un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos
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IX. entre cedas y espinas
—¡Lyra! ¡Sal de ahí ahora mismo o juro que usaré a Vharok para derribar la puerta de tu cuarto! —grité, golpeando la madera tallada con una urgencia que rayaba en el pánico.
La puerta se abrió con un chirrido lento y mi hermana menor asomó la cabeza, con un cepillo de pelo en la mano y una expresión de victoria absoluta pintada en el rostro.
—Vaya, vaya... ¿quién es la que viene suplicando ahora? —se burló, abriendo la puerta de par en par—. La gran Tormenta de los Vaelkríass, la jinete que no teme a los dragones legendarios, tiene miedo de un simple baile de fin de noche.
Entré en su habitación como un torbellino, tirando de ella por el brazo hacia mi propio vestidor, que ahora parecía una zona de guerra tras mis intentos fallidos de encontrar algo "decente".
—Cállate, enana —mascullé, revolviendo un montón de túnicas de montar—. No es miedo, es... logística. No puedo presentarme en la Academia luciendo como si hubiera dormido en un nido de Wyverns, especialmente después de que Dravenkael tuviera la audacia de llamarme desaliñada en su carta. ¡Necesito algo que diga "soy una guerrera", pero que también le cierre esa boca de galán de taberna que tiene!
Lyra soltó una carcajada plateada y me empujó hacia el centro de la habitación, obligándome a soltar un jubón de cuero que apretaba contra mi pecho.
—¡Suelta eso! —exclamó, arrebatándome la prenda—. Hoy no vas a una cacería de orcos, Zhaeryntha. Vas a una fiesta. ¡Quieta! Déjame verte bien.
Me quedé rígida mientras ella daba vueltas a mi alrededor, tirando de mi cabello suelto y examinando mi postura con una seriedad que solo una chica de quince años obsesionada con la moda puede poseer. De repente, se lanzó hacia el fondo de mi armario y sacó un vestido que yo había olvidado por completo: una pieza de seda líquida de color azul medianoche, tan oscuro que parecía negro, con un escote que bajaba por la espalda imitando el rastro de una caída de estrellas.
—Pruébate este —ordenó, lanzándomelo a la cara—. Y ni se te ocurra decir que es demasiado "femenino". Tiene aberturas laterales para que puedas esconder tus dagas en los muslos, lo sé porque yo misma se las pedí a la costurera cuando te lo robé el mes pasado.
—¡Sabía que me faltaba algo! —le grité, pero empecé a desvestirme con rapidez mientras ella preparaba ungüentos y peines—. Lyra, necesito que el cabello no estorbe. Si ese idiota intenta hacerme girar en la pista, no quiero terminar asfixiándolo con mis mechones.
—Lo recogeremos en una trenza de combate invertida, con hilos de plata —decidió ella, saltando sobre mí para empezar a trabajar con una velocidad asombrosa—. Pero Zhaeryntha... ¿por qué tanto interés? ¿Es por el "Terror Negro" o por el "Terror de los Dravenkael"?
Le propiné un empujón juguetón que casi la hace caer del taburete, pero ella solo se rió más fuerte.
—Es por la dignidad de nuestra casa —mentí, sintiendo el frío de la seda azul resbalar por mi piel—. No dejaré que él crea que una Vaelkríass no sabe cómo manejar una noche de gala.
—Claro, claro... —murmuró Lyra mientras apretaba el corsé oculto del vestido, dejándome casi sin aire—. Pues prepárate, hermana. Porque con esto, Balerion será el segundo dragón más peligroso que Dravenkael tendrá que enfrentar esta noche. ¡Y deja de moverte, que te voy a picar un ojo con el delineador de kohl!
Forcejeamos durante una hora entre risas, tirones de pelo y críticas mordaces, hasta que finalmente me miré al espejo. No veía a la chica que escribía desesperadamente sobre leyendas, sino a una mujer que parecía hecha de noche y acero.
—Gracias, enana —susurré, dándole un apretón en el hombro.
—De nada, "Dama Desaliñada" —respondió ella con un guiño—. Ahora ve y enséñale a ese tonto lo que es un verdadero incendio.
Dravenkael:
Llevaba exactamente treinta y dos minutos apoyado contra una de las columnas de mármol de la entrada principal, tratando de que el frío de la noche me bajara los humos y el color de la cara. Me había esforzado, lo admito; vestía un jubón de seda gris tormenta con refuerzos de cuero negro y el emblema de los Dravenkael bordado en hilo de plata. Me sentía impecable, el epítome de la elegancia militar, hasta que los minutos empezaron a pasar y mi confianza empezó a flaquear.
—Te ha dejado plantado, Rhyx —le susurré a mi dragón, que descansaba en los jardines cercanos, bufando chispas de aburrimiento—. Es una Vaelkríass. Probablemente está en su biblioteca riéndose de mi nota.
