La puerta se cerró con un clic discreto.
El cuerpo que la cruzó avanzó con pasos medidos, como si cada movimiento costara más de lo que debía. No hubo palabras, ni contacto visual. Solo respiración contenida y un leve temblor en los dedos mientras se sentaba frente al terapeuta.
La sala era clara, silenciosa. Demasiado pulcra para alguien que arrastraba tanto desorden por dentro.
—Gracias por venir —dijo el terapeuta—. Toma asiento, por favor.
El silencio que siguió se extendió como una manta húmeda. Las manos descansaban juntas en el regazo, los nudillos blancos por la presión que ejercían. La mirada baja, perdida. No había enojo, pero sí un cansancio profundo, de esos que no se borran con dormir.
—No creo que esto funcione —susurró al fin—. Pero… me dijeron que lo intentara.
—¿Quién te lo dijo?
—Mi hermana. Cree que necesito ayuda. Supongo que sí… aunque no sé si realmente la quiero.
Otra pausa. Más larga. El terapeuta no interrumpió.
—Desde que pasó… desde que perdí lo que más amaba, no me reconozco —un estremecimiento leve sacudió sus hombros—. Me despierto cada día pensando que es una pesadilla. Que va a entrar por la puerta y todo esto… no fue real.
Un hilo de voz se coló entre los labios, cargado de algo más que tristeza:
—Yo no debería… yo no… —negó con la cabeza, apretando los labios—. Tuvimos un matrimonio de infierno y todo por mi culpa.
Los ojos finalmente se alzaron, no hacia el terapeuta, sino hacia un punto perdido en el techo.
—No sé cómo seguir. Todo me parece falso. Las palabras de la gente, sus abrazos, los días… Me da miedo levantarme. Me da miedo… no sentir nada. Pero también me da miedo sentir. Porque si siento, duele. Y si duele, entonces es real.
El silencio volvió, más pesado, cargado de un dolor que parecía llenar la habitación.
—Y no tuve la oportunidad de despedirme. Ahora tengo miedo, miedo de lo que viene.
⸻
El auto avanzaba en silencio, como cada mañana. Su esposa estaba absorta en sus pendientes, de vez en cuando levantando la mirada hacia la ventana. La luz suave se filtraba, iluminando su rostro concentrado, sereno y distante a la vez.
Llevaba un vestido negro sin mangas, cubierto apenas por un saco que descansaba en sus hombros. Imponente, casi inaccesible. Su cabello largo y ondulado recogido con un broche brillante que armonizaba con la pedrería delicada del vestido. Tacones puntiagudos que marcaban un paso firme, seguro.
Su piel blanca, tan pálida que las venas verdes y azules de sus piernas se transparentaban bajo la luz. Lauro no podía apartar la mirada, reconociendo en ella esa belleza serena que aún, en la distancia emocional, le provocaba un golpe en el pecho.
El auto frenó frente al edificio. Su esposa abrió la puerta con naturalidad. Él bajó tras ella. A pocos metros, Esteban, su asistente, ya esperaba con una carpeta llena de reportes y tareas.
Pero Lauro no se apresuró. Su atención fue capturada por las pantallas gigantes del edificio, que reproducían un debate político candente.
—Lo que proponemos con la Ley de Cierre Voluntario no es una rendición, señores diputados, es una afirmación radical de la libertad —decía un legislador, gesticulando con vehemencia—. ¿O acaso vamos a seguir condenando a vivir a quienes ya no quieren hacerlo? No pedimos que compartan la decisión. Solo pedimos que la respeten.
—¿Libertad? ¿Desde cuándo dejar de existir es un acto de libertad? —respondió una mujer, con voz cortante—. Esta ley es una puerta abierta al abandono. A que un Estado diga: “muéranse si quieren, es más barato”. ¿Eso es lo que somos ahora?
Aparecieron imágenes de las calles llenas de manifestantes. Pancartas con frases como “Mi cuerpo, mi decisión” se enfrentaban a otras que decían “La vida no se desecha”.
Otra voz, esta vez masculina, resonó con gravedad:
—La ley contempla un proceso riguroso, con filtros médicos, psicológicos y sociales. Nadie podrá acceder al cierre voluntario por impulso o manipulación. Y sí, también contempla a personas sanas que, por razones profundamente personales, han decidido no continuar. La autonomía no es solo para los enfermos.
