Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 4: El Contrato de Sangre
El sol no se atrevía a entrar del todo por las ventanas del apartamento. Elena estaba sentada frente a la mesa, con la mirada fija en el documento que le había quitado a Samael. A su lado, Maira analizaba cada línea con sus programas, mientras Valeria preparaba un café cargado, con los nudillos rojos de tanto darle al saco de boxeo para soltar la rabia.
—Lo encontré, pero esto es una pesadilla, Leni —susurró Maira—. La cláusula final no habla de plata. Habla de ti.
Elena sintió un frío amargo en la nuca.
—Léela de una vez, Maira. Sin filtros.
—"...en caso de fallecimiento del deudor, la deuda de protección se pagará con la unión de linajes. La descendiente quedará bajo la tutela legal de la casa Blackwood hasta que se cumpla el rito de unión con el heredero varón".
—¿Unión? ¿Tutela? —Valeria golpeó la mesa con furia—. ¡Eso es ser dueños de tu vida! Leni, nos vamos ya mismo del país. Yo tengo los pasaportes listos.
—Si nos vamos, nos cazan —dijo Elena con una calma que daba miedo—. Samael me dio la llave para que yo misma leyera mi destino. Él no quiere mi libertad, quiere que yo acepte que le pertenezco por ley.
De repente, el celular de Elena vibró. Era un video de un número privado. Al abrirlo, vieron a un informante de Maira amarrado a una silla en un almacén oscuro. Detrás de él, Silas limpiaba una navaja con una sonrisa de hiena.
—"Elena" —dijo Silas a la cámara—. "El patrón tiene mucha paciencia, pero yo no. Tienes una hora para llegar a la oficina central de la Fundación. Si no vienes, tus 'hermanitas' van a ser las próximas en el video".
—Es una trampa de Silas —dijo Maira asustada—. Samael no sabe que su perro se soltó... o tal vez lo dejó libre para presionarte.
—No voy a dejar que las toquen —Elena se puso de pie, le dio un beso en la frente a cada una con una ternura desgarradora y salió—. Si no vuelvo en tres horas, quemen todo y desaparezcan.
Elena entró al rascacielos de los Blackwood como una tormenta de fuego. Subió al último piso y abrió la oficina de Samael de un golpe. Él estaba de pie frente al ventanal, observando cómo la ciudad se iluminaba, con una copa de cristal en la mano.
—Tu perro tiene a mi gente, Samael —le gritó ella, tirando el contrato sobre el escritorio—. ¿Así es como piensas hacerme cumplir tu rito de unión? ¿Amenazando a lo único que amo?
Samael se giró lentamente. No se veía sorprendido, sino consumido por una furia interna. Caminó hacia ella con esa elegancia depredadora y la acorraló contra el cristal frío, a cientos de metros de altura.
—Silas está siguiendo órdenes de mi madre, Lady Morgana. Ella quiere que el contrato se firme esta noche para "limpiar" el apellido —susurró él, pegando su cuerpo al de ella hasta que Elena pudo sentir la dureza de sus músculos—. Pero yo no quiero un papel firmado, Elena. Yo quiero que tu cuerpo me reconozca como el único que puede dominar este odio que nos tenemos.
Samael la besó con una pasión salvaje, una mezcla de hambre y posesividad que la dejó sin aliento. Sus manos grandes bajaron por su espalda, apretando sus glúteos con una fuerza que la elevó del suelo, obligándola a enredar sus piernas en su cintura. Elena soltó un gemido que fue ahogado por la lengua de Samael, que exploraba su boca con una urgencia violenta.
Él la bajó al suelo, sobre la alfombra de seda negra, sin dejar de comer sus labios. Samael se liberó de su camisa con impaciencia, dejando ver su pecho ancho y marcado, y se situó entre las piernas de Elena. Sus manos, expertas en la dominación, recorrieron los muslos de ella con una presión que dejaba marcas, subiendo hasta encontrar su intimidad, que ya estaba empapada y palpitante por la adrenalina y el deseo.
Elena arqueó la espalda, enterrando las uñas en los hombros de Samael, mientras él la penetraba de una sola embestida, profunda y potente, que la hizo ver estrellas. Fue un acto de posesión total; cada movimiento de Samael era una declaración de mando. Él la sujetaba por las caderas, Marcando un paso rápido y sin descanso, buscando que ella perdiera el sentido de quién era. Elena le devolvía el ritmo con un hambre desesperada, rodeando su cintura con las piernas para sentirlo más adentro, queriendo consumirlo mientras él la reclamaba.
Los gemidos de Elena se volvieron gritos contenidos en el hombro de él, mientras Samael le mordía el lóbulo de la oreja, susurrándole palabras posesivas que solo aumentaban el fuego. El placer era una guerra, un estallido de sensaciones que los dejó a ambos vacíos y temblando en el suelo de esa oficina de cristal, donde el poder y el deseo se habían vuelto la misma cosa.
Justo cuando Elena intentaba recuperar el aire, todavía aferrada al cuerpo de Samael, la puerta del despacho se abrió con una lentitud aterradora.
—Qué escena tan ordinaria y predecible —dijo una voz de mujer, cortante como el hielo.
Samael se levantó en un segundo, protegiendo a Elena con su cuerpo mientras ella se ajustaba la ropa a toda prisa. En la puerta estaba Lady Morgana Blackwood, con su cabello blanco impecable y una mirada que no conocía la piedad. A su lado, Silas apuntaba con un arma directamente al pecho de Elena.
—Samael, deja de jugar con esa mujer —ordenó Morgana—. El contrato dice que la unión debe sellarse hoy. Si no es por rito, será por sangre. Silas, termina con esto de una vez.
Samael sacó su propia arma, apuntando a Silas entre los ojos.
—Tócala, Silas, y te juro que no vas a quedar vivo para ver el amanecer. Madre, retira a tu perro o esta oficina se va a teñir de rojo.
Elena, con la piel todavía ardiendo por el contacto de Samael, se dio cuenta de que la guerra no era contra Samael, sino contra el linaje que ambos compartían sin querer.