El campo de batalla estaba cubierto de cenizas.
Un silencio absoluto precedía al fin del combate.
En medio del humo y los cuerpos caídos, un solo hombre seguía en pie.
Shiro Kutogane, cubierto de sangre ajena, avanzaba entre los cadáveres con la mirada vacía, como si no distinguiera entre amigos o enemigos, como si nada en el mundo tuviera sentido… ni peso.
Del otro lado, un guerrero de renombre, un comandante enemigo, jadeaba con los brazos abiertos, empuñando una gran alabarda.
—¡Te mataré, maldito bastardo! —gritó, lanzándose como un rayo.
Un segundo después, su cuerpo cayó partido en dos, antes de que pudiera dar un solo paso.
Shiro envainó su espada lentamente.
—¡¡Todos, retírense!! —exclamó el general del escuadrón aliado.
Su voz quebró el espeso aire del campo. No hubo duda, no hubo objeciones. Los soldados comenzaron a retroceder en formación.
Pero entre el murmullo, la tensión no se disipaba:
—…mató a todos sin sentir nada.
—¿Lo viste? No dudó ni un segundo.
—Dicen que jamás ha sonreído. jamás en su vida.
—Esa no es una persona —susurró otro—. Es un arma con forma humana.
《Como si ellos fueran mejor, solo juzgan sin saber》pensaba Shiro con una mirada fría que no expresaba nada.
[---]
Más tarde.
El fuerte militar del norte estaba cubierto de piedra y sombra.
Las botas de Shiro resonaban pesadas por los pasillos vacíos del cuartel.
Pasó frente a varios soldados que bajaban la mirada al verlo. Nadie osaba hablarle. Nadie quería mirar esos ojos que jamás mostraban rabia, compasión o siquiera interés.
Justo al doblar un corredor, un joven mensajero lo interceptó con paso inseguro.
—S-señor Shiro… e-esta carta es para… para el soldado Hitaro, pero… ya que él…
Shiro la tomó sin decir palabra.
Pero por dentro de él solo podía pensar como los altos mandos no querían llevarse esa mala reputación de la familia del fallecido.
El muchacho tragó saliva, hizo una reverencia aun asustado y desapareció corriendo.
Con la misma expresión ausente de siempre, Shiro giró y caminó hasta su habitación.
Una celda monótona de piedra, sin decoración ni pertenencias. Solo una cama, un escritorio y su espada.
Se sentó en silencio.
Observó la carta entre sus dedos por unos segundos.《La familia de un fallecido ¿eh?》.
Y con un suspiro —Al menos debo ver que es lo que escribieron —dijo con un tono más sereno y amable.
Entonces, abrió la carta sin más.
Querido Hitaro:
No hemos sabido nada de ti en semanas y mamá está preocupada. Dice que tu espalda siempre se enfría cuando duermes, así que tejió una manta para ti. También está cocinando tus platillos favoritos por si regresas pronto. Yo no sé cocinar como ella, pero hice intentos… el arroz salió como piedra, y el té sabía a pasto, pero me esforcé.
Papá quiere que le escribas, aunque diga que no le importa. A veces lo veo mirando tus botas. Las limpió sin darse cuenta hace unos días.
Y por cierto, ¿recuerdas a la cabra que te perseguía? La llamamos “Hitarito”, porque parece que también te extraña. Hoy trató de subirse al techo otra vez. Se cayó y se quedó pegada como una torta.
Sin aviso, Shiro soltó una breve risa. Seca, cortísima, casi imperceptible…
《Pero como le ponen un nombre así a una cabra》.
—Hitarito, suena a nombre de un mono —dijo con una sonrisa aunque pequeña muy llamativa.
Pero de repente se detuvo, moviendo su mano a su boca como si buscará algo que no debió de pasar.
Aún con la carta en mano, se levantó. Fue hacia su escritorio, sacó una hoja y tinta. Escribió, con letra clara:
Al familiar de Hitaro:
Yo no soy Hitaro. Lamentablemente, él ha muerto en batalla.
Sin embargo, leí su carta.
No sé quién es usted ni por qué me hizo reír… pero gracias.
No suelo hacerlo.
Luego dobló el papel, lo selló con el sello oficial del ejército y salió de la habitación.
[---]
Minutos después, encontró al mensajero aún en el corredor.
—Lleva esto a la misma dirección de la carta anterior —ordenó con voz monótona, sin dar explicación.
El joven tomó el sobre sin atreverse a preguntar.
[---]
En un lugar apartado el viento agitaba suavemente las sábanas colgadas al sol.
Entre el aroma del campo y el murmullo de los árboles, una joven de cabello castaño claro y ojos vivos reía mientras intentaba atrapar una sábana rebelde.
—¡Mamá, se está escapando otra vez!