—¿Y qué haremos cuando adolescentes deprimidos quieran acceder? ¿Qué tipo de sociedad normaliza el suicidio como una opción legal? —interrumpió otra diputada, visiblemente alterada.
Lauro apenas respiraba, atrapado por la intensidad del debate. Cada palabra parecía resonar en su pecho, reflejando sus propias contradicciones internas.
—No puedo creer que haya gente luchando para legalizar el derecho a quitarse la vida —dijo casi sin pensar, al vacío.
Su esposa pasó junto a él. Apenas desvió la mirada y respondió, fría:
—Es irrelevante.
Lauro giró la cabeza. Su mirada chocó con la espalda firme de ella, alejándose como si el edificio ya le perteneciera. Sintió que ese ruido político también podía resquebrajar lo que ellos alguna vez fueron.
Comenzó a caminar hacia el edificio mientras Esteban le lanzaba pendientes como si fueran balas. Apenas puso un pie en la oficina, lo primero que escuchó:
—Tu suegro quiere verte.
Cinco años de matrimonio y todavía ese hombre lograba ponerlo tenso. Ni tiempo de sentarse y ya lo mandaban directo al fuego.
—Al mal paso, darle prisa —murmuró Lauro, ajustando el saco—.
Al pasar frente a la oficina de Cora, se detuvo un instante. Ella estaba concentrada, dictando instrucciones a su asistente. Todo en orden, todo bajo su control. La miró, solo un instante. Ella lo reconoció, lo midió con frialdad, y volvió a su tarea.
Lauro siguió. Llegó a la puerta del despacho. Arturo Valencia estaba de pie, mirando por la ventana, manos cruzadas detrás de la espalda. Se giró.
—Lauro, te mandé a llamar por una razón importante.
Era raro verlo así. Arturo rara vez elogiaba, rara vez desperdiciaba palabras. Pero esta vez, su tono no era duro, sino medido.
—Permíteme felicitarte por tu trabajo en la última ronda de negociación —dijo, estrechando su mano—. La resolución fue impecable. Tu nombre empieza a sonar fuera de esta empresa, y eso… no es cualquier cosa.
Lauro asintió con un “gracias” controlado.
—Y ya que estamos en confianza —agregó Arturo, acomodándose detrás del escritorio—, quiero invitarte a comer esta noche. Solo nosotros, nada formal.
Antes de que Lauro respondiera, la puerta volvió a abrirse. Cora apareció, firme, como dueña del espacio.
—Papá, el abogado Storni ya está en la sala de juntas —anunció, sin mirarlo—. Dijo que no puede posponer la firma del fideicomiso más allá de esta mañana.
Arturo se levantó de inmediato.
—Perfecto —dijo, y miró a Lauro—. Quedamos para la cena entonces.
Cora dio media vuelta, pasó junto a él sin mirar. Su perfume le rozó la garganta, casi como un reproche. Lauro asintió, pero sin palabras.
Padre e hija se fueron, cerrando la puerta tras de sí. La invitación flotaba en el aire como advertencia. No era solo cortesía familiar. No con Arturo. No con Cora.
Lauro volvió a su oficina. Intentó concentrarse en la auditoría, pero su cabeza no dejaba de girar en torno a otra carpeta: los papeles de divorcio. Fríos, exactos, inalterables. Solo faltaban dos firmas.
Los había recibido semanas atrás. No los mostró ni mencionó. No porque Cora ignorara lo que se avecinaba, sino porque aún no sabía si tenía sentido ponerle punto final a algo que sentía como ya terminado.
Cerró la carpeta, la guardó en el cajón y giró la llave. Luego la metió al bolsillo del saco, como para silenciar el eco que lo habitaba por dentro.
Eran las 2:08. Hora de la comida.
Se levantó, cruzó el pasillo en silencio y se dirigió al elevador. Cuando las puertas se abrieron, allí estaba Cora. Perfecta, con el celular en la mano, mirada perdida en la pantalla. Lo reconoció, levantó la vista apenas y volvió a su tarea.
—Hola —saludó él, mesurado.
—Hola —respondió ella, sin mirarlo.
Se acomodó a su lado, dejando espacio. Silencio espeso. Podía oler su perfume. Sabía que no diría nada si él no hablaba primero. Lo sabía porque la conocía.