Pero entonces, el sonido de unos cascos rítmicos y el batir de unas alas familiares silenciaron mis quejas. Vharok descendió como una sombra líquida, y cuando la figura que montaba saltó al suelo y caminó hacia la luz de las antorchas, sentí que el aire se negaba a entrar en mis pulmones. La boca se me secó al instante, como si hubiera tragado arena del desierto.
No era la chica del barro. No era la chica del pijama diminuto. Era una visión de muerte y belleza que me dejó completamente mudo.
Zhaeryntha vestía un **vestido de seda azul medianoche**, tan oscuro que por momentos parecía la piel de un dragón bajo la luna. La tela caía por su cuerpo con una fluidez insultante, revelando y ocultando a la vez la fuerza de sus piernas. El **escote en la espalda** era una declaración de guerra; una caída vertiginosa que dejaba ver la piel pálida de su columna, esa misma que yo había visto relajada esta mañana y que ahora estaba tensa y orgullosa.
Llevaba el cabello recogido en una **trenza de combate invertida**, tejida con hilos de plata que brillaban como pequeñas dagas bajo la luz. Sus ojos grises estaban marcados con un kohl oscuro que los hacía parecer dos pozos de mercurio, desafiantes y letales. Caminaba con una gracia que no era de bailarina, sino de depredadora, y cada vez que el vestido se abría un poco en los laterales, juraría haber visto el brillo del acero de una daga oculta en su muslo.
—Llegas tarde —logré articular, aunque mi voz sonó como si alguien estuviera lijando madera. Me enderecé, tratando de recuperar mi máscara de galán, pero mis manos temblaban un poco mientras me ajustaba los guantes.
—Te dije que no me esperaras, Dravenkael —respondió ella, deteniéndose a un paso de mí. El aroma a flores silvestres y acero me golpeó de lleno—. ¿Vas a seguir mirándome con esa cara de pez fuera del agua o vamos a entrar de una vez?
—Yo... solo estaba analizando si tu vestimenta cumple con el protocolo de la Academia —mentí descaradamente, sintiendo que el rojo tomate volvía a reclamar mis mejillas—. Parece que Lyra ha hecho milagros contigo.
Ella entrecerró los ojos y dio un paso más, invadiendo mi espacio personal.
—Si vuelves a mencionar a mi hermana o a mi aspecto, te juro que estrenaré las aberturas de este vestido clavándote algo en las costillas antes del primer brindis.
Tragué saliva, pero no pude evitar que una sonrisa estúpida se me escapara. Era ella. La misma mujer violenta e insoportable de siempre, pero envuelta en la noche más hermosa que había visto jamás.
—Después de ti, Tormenta —le dije, ofreciéndole el brazo con una inclinación exagerada.
Ella miró mi brazo como si fuera una serpiente venenosa, pero tras un segundo de duda, apoyó sus dedos sobre mi manga. El contacto fue leve, pero sentí una descarga eléctrica que casi me hace tropezar. Entramos al salón y el silencio cayó sobre la multitud como una losa. Sabía lo que todos pensaban: el fuego y el hielo acababan de entrar juntos, y lo más probable era que el edificio no sobreviviera a la noche.
Zhaeryntha:
Sentí el roce del aire frío del salón en mi espalda desnuda, una sensación de vulnerabilidad que detestaba, pero que Lyra había insistido en que era "elegante". Caminábamos con una sincronía forzada, mis dedos apenas rozando la tela de su jubón, cuando sentí que Kaelthoryn se tensaba a mi lado. Con un movimiento fluido y arrogante, se despojó de sus guantes de cuero, guardándolos en el bolsillo con una parsimonia que me puso alerta.
Antes de que pudiera reaccionar, sentí su mano cálida y firme deslizándose por el escote de mi espalda. No fue un toque accidental; sus dedos recorrieron la curva de mi columna con una lentitud deliberada hasta anclarse en mi cintura, apretando la seda azul contra mi piel.
Me detuve en seco, girando la cabeza lo justo para clavarlo con una mirada que gritaba *"eres un pervertido de mierda"* en todos los idiomas conocidos. Pero él no se inmutó. Al contrario, se inclinó hacia mi oído, dejando que su aliento rozara mi trenza de plata.
—No me mires así, Vaelkríass —susurró, y su voz tenía una nota de posesividad oscura que nunca le había escuchado—. Podrás decir que vienes porque quieres, que los mapas son tu prioridad y que yo no te importo... pero esta noche, bajo estas luces, todos los ojos de este salón están sobre ti. Y yo no comparto lo que considero mío.
—No soy tuya, Dravenkael —siseé, sintiendo un calor traidor trepar por mi cuello—. Suéltame antes de que use la daga que tengo en el muslo para enseñarte anatomía básica.
—Inténtalo —respondió él, apretando más el agarre, su mano reclamando el espacio de mi cintura como si fuera territorio conquistado—. Pero recuerda que yo te vi primero esta mañana, en la luz más pura. Eres mi tormenta, mi mujer, y me importa un bledo si mañana despertamos a Balerion; esta noche, nadie se va a acercar a menos de un metro de este vestido si yo no lo permito. Eres mi responsabilidad, Zhaeryntha. Entera.