—¡Sujétala por los extremos, Yuki! —respondió su madre, con las manos llenas de pinzas de madera.
Yuki logró sujetar la tela y, tras asegurarla, suspiró mirando el cielo claro.
Justo entonces, un jinete se acercó trotando por el camino de tierra. Vestía el uniforme de mensajería del ejército. Al llegar a la entrada de la casa, se detuvo y bajó rápidamente.
—¿Familia de Hitaro?
—Sí —respondió la madre con tono preocupado, mientras Yuki bajaba la mirada.
—Lamento decir que esta carta no es de él… pero viene del frente —añadió, extendiendo el sobre sellado.
La madre lo tomó con ambas manos, sintiendo un nudo en el estómago.
—Gracias… —le dijo al jinete con una sonrisa algo forzada.
Pero entonces Yuki le roba la carta a su madre y sale corriendo sin decir nada.
—Yuki, espera —intentando detenerla, pero sin conseguirlo.
《Es obvio que se sentiría así, pero no debería esconderse y llorar sola》.
Yuki subió las escaleras, cerró la puerta de su cuarto y se sentó sobre la cama. La habitación era simple: estantes con frascos de hierbas, libros mal apilados, una pequeña ventana con vista al bosque.
Despegó el sello y desplegó el papel.
Al familiar de Hitaro:
Yo no soy Hitaro. Lamentablemente, él ha muerto en batalla.
Sin embargo, leí su carta.
No sé quién es usted ni por qué me hizo reír… pero gracias.
No suelo hacerlo.
Sus labios se entreabrieron. Un leve temblor apareció en sus dedos.
—Hitaro… —susurró, conteniendo las lágrimas—. Entonces, era cierto…
《¿Por que?, ¿Por qué?, dijiste que no me dejarías sola y estarías aquí para mi》
Pero al leer más abajo, volvió a mirar la línea final.
Se detuvo en la palabra “gracias”.
La releyó. Dos, tres veces y repentinamente se cubrió el rostro con ambas manos, sonrojada.
—¡Pero qué vergüenza! ¿La cabra torta? ¿El arroz piedra? ¡Qué vergüenzaaa…! —golpeando levemente la almohada.
Luego, tomó papel, pluma, y comenzó a escribir:
A quien respondió mi carta:
Gracias por tomarse el tiempo de leerla, incluso si no era para usted. Saber que le saqué una risa es algo inesperado en realidad si pudiera olvídalo sería mejor.
Me siento mal por la perdida de Hitaro. No era mi hermano de sangre, pero lo sentía como tal.
Me había echo una promesa, pero ahora ya no se que hacer sin él.
Lo siento de seguro no quiere escuchar las quejas de una persona que no conoce.
Pero aún así le mando una taza de té en palabras.
Dobló la carta con cuidado, la selló con un lazo de hilo rojo y bajó corriendo escaleras abajo.
—¡Mamá, voy a enviar algo al pueblo!.
《¿Pero tu no estabas?… 》.
—¡Compra algo de pan antes de volver.
—Esta bien mamá —dijo con una sonrisa que parecía alejar cualquier mal.
Los pasillos de piedra del fuerte estaban vacíos, salvo por los pasos constantes de Shiro Kutogane. Sus botas resonaban firmes, sus ojos fijos al frente, su expresión inmutable.
—¡Eh, Shiro! —exclamó una voz desde atrás.
Shiro no se giró.
Solo se detuvo por un instante.
Un brazo pasó por encima de su hombro con confianza.
Kael, un joven de cabello naranja con un uniforme negro como Shiro, pero un presencia muy distinta, apareció por detrás con una energía muy alegre.
—¿Qué haces caminando tan serio, viejo?¿Acaso te perdiste o estas en busca de alguien?
Shiro no reaccionó, pero respondió con voz fría:
—Solo patrullaba.
—¿“Solo patrullaba”? ¿Esa es tu forma de decir “me aburría”? —Kael rió, dándole un leve golpe en el hombro—. Vamos, no me mires así, no te voy a dar un beso o algo así
Shiro volvió a andar, y Kael lo siguió con las manos detrás de la cabeza.
—Por cierto, ha llegado alguien al fuerte. Causó un pequeño revuelo.
—¿Quién? —preguntó Shiro, sin detenerse.
—Una investigadora del reino. Muy famosa.
Rara vez sale de la capital. Dicen que viaja con permiso directo del consejo real.
—¿De verdad, como se llama?
Kael sonrió.
—Lyra.
[---]
En una sala silenciosa y en el centro ella, Lyra, de cabello morado y largo com ojos como espejos sin reflejo, estaba de rodillas ante una serie de figuras sentadas con expresiones distintas. Su espalda erguida, su expresión impasible.
Una de las voces resonó, grave y sin rostro:
—No recordamos haberte autorizado a venir aquí, Lyra.