—¿Ya vas a comer? —preguntó, sin demasiada esperanza.
—No. Tengo cita con el médico.
Alarma discreta.
—¿Estás bien?
Giró apenas la cabeza. Lo miró unos segundos, midiendo cada palabra.
—Sí. Solo rutina.
—¿Quieres que te acompañe?
—No quiero —dijo, con certeza. Ni duro, ni suave.
Asintió. Esta vez más lento.
Las puertas se abrieron. Cora salió primero. Afuera, su chofer esperaba con el sedán negro. Lauro la vio subir sin voltear. Luego salió él, rumbo al estacionamiento, sin prisa.
Llegó al restaurante. Discreto. Mesas de madera oscura, ambiente íntimo. En una esquina, Óscar lo esperaba, aguas servidas, hojeando el menú con desinterés.
—¿Supiste lo del Congreso esta mañana? —preguntó apenas Lauro se sentó.
—Algo vi. Debate sobre el derecho a quitarse la vida.
—Eutanasia voluntaria —dijo Óscar, sin rodeos—. Presionan para permitir que las personas decidan cuándo y cómo morir, incluso sin enfermedad irreversible.
—Muerte digna, lo llaman —murmuró Lauro, pero su mente estaba en otro lado.
—La propuesta es más radical —continuó Óscar—. Personas conscientes, incluso sin enfermedades terminales, podrían optar legalmente por quitarse la vida asistida, sin dolor, con evaluación previa.
—¿Y tú qué piensas?
Óscar bajó la mirada.
—Es delicado —dijo—. Pero a veces pienso que hay algo humano en controlar el final. No sé si está bien o mal, pero entiendo por qué lo desean.
—Las personas están locas. Es instinto buscar sobrevivir.
Óscar asintió, mirándolo con atención.
Lauro quedó viendo la nada.
—¿Te pasa algo? —preguntó Óscar—. Te quedaste ido.
Suspiró largo, sostuvo la mirada.
—Te voy a contar algo, pero no se lo digas a nadie.
—Lo que digas se queda aquí.
—Estoy pensando en divorciarme.
Óscar dejó los cubiertos. Lo miró con sorpresa y cuidado.
—¿De verdad?
—Sí. Ya no podemos seguir así. Solo peleamos. Y cuando no discutimos, simplemente no hablamos. Compartimos la cama, a veces, pero no la vida. No hay intimidad, ni un beso, ni una mirada… nada.
—¿Se lo dijiste?
—No aún. Hoy vi los papeles de nuevo en la oficina. Pensé mostrárselos, pero… no pude.
Óscar asintió, sin interrumpir.
—Me siento como un cobarde —añadió Lauro—. Pero también siento que ya no tengo nada más que ofrecerle. Y si espero más, la lastimaré más.
Silencio breve. Solo el sonido lejano de platos en la cocina.
—No eres cobarde —dijo finalmente Óscar—. A veces irse también es una forma de amar.
No hablaron mucho más. La conversación derivó en banalidades. Lauro apenas probó bocado, sintiéndose agotado, como si hubiera cargado un peso imposible durante horas.
La noche había caído del todo. El cielo estaba oscuro, sin luna, con unas pocas estrellas intentando brillar todavía. El chofer los dejó justo frente a la mansión Valencia, la casa de una de las familias más influyentes en el ámbito jurídico del país. Cuando el auto se detuvo, Lauro bajó para ayudar a su esposa, pero ella ignoró su mano y bajó sola, caminando directo a la entrada.
Como siempre, Lauro la siguió.
Tocaron el timbre. Una empleada abrió la puerta.
—Señorita Cora… —dijo la mujer con una sonrisa cálida—. Tenía mucho que no la veíamos por aquí.
—Papá nos invitó a cenar, así que aquí estamos —respondió Cora con una sonrisa breve.
—Señor Lauro, qué gusto verlo —añadió la mujer, un poco más tímida.
—Hola, Eli. ¿Cómo estás?
—Muy bien, señor. Me alegra verlo.
—Me parece que ya los están esperando en el comedor. Si quieren pasar…
—Por supuesto.
Caminaron hacia el comedor, donde ya estaba toda la familia reunida. Sus padres y sus cuatro hermanos, cada uno en su lugar. Lauro conocía esa dinámica: cada visita era un torbellino de energía que lo dejaba agotado, aunque también lo entretenía un poco.
