiempo ocultando. Pedro se había acercado a Alberto solo por ser hijo del gran Rayo, pero en realidad despreciaba a los Beach. Al igual que su padre.

Buscando aire fresco, Alberto salió del hotel y caminó hasta su auto para buscar su teléfono. Pero al abrir la puerta se llevó una gran sorpresa: adentro estaba Aurora, una joven de su universidad, reconocida por tener el mejor promedio.

—¿Cómo entraste a mi auto? Solo mi chófer, Osvaldo y yo tenemos las llaves —preguntó, desconcertado.

—Muy fácil: cuando tu chófer se fue, olvidó cerrar la puerta —respondió ella, posando la mano sobre su rodilla y deslizándola lentamente hacia arriba.

—¡Bájate ahora! —ordenó Alberto con prepotencia, heredando no solo el carácter, sino también el tono de voz y varias cualidades de su padre.

—Lo siento mucho, pero no puedo —dijo ella, besándolo de pronto en los labios.

Alberto hacía un gran esfuerzo por mantener la compostura, pero el vino había sido alterado: Pedro le había puesto una droga, y Osvaldo también estaba lidiando con el mismo efecto.

—¡Aurora, vete de aquí! —intentó apartarla, pero ella se negaba. En sus ojos se notaba que sentía algo por el joven Beach.

—Déjame enseñarte… —susurró, sentándose sobre él de forma seductora y moviéndose con provocación, rozando la parte más sensible del joven.

—Por Dios, señorita… no haga eso… soy un hombre… y también siento… —balbuceó Alberto, mientras la droga hacía efecto. Ella volvió a besarlo con tanta insistencia que él terminó cediendo. Aurora, tras su ropa holgada, escondía un cuerpo que ahora quedaba a la vista. El joven acarició sus senos y recorrió con intensidad cada rincón de su piel.

Pero en ese instante abrió los ojos… y vio a Mariana frente al auto. Ella no se quedó para ver más.

—¡No puede ser! —pensó, sudando frío. Su cuerpo le exigía contacto, y Aurora estaba ahí para satisfacerlo.

—Aurora, no te muevas de aquí… le explicaré todo a ella y tienes que ayudarme —dijo, saliendo del auto con dificultad. La droga parecía muy potente y su cuerpo no respondía.

Maldición… ¿qué es esto? No era la primera vez que bebía; en otras ocasiones, incluso con Osvaldo, había tomado hasta caer, pero jamás se había sentido así.

—Dios… creo que me echaron algo en la bebida… —alcanzó a pensar antes de perder el conocimiento.

Lo mismo le sucedió a Osvaldo, solo que él estaba con Rebeca, la chica que le gustaba.

Su salvadora.

A la mañana siguiente, Alberto abrió los ojos y se encontró en una habitación. Para su buena o mala suerte, Aurora estaba a su lado.

—¿Qué hiciste? ¡Dime quién lo planeó! —no esperó a que la joven despertara; la sacudió por los hombros y le gritó con coraje.

—Alberto… —Aurora abrió los ojos con pesadez.

—¡No lo sé! ¡Yo solo quería estar contigo! —respondió con timidez. Pese a estar apenas despertando, supuso que él ya se encontraba mejor.

—No me mientas, yo no soy un tonto —replicó Alberto, elevando la voz mientras recordaba algunos momentos de la noche anterior.

Aurora llevó las manos al rostro y rompió en llanto.

—¡No te estoy mintiendo! Por favor, créeme… yo fui la única que no quiso participar, por eso no estuve presente en el brindis. Te escuché decir que te ibas a declarar a la chica que te gusta, y estoy segura de que soy yo —dijo con seguridad.

Alberto detuvo su enojo. Se vistió con calma y se acercó a ella. Ella no era una desconocida; no era una casualidad de un día.

—¿Alguna vez te di motivo para pensar eso? —preguntó con sutileza.

—Sí lo hiciste. Tú nunca le sonríes a nadie y conmigo siempre lo haces. Tampoco saludas a ninguna mujer… y a mí sí —afirmó Aurora.

Él ni siquiera había notado que con ella actuaba diferente. En otras palabras si la había notado.

—Aurora, eso es porque eras la única que me caía bien. El resto son una manada de hartadas… pero mi corazón tiene dueña —dijo lo primero que se le vino a la mente. Por más que quisiera, no podía ser agresivo con ella. Algo en él no se lo permitió.

Aurora intentó levantarse para irse, pero el cuerpo le dolía después de la noche que había pasado con Alberto. Falló en el intento y volvió a caer sentada.

—No puedo irme aunque quisiera… Si quieres, puedo decirte lo que pasó, para que veas que me gustas y que no tuve nada que ver en lo que ellos hicieron. Aurora decidió ser sincera con él.

—Habla, te escucho —pidió Alberto, sentándose a su lado, aunque la cabeza le daba vueltas.