No aguanté más sus delirios de propiedad. Con la precisión de una jinete de élite, le propiné un codazo seco y violento directamente en el abdomen. Escuché el *ungh* ahogado de su aire escapando de sus pulmones y sentí una satisfacción salvaje al ver cómo se doblaba ligeramente, aunque su mano no abandonó mi cintura del todo, solo se aflojó por el impacto.
—Vuelve a decir que soy tuya y el próximo golpe será más abajo, "galán" —le advertí, recuperando mi postura mientras el resto de los estudiantes nos observaban con una mezcla de envidia y terror—. Camina y cállate. Si quieres ser posesivo, sélo con tu dragón, que él al menos te aguanta las tonterías.
Él se recuperó, respirando con dificultad pero con esa sonrisa estúpida todavía bailando en sus labios, una chispa de triunfo brillando en sus ojos verdes.
—Te duele que tenga razón —masculló, acomodándose el jubón mientras seguíamos avanzando—. Pero pégame todo lo que quieras; al final de la noche, seguirás siendo tú la que no puede dejar de mirar hacia atrás para ver si te sigo.
—Solo miro atrás para asegurarme de que no te has vuelto a chocar con un árbol —repliqué, aunque mi corazón latía con una fuerza que amenazaba con romper el corsé.
Dravenkael:
Todavía sentía el rastro del codazo de Zhaeryntha en mis costillas —esa mujer tiene la fuerza de un trol de montaña cuando se lo propone—, pero no pensaba soltarla. El salón estaba lleno de buitres de la alta alcurnia y cadetes con hormonas disparadas que la miraban como si fuera el último oasis en el desierto.
—Suéltame, Dravenkael —siseó ella, intentando zafarse con un movimiento de hombro que casi hace que su tirante se deslice—. Mis compañeras están en la mesa del fondo y me deben una explicación sobre los suministros de ayer.
—Ni hablar —repliqué, tirando de ella con una suavidad firme, guiándola en dirección contraria—. Es por tu seguridad, Vaelkríass. Tus "compañeras" tienen la lengua más afilada que una daga y hoy estás... bueno, estás demasiado distraída con este vestido como para defenderte de sus chismes.
—¿Distraída? ¡La única distracción aquí eres tú y tu mano que parece haberse pegado a mi espalda con resina de pino! —reclamó, clavando los talones en el suelo de mármol.
—Vamos con mis amigos —insistí, señalando una mesa donde varios jinetes de mi escuadrón ya estaban levantando sus copas de hidromiel—. Ellos saben cuándo cerrar la boca y cuándo desenvainar si alguien te mira de más. Además, necesito que vean que sigo vivo después de que me estrellaras contra un árbol. Es una cuestión de honor.
—¡Me niego! —se plantó en seco, cruzándose de brazos, lo que hizo que el escote de su vestido se tensara de una forma que casi me hace olvidar cómo se habla—. No voy a sentarme con un grupo de brutos que solo saben hablar de las escamas de sus dragones y de cuántas jarras de cerveza pueden aguantar. Prefiero irme a dormir con los Wyverns.
—¡Son encantadores una vez que los conoces! —mentí descaradamente, mientras forcejeábamos en medio de la pista como si estuviéramos bailando un vals muy violento—. ¡Y son mis amigos!
—¡Exacto! Ese es el problema principal.
Nos quedamos allí, en medio del salón, ofreciendo un espectáculo de terquedad que ya empezaba a atraer demasiadas miradas. Ella me miraba con fuego en los ojos y yo le devolvía una sonrisa de suficiencia que sabía que la sacaba de quicio.
Entonces, mis ojos captaron un pequeño rincón en sombras, lejos de la música estridente y de los grupos de curiosos. Una mesa circular, pequeña, cubierta con un mantel de lino blanco y completamente vacía. Estaba justo al lado de un gran ventanal que daba a los jardines donde descansaban los dragones.
—Allí —dijimos ambos al unísono, señalando la mesa solitaria.
Nos miramos por un segundo, sorprendidos por la coincidencia. Zhaeryntha suavizó la expresión, aunque intentó disimularlo con un resoplido de fastidio.
—Bien. Pero si intentas pedir comida cara solo para presumir, te tiraré el vino encima —advirtió, caminando hacia la mesa antes de que yo pudiera decir otra palabra.
—Es un trato, Tormenta —respondí, siguiéndola de cerca y asegurándome de apartar la silla para ella con una elegancia que me ganó otro de sus bufidos—. Al menos allí nadie interrumpirá mis intentos de convencerte de que soy el mejor partido de toda la frontera.
—Sigue soñando, Dravenkael. Sigue soñando.
Nos sentamos, y por un momento, el caos del baile pareció desvanecerse. Éramos solo nosotros, el brillo de la plata en su trenza y la sombra de un dragón legendario que, por unos minutos, decidimos ignorar.