—¡Mi querida hija! Qué felicidad tenerte aquí —exclamó Esmeralda, la madre de Cora.
—Hola, mamá —dijo Cora con una calidez real.
—Yo pensé que ya estabas muerta, con eso de que nunca vienes —dijo Vania, su hermana, sin filtro.
—Es un gusto verte también, hermana —respondió Cora, imperturbable, y la abrazó y besó.
—Espero que no tengas que irte corriendo como siempre —añadió Dante, el más joven, con una sonrisa sarcástica.
—Déjenla en paz —intervino Arturo, el mayor—. Lo importante es que está aquí. Vamos a disfrutar la cena.
Cora saludó a cada uno con cariño, uno por uno. Cuando llegó a Arturo, preguntó:
—¿Y Meredith? ¿Y Luna?
—Luna se quedó con sus abuelos maternos —respondió Arturo—. Meredith salió anoche con sus amigas. No quise arruinarle sus planes invitándola a cenar.
—Bien hecho —dijo Esmeralda—. Una debe aprovechar cualquier ratito libre para hacer algo por una misma. Después de ser madre, ay, Dios… se te va la vida.
—Oh, gracias por decirnos que te tiene encadenada, madre —ironizó Brandon, rodando los ojos.
—¿Qué te puedo decir? —fingió un suspiro Arturo padre—. Ya son adultos, hechos y derechos, y aun así sigo preocupado por ustedes. Sobre todo por ti —miró a Brandon—, que eres el más libertino.
Brandon rió.
—¿Libertino? Papá, qué palabra tan romántica para decir “divino”.
—Más bien “terrible” —rió Vania.
La conversación se volvió más fluida, más ruidosa. Los hermanos se hacían bromas como siempre. Vania se quejaba de que Brandon imitaba sus lloriqueos, mientras él exageraba sus gestos. Arturo intentaba poner orden, sin éxito. Cora se reía, como si nunca se hubiera ido.
Lauro observaba, participando cuando podía, pero sin buscar protagonismo. La familia de su esposa era amorosa, sí, pero también absorbente. A veces sentía que era parte del decorado. Otras veces, como ahora, lo trataban como a otro de los hermanos.
—¡Oye, cuñado! —dijo Dante—. Ya no te he visto en el gimnasio. ¿Qué pasó con las clases de jiu-jitsu?
—He estado lleno de trabajo —respondió Lauro, sonriendo—. Pero no las he dejado del todo. Solo un poco ausente.
—Eso dices siempre. Mira que ya me estaba creyendo más fuerte que tú —bromeó Dante.
—No es que lo dude, pero dudo que puedas conmigo aún.
—¡Eso! ¿Una pelea aquí mismo o qué? —gritó Brandon, riendo.
—Ya quisieras ver a dos hombres sudando —murmuró Arturo—.
Todos estallaron en carcajadas.
—¡Me traumé! —gritó Vania, tapándose los oídos.
—¡Ay, por favor! —dijo Brandon, alzando la ceja—. Si tú ves más porno que todos juntos.
La mesa era un torbellino de voces, bromas, sarcasmo y cariño mal disimulado. Lauro, agotado, no podía evitar disfrutarlo. Ese caos también era hogar. Y aunque no lo dijera, sabía que cada uno de esos hermanos, la suegra dulce y el suegro territorial, lo habían adoptado como propio.
—Me gusta cuando vienes, Cora —murmuró su padre—. Le das equilibrio a estos salvajes.
Ella le sonrió. Lauro, sentado a su lado, la miró un poco más de lo normal.
Al terminar la cena, todos se encontraron en el salón junto al minibar.
—¿De verdad me van a dar ese caso? —dijo Dante, dejando caer la carpeta con teatralidad—. ¿Un divorcio? ¿El de Vania?
—Ese infeliz me puso el cuerno, quiero que lo destruyas —saltó Vania—. Que no pueda verse al espejo sin llorar.
—¿Y esta es tu manera de apoyarme en mi primer caso? —refunfuñó Dante, tirándose en un sillón. Brandon estaba medio recostado, comiendo una mandarina como si nada.
—Claro, quiero que ganes. Pero con sangre.
—Deberías sentirte honrado —añadió Brandon, palmando la pierna de Dante—. No todos pueden decir que su primera batalla legal fue contra el ex de su hermana. Merecido lo tiene.