—Cuando llegué a la mesa, Pedro no se dio cuenta de mi presencia. Dijo que te haría morder el polvo.

—¿Pedro? —Alberto entrecerró los ojos. Se suponía que eran amigos.

—También yo lo creía… pensé que había escuchado mal, pero luego señaló una botella de vino y dijo que ahí estaba su pase al éxito.

—¡Fue el vino! —Alberto empezó a atar cabos—. Entonces Osvaldo también se vio envuelto en esto… —pensó en voz alta,.

—No lo sé, pero Pedro quería aniquilarte. Lo escuché muy claro, así que cuando perdiste el conocimiento, conduje tu auto hasta donde estabas y te saqué antes de que él cumpliera su objetivo.

Juro que vi a unos hombres en un auto, Alberto, pudimos huir antes de que algo malo te sucediera.

—explicó Aurora.

—¿Mariana estaba ahí cuando Pedro hizo sus planes? —preguntó con temor a la respuesta. esa era la chica que a él le gustaba.

—No. Ella llegó cuando yo ya me estaba yendo. No puedo decir si lo sabía de antemano… Alberto no te voy a mentir.

—Aurora, ¿cómo sé que no me engañas? —preguntó, tan desconfiado como su padre.

—No tengo por qué hacerlo. Mi lealtad y mi amor por ti van más allá. Iba a decírtelo cuando llegaste, pero entraste muy rápido… me quedé por si acaso me necesitabas. Te juro por la tumba de mi madre que digo la verdad —afirmó ella, con evidente sinceridad.

—Ya veré qué hago contigo —dijo él, acariciándole la cabeza y sintiendo pesar al verla llorar. Aurora no solía llamar la atención; era tímida y siempre caminaba sola, evitando los grupos.

—¿Sabes dónde está mi teléfono? —preguntó, tratando de mantener la calma, aunque por dentro ardía como un cerillo esperando la chispa para encenderse.

—Anoche sonó varias veces… —Aurora señaló el suelo. Debajo de su vestido estaba el teléfono.

Alberto lo recogió y, al encenderlo, su ira creció. Tenía mensajes del banco: sus cuentas estaban en cero.

—¡Esto no puede ser! Mi padre me va a matar… es más, va a poner mi tumba lejos de la de mis abuelos… eso si no manda mi cuerpo a otro cementerio. o puede que me arroje al mar. Él me va a desheredar. El gran Rayo se sentirá decepcionado de mí… voy a ser su vergüenza, su más grande desilusión —pensó, con el corazón encogido, su inquietud era por la reacción que tendrá Thiago.

Se quedó inmóvil unos minutos. Durante toda su vida había intentado ser igual o mejor que Rayo, soñando con portar algún día la máscara y continuar la leyenda. Pero había caído en un juego sucio y vulgar.

—¿Cómo se lo diré a Rayo? Diego y Douglas se burlarán de mí… mi madre se avergonzará de decir que soy su hijo… mis sobrinos ya no me verán igual… —susurró, caminando de un lado a otro hasta detenerse.

Al detenerse vio que Aurora intentaba ponerse el vestido y se acercó con cautela a ella.

—Déjame ayudarte —dijo.

—Gracias. No era mi intención molestarte. Te juro que cuando me gritaste y me sacaste del auto, lo iba a hacer, me iba a marchar, pero no pude. Sabía que estabas drogado y no habría podido vivir si Pedro te destruía. Hice esto para ayudarte… tu vida vale mucho para mí.

—¿Eso quiere decir que te debo la vida? —por fin entendió Alberto que Aurora había sido su salvadora. La única que lo ayudó cuando todos en esa fiesta lo traicionaron.

 

Volver a sus raíces.

—¡No, no me debes nada! Jamás te cobraría nada, menos tu vida, ¡anoche! —dijo Aurora mientras inclinaba la cabeza y dejaba caer sus lágrimas. No es que sea llorona, es que lo que sucedió fue algo inesperado para ella. Fue invitada a la celebración, y por supuesto le hizo un regalo, pero no pudo dárselo, pudo más las ganas de querer salvar al chico.

—¿Te hice daño? ¿Fui muy grosero? ¿Perdí mi caballerosidad? —preguntó Alberto, poniéndose de cuclillas frente a ella.

—No, no lo hiciste… bueno, no físicamente, pero sí me mataste por dentro. Me llamaste Mariana todo el tiempo… —respondió con dolor.

Por un instante, Alberto no supo qué hacer ni qué decir.

—Lo lamento, sé que nada justifica que no estuviera en mis cabales. No lo voy a negar, me gusta Mariana desde hace mucho tiempo, pero creo que la perdí. Anoche ella nos vio, por eso salí del auto. Eso sí lo recordaba a la perfección.