—No vengo con intenciones ocultas. Solo deseaba revisar los archivos… —dijo con calma—. Algunos libros de este sector son importantes para mi investigación
Otra voz intervino:
—Lo que desees no importa. Solo haz lo que viniste a hacer y luego vete
《Seguro solo quiere investigar algo absurdo que a nadie más le interesa》
Un leve silencio.
Lyra asintió y se marcho de la sala
Pero cuando cerro la puerta, sus ojos brillaron con una sonrisa algo disimulada.
《Bien vamos a ver si esta vez puedo obtener información valiosa》.
[---]
En una biblioteca con estanterías gigantes que contenían volúmenes cubiertos de polvo, encuadernados con cuero reseco
Lyra caminaba entre los pasillos con un farol en una mano y una libreta en la otra. Sus ojos no dejaban de moverse, devorando nombres de títulos, autores y símbolos antiguos.
—“Sellos del Norte”, “El fragmento y el cuerpo”, “Las marcas del alma”…
《Bien ahora solo tengo que revisarlos más afondo y seguro encuentro algo mejor》
Sacó un libro ancho y gastado. Lo abrió con cuidado, como si acariciara una reliquia.
Páginas crujieron como hojas secas. Tomó nota con rapidez, y justo en ese momento una voz interrumpió la quietud:
—Sabes que este lugar está tan polvoriento y abandonado que dan ganas de dormir ¿verdad?
Lyra giró con serenidad.
Allí estaba Aerion, apoyado en una de las columnas. Era joven, de cabello largo y plateado, con ropas de mago blancas y doradas, con una sonrisa que era irritante.
—Y tú sabes que si algo me interesa, el polvo no es problema —respondió Lyra sin alzar la voz.
—¿Buscando otra maldición antigua? ¿O aún obsesionada con una teoría que se dejó de investigar?.
Lyra no respondió. Cerró el libro, se lo llevó bajo el brazo y caminó hacia la salida.
Aerion la siguió con las manos en los bolsillos.
—No te pierdas, Lyra. Algunos libros pueden tener algo más que solo letras sin sentido.
Ella solo murmuró:
—Eso es algo obvio ¿no?
[---]
Arriba, en el pasillo principal del fuerte, Shiro y Kael caminaban, conversando con el tono monótono de una tarde sin combate.
—Te digo que van a darnos un nuevo despliegue en el sur —decía Kael—. Lo sé porque vi al general hablar con los del escuadrón rojo. Y cuando el escuadrón rojo se mueve, algo va a estallar.
—No me interesa —respondió Shiro.
—Ya sé, nada te interesa… a menos que venga te lo hagan ordenado los de arriba —bromeó Kael, cuando de pronto notó a Lyra y Aerion saliendo de la biblioteca.
—Oh, ahí está —señaló con la cabeza—. La investigadora famosa.
Lyra se detuvo al verlos.
Kael, siempre con su energía despreocupada, levantó una mano:
—¡Hola! Soy Kael. Él es Shiro.
Lyra asintió con cortesía, pero al oír ese nombre, se tensó por un breve instante.
Shiro.
《Ese nombre lo he leído antes en algún lugar, pero ¿donde?, si mal no recuerdo era un pergamino antiguo de la biblioteca real》
—¿Estás bien? —preguntó Kael, notando su breve silencio.
Lyra parpadeó y recuperó su sonrisa neutral.
—Lyra. Un gusto.
Shiro no dijo nada. Solo asintió.
—Espero no estorbar en sus pasillos —añadió ella, dando un paso hacia el pasillo contrario—. Tengo trabajo que hacer.
Kael la observó alejarse mientras murmuraba:
—¿Siempre caminan así las investigadoras? Parecen que analiza todo municiosamente.
Shiro la miró de reojo, sin decir nada más.
La mañana en el fuerte era gris. La niebla aún colgaba sobre los muros como un velo espeso.
Shiro estaba solo en la sala de entrenamiento, blandiendo su espada sin emoción, sin esfuerzo.
Sus movimientos eran exactos, sin florituras. Como una máquina.
Al terminar su serie, guardó el arma y caminó por el corredor. Al llegar a la intersección principal, un mensajero lo esperaba.
—Señor Shiro —dijo el joven, ya más confiado que la última vez—. Le ha llegado otra carta.
Shiro alzó una ceja apenas perceptible.
—¿De quién?
—No tiene remitente. Solo un hilo rojo en el cierre.
Shiro tomó la carta sin más preguntas. Era pequeño, sin sello oficial, pero con el hilo rojo tan simple, pero decoraba muy bien la pequeña carta.
Regresó a su habitación.
Una vez dentro, se sentó en la cama. El silencio era absoluto. Solo se oía el sonido de los pensamientos de Shiro.《de quien podría ser una carta y que podría contener》
Leyó.