—Debí estudiar otra cosa, este caso es una burla. Lo ganaré fácil —dijo Dante.
—O tal vez sea demasiado fácil, y si lo pierdes, nos burlaremos de ti el resto del año —intervino Arturo—. Pero si decides renunciar, dime. Menos obstáculos para el negocio familiar.
—¡No me quejo por cobarde! Me quejo porque esto no es una prueba, es una emboscada disfrazada de práctica —gruñó Dante—. ¡Pero no me lo tomaré a la ligera! Mañana quiero esa carpeta en mi escritorio. Lo haré trizas. No será fácil.
Todos rieron. Una servilleta voló y Brandon la imitó con un silbido.
—¡Ay! El pequeño bebé está llorando —dijo Cora, cruzando las piernas sobre el sillón.
—¡Cállense! —sonrió Dante—. Verán lo que este bebé puede hacer.
—¡Así se habla! —celebró Arturo, alejándose un poco para atender su teléfono.
—Todavía no me muero y mis hijos ya pelean por el negocio —dijo el patriarca, divertido y seco al mismo tiempo.
Brandon se levantó y caminó al minibar.
—Hora de preparar mi bebida especial —anunció con voz de locutor.
—¿Otra vez con eso? —se quejó Dante—. Ni siquiera es buena.
—¡Eres un ignorante! —gritó Brandon—. Esto es arte.
Regresó con una jarra y comenzó a servir en vasos pequeños. Lauro tomó uno por cortesía y al primer sorbo, todo volvió a él.
Hace casi diez años…
La fiesta era caótica, juvenil, con luces improvisadas y música mal ecualizada. Lauro estaba ahí solo porque Óscar lo había arrastrado.
—Vamos, amigo, deja de ser tan aburrido. Disfruta la fiesta.
—No conozco a nadie, esta fiesta no es mía. Tengo que estudiar.
—Diviértete, eres bueno con las chicas. Tal vez dejes de ser un virginal si no eres tan amargado.
Lauro empujó a Óscar, fastidiado.
Ya estaba por irse cuando escuchó un alboroto afuera. Un chico estaba gritando a una chica, tomándola del brazo con brusquedad. Otra chica se interpuso.
—¡Suéltala, imbécil!
Él la empujó y ella cayó, pero no dejó de gritar.
Lauro se acercó, sin impulso, por principios. Tomó al chico del hombro y lo estampó contra un coche. Lo neutralizó en segundos, tranquilo, sin esfuerzo.
Las amigas arrastraron a la chica adentro. Lauro lo soltó. El tipo lo encaró, pero terminó subiendo a su auto y marchándose.
Cora, sacudiéndose el polvo, se acercó.
—Gracias… de verdad. Te debo una.
—No fue nada.
Lauro la vio, de verdad. Hipnotizado por su sonrisa. Su vestido delgado, tirantes finos, escote cuadrado, cabello ligeramente esponjado por el calor y maquillaje ligero que resaltaba su belleza.
—¿Quieres un trago? —dijo Lauro, sorprendiéndose—. Especial. Solo mi familia conoce la receta, para agradecerte.
—Estoy por irme —murmuró.
—Está bien si no quieres.
Ella empezó a alejarse.
—Espera —dijo él—. Yo… quiero invitarte yo.
Ella lo miró, sorprendida. Sonrió y asintió. Regresaron juntos al interior.
Vuelta a la sala, al aroma del licor y las discusiones de sus cuñados.
—Tú le echas agua mineral, eso es trampa —acusó Dante.
—Y tú no maceras los cítricos —bufó Arturo.
—¿Puedo decir algo? —interrumpió Lauro—. Cora lo prepara mejor.
Todos giraron, burlones.
—¡Claro! Porque el amor te ciega —rió Brandon.
—¡Bajo! —rió Vania—. Pero cierto.
Lauro sonrió, levantó su vaso. Su mirada cruzó la de Cora. Ella también lo miraba, neutral, ocultando todo.
Habían compartido un recuerdo, una vida, un secreto en forma de bebida. Sin embargo, cada vez se sentían más como desconocidos.
Brandon y Dante discutían si añadir romero estaba permitido. Vania ya se había rendido con los tacones. Arturo volvía de llamadas sobre clientes imposibles. Todo funcionaba en ese caos armonioso que solo los Valencia podían crear.