—Alberto, por mí no te preocupes. Ve por ella, intenta arreglar las cosas. Eres el hijo del famoso Rayo, para ti esto no es más que un tropiezo. Yo me quedaré aquí. Te juro que nadie sabrá que esto pasó. Si ella me pregunta, negaré todo, me mantendré firme en que nada pasó entre nosotros—dijo Aurora con franqueza.

Alberto sintió un punzante dolor al escucharla, como si las lágrimas de Aurora se clavaran en su pecho.

—¿Estás segura? —preguntó él, poniéndose de pie y dándole un beso en la cabeza. Luego se marchó y la dejó en el hotel.

Al subir al auto comenzó a llamar a su amigo, a quien le costó contestar. Cuando finalmente lo hizo, lo puso al tanto de todo.

Ambos acordaron verse en el departamento y luego fueron en busca de Pedro, hasta descubrir que se había ido tras Mariana.

Fue lo que les contó el compañero de cuarto de Pedro, quien además informó que el hombre había hecho una cita con el padre de Mariana Larios y que en Nueva York planeaban comprometerse.

Alberto, que había aprendido muy bien de su querido y amado padre, no se quedó con esa versión y contactó a otras personas que confirmaron que, después de la fiesta, Pedro y Mariana se fueron tomados de la mano y que ella había aceptado su compromiso. ¿Lo haría por despecho?

Por lo tanto, Alberto decidió volver a sus raíces, aunque no dijo nada a nadie. Por suerte, Osvaldo costearía los tres vuelos de regreso.

Alberto no tuvo el corazón para dejar a Aurora, pues esa mañana se dio cuenta que él fue el primer hombre en la vida de ella.

Por ahora no sabe qué hacer con ella. Pensará con más claridad cuando calme su ira y su corazón vuelva a sentir paz.

En Francia quedan algunas personas que se prestaron a ese sucio juego, y por eso teme que Aurora pueda sufrir las consecuencias. Tal vez, como su padre, tiene un don para presentir el peligro.

Durante el vuelo, Aurora estuvo distante con Alberto; no quería asfixiarlo. Dicen que cuando uno ama de verdad, solo busca la felicidad del otro. Ella fue capaz de decirle que fuera a buscar la suya con Mariana, pero Alberto no la dejó.

Pese a ello, mantiene distancia y una lucha interna, protegiendo su corazón, que ahora llora en silencio.

—¿Quieres algo de beber? ¿Agua o gaseosa? —Alberto se preocupó al verla rechazar el almuerzo.

—Agua está bien —respondió ella, mirando hacia la ventana. No se atrevió a verlo de frente.

Alberto la miró con culpa. ¿Era realmente eso lo que sentía?

De inmediato, llamó a la azafata y pidió un plato de sopa. Cuando se la llevaron, la puso delante de Aurora.

—¡Señorita Medina! No deje que se enfríe —pidió Alberto, que se mostraba pasivo durante el vuelo. Solo podía esperar llegar a Estados Unidos para actuar.

—En verdad no tengo hambre —respondió Aurora, sin mirarlo.

—No me importa si tienes hambre o no. Comes porque tienes que hacerlo, y si no… —Alberto perdió la poca paciencia que le quedaba.

En otro asiento, Osvaldo volteó y al ver a ambos pensó:

—Alberto nunca ha reaccionado así con nadie. Parece que esta chica será su talón de Aquiles.

Su mirada era profunda, la misma que el gran héroe que murió por proteger a Rayo había tenido. Al igual que Javier, este joven es fiel y leal a quienes lo han ayudado. Novato, pero con lealtad hacia Rayo y los suyos.

Desde la muerte de Javier, Thiago se convirtió en padrino de Osvaldo, quien ahora tiene un lugar especial entre los protegidos del hombre de la máscara. Criado junto a Alberto, goza de los mismos privilegios y comodidades. Tiene 19 años, pero es un chico de principios.

—¡Alberto! —de pronto, un mensaje llegó al teléfono de Osvaldo, sacándolo de sus pensamientos.

—¿Sucede algo? —Alberto dejó de forcejear con la chica y cuchara, y centró la atención en Osvaldo.

—Creo que tu padre ya lo sabe todo —dijo Osvaldo con voz temblorosa.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Alberto, paralizado.

—Es un mensaje de Efraín. Está indagando sobre el asunto —contestó Osvaldo.

—¡Que Dios me agarre confesado! —fue lo único que dijo el menor de los Beach.

Mientras tanto, en Nueva York, Thiago se encontraba en el laboratorio, realizando las últimas pruebas de la vascular muscular.

En su rostro se reflejaba la satisfacción por su gran éxito.

—Kenneth, ¿puedes ayudarme con esto? —le entregó la nueva creación a su yerno. Solo a su yerno podía confiarle su nueva creación.

—¡WOW! —Kenneth nunca lo había visto tan emocionado. Pero era una válvula que salvaría muchas vidas.

Rayo había estado retirado un año, pero, como era de esperarse, no pudo estar lejos por mucho tiempo.

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