A quien respondió mi carta:
Gracias por tomarse el tiempo de leerla, incluso si no era para usted. Saber que le saqué una risa es algo inesperado en realidad si pudiera olvídalo sería mejor.
Me siento mal por la perdida de Hitaro. No era mi hermano de sangre, pero lo sentía como tal.
Y aunque no sé su nombre, me pareció muy… agradable lo que escribió.
Le mando una taza de té en palabras
Shiro la leyó dos veces. No cambió de expresión, pero sus dedos se detuvieron un segundo más sobre la última línea.
“Una taza de té en palabras...”
《¿Qué se supo que significa una taza de té con palabras?》
No lo sabía. Pero por alguna razón, esa carta lo hizo pensar en algo que no fueran órdenes.
Se levantó, buscó papel, y escribió, con pulso controlado:
En respuesta a la carta:
Recibí su carta. No sé si debía, pero la leí y creo que no podre olvidar la carta anterior.
El té... con palabras. Suena extraño. Y aunque no se que significa quiero creer que es un ”que te vaya bien”.
Gracias por responder.
No suelo escribirle a nadie.
Y no pensé sonreír 2 veces, es... extraño.
Dobló el papel.
Y al ver el hilo rojo en su mesa, decidió atar el mismo hilo en su carta que iba a enviar, aunque no sabía por qué lo hacía.
Salió de su cuarto y caminó con paso firme hasta el mensajero de turno.
—Que llegue a la misma dirección que la anterior —ordenó.
—¿Sin remitente tampoco, señor?
Shiro dudó un instante…
—No. Ninguno.
Y se fue.
El mensajero lo vio alejarse con cierta extrañeza, pero obedeció.
[Montaje de cartas entre ambos]
—He empezado a hablarle a una cabra como si fueras tú. No me mires raro. Es la única que no me interrumpe.
—No es raro yo veces hablo con el viento. No responde, pero tampoco se queja.
—Hoy cociné y el arroz me salió increíble. Estoy avanzando.
Tal vez algún día le mande uno de mis platos.
—Me interesa, si algun día viene a la capital me gustaría probarlos.
—Pero no esperes tanto de mi apenas cocino un poco de guiso y preparo la carne.
—Esta bien, pero si de verdad viene no me importaría probar un arroz algo quemado.
Las cartas iban y venían.
Sin nombres.
Sin promesas.
Solo conversaciones sin sentido o propósito.
Palabras que no sabían que necesitaban ser escuchadas.
El sol atravesaba las nubes como si también quisiera escapar de la rutina.
Shiro caminaba por el pasillo central del fuerte. Su paso era el mismo, su rostro igual de inexpresivo, su postura rígida.
Pero algo, dentro de él, había cambiado.
《Me pregunto si ya llego la carta con el hilo rojo》.
Los pensamientos eran más ruidosos. Los silencios menos pesados.
No era algo que nadie notara.
Excepto uno por una persona.
—¡Shiro! —exclamó Kael, apareciendo desde una esquina, como siempre, sin previo aviso.
Shiro se detuvo, sin sorprenderse.
—Estás distinto —dijo Kael, cruzándose de brazos con una sonrisa astuta—. No sé qué es, pero te juro que estás menos... roca.
Shiro lo miró de reojo.
—No sé describirlo —dijo, con una voz apenas más suave que de costumbre—. Pero creo que encontré algo que me ha llamado la atención.
Kael abrió los ojos con teatralidad.
—Espera, algo que te llamo la atención y no sabes describirlo, hmm —decía Kael mientras miraba atento a Shiro
Y como si su cabeza se iluminará —Espera acaso te enamoraste —dijo sin vacilar o dudar
—No —respondió Shiro, directo. Pero su tono no era frio. Fue… como si no quisiera aceptarlo.
Kael se río.
—Vamos, vamos, viejo corazón de piedra, dime quien es la afortunada que conquistó al hombre de hielo.
Shiro estaba a punto de responder cuando un mensajero se acercó rápidamente.
—Señor Shiro, llegó otra carta para usted.
Shiro la tomó con naturalidad.
《Ya veo, por fin llego》
Kael levantó las cejas, divertido.
—¡Ajá! ¡¿Otra vez sin remitente?! ¡¿Es de tu amada sin nombre?!
Shiro lo miró.
—No es tu asunto.
Pero esta vez, no lo dijo con frialdad, sino con una especie de… incomodidad. Como si quisiera negarlo, pero tampoco pudiera explicarlo.
Kael lo observó con una sonrisa, sin decir más.
《Es bueno que encuentre a tu media hoja》
Shiro, en silencio, guardó la carta sin abrirla aún.
No porque no quisiera leerla.
Sino porque ya no necesitaba correr para hacerlo.
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