Hasta que la puerta principal se abrió.
Arlet.
El aire cambió apenas, pero lo suficiente. Elegante, sonrisa medida, andar pausado, vestido justo, maquillaje perfecto. Parecía diseñada para descolocar.
Lauro lo notó de inmediato. Cora también.
—Qué gusto verte, Lauro —susurró Arlet, suavemente.
—Hola, Arlet —dijo él, voz plana, cortés. Rigidez, evitando reacción.
—Luces más tranquilo que antes. O simplemente más tú —añadió ella, ladeando la cabeza.
Cora, al borde del sillón, dejó el vaso. No dijo nada. Sus manos juntas sobre las rodillas, espalda recta.
Arlet no se acercó. No hacía falta. Todo era una danza calculada: el roce fingido, la mirada prolongada…
Lauro se apartó, llamado por sus cuñados.
—¡Lauro! ¡Ven a desempatar! —gritó Brandon—. ¿Romero o no?
Él fue. A veces es más fácil meterse en pelea absurda que quedarse en el fuego lento del pasado.
Cora miró a sus hermanos. Reían. Todos. Incluso su madre parecía cómoda. Lauro encajaba como si siempre hubiera sido uno de ellos.
—Ya me quiero ir —dijo, casi en voz baja.
Vania la miró, sorprendida.
—¿Tan pronto?
—Sí. Mañana tengo un caso temprano.
Arturo se acercó, pero antes de que Lauro reaccionara, Brandon lanzó una broma cruel:
—¡Oye, Lauro! La próxima vente solo. Cora arruina toda la diversión.
Dante rió, Vania le pegó a Brandon, todos riendo. Nadie lo dijo con maldad. Nadie lo sintió… excepto Cora.
Ella no respondió. Tomó su bolso con elegancia, sin esperar a Lauro. Ni un gesto, ni mirar atrás.
Salió como había entrado Arlet: sin prisa, silenciosa. Pero algo se rompió dentro.
Lauro se giró justo cuando cruzaba el umbral. Sin decir nada, la siguió en silencio.
La tensión en el auto se sentía pesada. Como dinamita mojada. No explotaba todavía, pero el aire ya olía a pólvora. No decían nada. No hacía falta. Bastaba un roce, una palabra, un suspiro más fuerte, y todo volaría. El chofer tragaba saliva. No sabía por qué. Tenía las manos sudorosas en el volante.
Cuando llegaron a la casa, el silencio dolía. El chofer ayudó a Cora a bajar. Ella ni lo miró. Caminó con los puños cerrados. Sus pasos eran secos. Como cuchilladas en la acera. Lauro bajó del auto despacio. Sin prisa, pero con el miedo de alguien que sabe que va al paredón. Caminó detrás de ella. Cada paso le dolía. Cada paso era pesado.
Al cruzar la puerta, sin cerrarla, llegó el primer golpe. No era físico, pero dolía igual.
—¡Bravo! —dijo Cora, girando sobre sus talones—. ¡Bravo, Lauro! ¡Apláudete! ¡Eres una obra maestra de la hipocresía!
Lauro parpadeó. Sabía que venía, pero no pudo esquivarlo.
—¿A qué te refieres ahora? —preguntó. Su voz estaba espesa. Como hablando a través de vidrio.
—¿Sabes qué me sorprende? —siguió ella, con una sonrisa torcida—. Lo bien que encajas. Con mi familia. Con todos. Como si fueras… el hombre perfecto.
Sus ojos brillaban. Tenían lágrimas que no caerían, pero dolían. Temblaban un poco, como si algo en ella estuviera por romperse.
—¿Y eso es un problema? —dijo Lauro, cruzándose de brazos—. ¿Te molesta que no haya hecho un escándalo?
—¡Me molesta que hayas fingido! —gritó Cora, avanzando hacia él—. Que parezcas cálido, atento, amable… cuando eres cruel. Lauro. Eres cruel.
—Otra vez con eso… —murmuró él, cansado.
—¡Claro que otra vez! —Explotó ella—. ¡¿Cuándo vamos a dejar de hablar de esto?! ¿Cuándo tú decides que ya no vale la pena sentir dolor?
Lauro intentó acercarse. Ella lo empujó.
—Cora…
—¡Ella estaba ahí! ¡Sentada ahí! —gritó, su voz como cuerda tensa—. ¡Y tú no hiciste nada! ¡Nada! Ni un paso, ni un gesto, ni un parpadeo que dijera que te dolía. ¿Sabes lo que sentí al verla contigo? Como si me arrancaran el pecho. Y tú… como si nada.
—No le hablé. No me acerqué —dijo él, firme, aunque con un nudo en la garganta.
—¡Exactamente! ¡Eso me destruye! ¡Me dejaste sola! Cargando todo este veneno. Como siempre. Como todo lo que me pasa contigo.
—¡Cora, por favor! —Lauro bajó la mirada, respirando hondo. Parpadeó lento, intentando calmar algo que ya estaba fuera de control—. Yo también vivo con esto. Me culpo todos los días. Todos los días. Pero ya no puedo. Esta rabia tuya… nos está matando.
—¿Y que Quieres que te aplauda? ¿Ahora quieres que te abrace por soportarme? —rió ella con sarcasmo y rota—. ¿Quieres que celebre que sigues aquí? ¡Que eres el mártir, mientras todos creen que yo soy la loca y tu, el pobrecito Lauro con la mujer difícil!
—¡No es eso!
—¡Claro que sí! —Ella lo empujó otra vez—. Te gusta la pose de víctima silenciosa. Pero tú también estás cómodo en esta guerra.
—Lo único que quiero es superar esto —dijo él, casi susurrando—.
—¡Yo no puedo! —gritó ella. Temblaba. Caminaba de un lado a otro—. ¡No puedo mirarte sin recordar lo que hiciste!
—¡Por favor, Cora! —intentó tocarle los hombros. Ella lo apartó—. Me humillé. Te pedí perdón. Ya no sé qué hacer. Me arrastras con tus silencios, con tus ausencias, con tus explosiones.
Ella lo miró fijo. El cuerpo temblando. La voz grave:
—No soy yo la que arrastra, tu solo te arrastras por algo que ya no tiene solución, TU eres que se arrastra detrás de una vida que destruyó. Eres patético.
Las palabras lo golpearon como látigo. Algo se rompió dentro de el, tal vez el orgullo o quizá en este punto la dignidad y explotó.
—¡¿Y tú crees que es fácil?! —gritó él, profundo, como trueno—. ¡¿Crees que no me mata estar aquí, escuchándote, cargando tu odio y mi culpa cada segundo?!
—¡No me grites! —chilló ella.
—¡No me empujes! —espetó él.
—¡No me provoques! —gritó ella—. ¡No te escondas detrás de tu fachada mientras yo… me quedo vacía!
—¡¿Y tú crees que yo no?! —aulló Lauro—. ¡¿Crees que sigo aquí por placer?!
—¡Sigues porque no soportas perder!
Era cuerto Lauro no soportaba no poder controlar todo, y talvez eso lo mantenía anclado.
—¡Y tú no soportas que ya no te tenga miedo!
—¡No te soporto, Lauro! —gritó ella—. ¡No te soporto!— Hizo una pausa en cada la palabra al final.
—¡Pues aguántate! —rugió él—. Porque aquí estás. Y aquí me tienes. Me tienes jodido, Cora.
El silencio que siguió fue brutal. Ambos respiraban como animales heridos. Ella lo miraba, con rímel corrido, labios temblando. Él apenas se movía, pero los puños cerrados traicionaban su tormenta.
—Soy estúpida por no irme —dijo ella, susurrando, cortante—. Pero no iba a dejarte ir tranquilo. No iba a dejar que fueras feliz mientras yo… me quedaba deshecha.
Lauro no se movió.
—Y si mi vida es miserable —continuó, temblando—, tú vas a ser miserable conmigo. Por que cuando nos casamos, hicimos una promesa, eñ las buenas y en las malas, y ahora te juro…. Que tambien el infierno.
Y lo entendió.
Ella no lo perdonaría. Ni lo dejaría ir.
—Te odio —dijo ella, dientes apretados, temblando.
Lauro la miró. Quiso decir lo mismo. Pero no lo hizo. Sería mentira. Y decirlo significaba rendirse.
Ella se giró. Caminó al fondo, sin mirar atrás. La puerta quedó abierta. Lauro quedó allí. Sentía el cuerpo aplastado, el alma más aún.
...****************...
El televisor llevaba más de una hora pausada en azul. Pero peor que eso era el silencio. Lauro estaba recordado sobre el sofa eñ una posición de derrota. No sabía si subir o quedarse. No sabía si dormir en la recámara de invitados o en la suya. No quería otra discusión. Ni sabía qué quería ella, aunque seguramente para ella cualquierr cosa estaría mal.
Se levantó del sofá. Fue directo a la cocina. Cada noche tenía su rutina: tres galletas con chispas de chocolate y un vaso de leche. Nunca más. Nunca menos. Hasta viajando, llevaba su propio paquete. Era algo que hacía desde niño.
Sacó el paquete. Solo quedaban tres. Sonrio, pero no tomó ninguna. Solo sirvió la leche y subió.
En la escalera se cruzaron. Ella bajabacon una mascarilla verde puesta en la cara, pants viejos y una playera olgada que era de Lauro. Ella no lo miro. Él siguió subiendo. Antes de entrar a su cuarto, se detuvo en el pasillo. Desde ahí, la cocina abierta le permitió verla.
Cora sacó un vaso, sirvió leche, buscó las galletas. Ella lo hacía desde que vivían juntos. Al principio, para acompañarlo. Después, fue su propia rutina. Lauro había notado que ella lodisfrutaba demasiado.
Se sentó, pierna arriba, como siempre. Sacó un libro que él le había regalado años atrás de Romance. Ella leía poco. Pero cuando algo le atrapaba, se perdía.
Y Lauro la vio sonreír.
No era sonrisa falsa. No irónica. No molesta.
Era auténtica, de disfrute, apenas una comisura elevándose.
Él casi apostó que tenía morusas de galleta en la mascarilla.
Se congeló. Hacía tanto que no la veía así. Tan suya.
Su pecho se tensó, algo crujió por dentro. Cerró los ojos y guardó el momento como frasco para días peores.
Sin hacer ruido, bajó la mirada. Caminó a la recámara de huéspedes. No se sintió con derecho a dormir junto a ella.
Se lavó la cara. Se echó en la cama. Apagó la luz.
Justo cuando cerraba los ojos, la escuchó. Cantaba para sentirse mejor después de la pelea.
Su voz llegaba tenue, clara como si la casa supiera que era un momento solo de ellos.
Y el recuerdo llegó.
Fiesta, música, vasos de plástico y luces que parpadeaban.
Lauro y Cora, conocidos a penas, se acercan a la mesa de bebidas.
—Prepárate —le dijo ella—. Vas a quedar fascinado.
—Ah, sí… yo juzgaré eso —respondió Lauro.
Ella se notaba incómoda, nerviosa osa de que el viera, pero le gustaba.
—Soy la mejor en mi familia —dijo—. Atesóralo. Solo lo hago por ti.
—Solo por ti lo atesoraría.
Ella rió bajito si sonrisa no se fue.
Le dio el vaso. Lauro probó. Sorprendido. Sabía bien.
—Sabe bien.
—Claro. No te daría algo que no sabe bien… al chico que me ayudó a patearle el trasero al ex imbecil de mi amiga. — Se recargó cora en la mesa.
Lauro sonrió con ese gesto qie se volvio solo para ella.
Alguien desde la sala gritó:
—¡Cora! ¡Canta una canción!
Ella negó.
—Muy temprano. Deben estar más ebrios.
— Vamos ponle ambiente a esto.
Accedió solo porque Lauro la miraba. Esa noche era suya.
Se subió a una silla. Conectó la canción. Vieja balada pop latino. No gran voz, pero actitud. Todos rieron, aplaudieron.
Lauro la vio embobado, incluso cuando chico se acercó y bailó con ellax
Ella bailaba. Señalaba al nada. Luego lo señaló a él:
—“Te lo dije, papacito, no sabías lo que perdías”.
Rieron todos. Él también. Pero no despegó la mirada.
Desde ese instante supo. Esa mujer le iba a partir la madre.
De vuelta al presente.
Lauro abrió los ojos. Techo oscuro su pecho dolía. No de tristeza. De memoria.
La voz de Cora seguía bajita, mientras terminaba la canción abajo.
Él no bajó. No abrió la puerta. No se acercó.
Sonrió escuchándo su melodiosa voz.
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