Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 3: El Umbral del Cuervo
Bajo la luna llena, la mansión Blackwood parecía una tumba de mármol, fría y arrogante. Elena, vestida toda de negro, sentía el peso de la llave antigua en su bolsillo como si fuera un pedazo de carbón prendido. En su oído, el susurro de la tecnología era lo único que la amarraba a la realidad.
—Las cámaras del ala norte están repitiendo la misma grabación, Leni. Tienes exactamente seis minutos antes de que el sistema se dé cuenta de que algo raro pasa —La voz de Maira era un susurro helado y directo.
—Yo estoy en el muro de atrás —intervino Valeria, con una voz cargada de una protección absoluta—. Silas y sus perros están dando vueltas por el jardín sur. Si escuchas mi silbido, saltas por la ventana sin pensar. Yo te atajo.
Elena entró por el balcón de la oficina privada del viejo Blackwood. El aire olía a guardado y a ese rastro de tabaco que Samael también solía fumar. La llave giró en la cerradura con un "clic" que sonó como un disparo.
Adentro, la oficina era un nido de secretos. Elena fue directo al escritorio de roble y, en un doble fondo del cajón, encontró un sobre sellado con cera roja. Al abrirlo, el corazón se le detuvo: era un contrato de intercambio. Su padre no había vendido las tierras; las había entregado para que los Blackwood protegieran la vida de Elena.
—¿Papá? —susurró ella, con las lágrimas nublándole la vista. Su padre había entregado su alma al diablo para salvarla.
—¿Ya encontraste lo que buscabas, mi pequeña ladrona?
Elena saltó del susto, escondiendo el sobre tras su espalda. En la puerta, escondido en las sombras, estaba Samael. Llevaba una camisa blanca medio desabrochada y el pelo revuelto. Se veía más humano, y por eso mismo, mucho más peligroso.
Samael dio pasos hacia ella, obligándola a retroceder hasta que Elena sintió el borde del escritorio en sus piernas.
—Dame el sobre, Elena —ordenó él. Su voz era una orden que no aceptaba un "no".
—¿Tú lo sabías? —le gritó ella, con el odio y el dolor peleándose por el control—. ¿Sabías que mi papá se vendió a tu familia para que no me mataran?
Samael la acorraló, poniendo las manos sobre el escritorio y encerrándola en el espacio de su cuerpo. Le agarró la cara con las manos, acariciándole los pómulos con una mezcla de dominación y una fascinación que quemaba.
—Te di la llave porque quería que supieras que no soy tu enemigo en este misterio —le susurró, acercándose tanto que sus labios rozaban los de ella—. Eres la única parte del legado de mi padre que de verdad quiero conservar.
La beso, ese beso estalló como una bomba de tiempo. Fue un acto de amor salvaje, nacido de la rabia acumulada. Samael la reclamó con una ferocidad que le quitó el aliento, y Elena, en vez de echarse atrás, le devolvió el beso con la desesperación de quien encuentra agua en el desierto. Él la alzó con una fuerza bruta y la sentó sobre el escritorio de caoba, barriendo de un solo golpe los papeles y objetos que estorbaba, el estallido de los vidrios solo sirvió para acelerar el momento.
Samael se metió entre sus piernas, abriéndolas con sus manos mientras sus labios bajaban al cuello de Elena. Ella soltó un gemido ronco cuando sintió que él mordía la piel suave de su hombro, marcándola como suya. Elena le arrancó los primeros botones de la camisa, necesitando sentir el calor de su pecho contra el suyo. Sus dedos se clavaron en la espalda de Samael, dibujando marcas de desesperación mientras él bajaba el cierre de su traje negro con una destreza que la hacía temblar.
La mano de Samael subió por el muslo de Elena, quemando su piel, hasta encontrar la humedad que ella ya no podía esconder. Él soltó un gruñido de satisfacción, una nota de dominación pura al sentir cómo ella respondía a su toque. Sus dedos se movían con un ritmo rápido y agresivo, sacándole gemidos que Elena intentaba ahogar contra el hombro de él.
Sin previo aviso, Samael se deshizo de su propio pantalón y la penetró de una sola embestida, profunda y posesiva. Elena arqueó la espalda, apretando las piernas alrededor de su cintura y echando la cabeza hacia atrás mientras el placer la golpeaba como una ola. Era una necesidad física, hambrienta y sin control. Cada movimiento de Samael era un recordatorio de quién mandaba, de quién era el dueño de ese momento. Él la sujetó por las muñecas contra el escritorio, mirándola fijo a los ojos mientras se movía dentro de ella con un ritmo salvaje, buscando quebrantar su última pizca de resistencia.
Elena se entregó al fuego, respondiendo a cada estocada con una furia igual, sintiendo cómo el odio y el deseo se mezclaba en algo que ya no tenía nombre. El clímax los alcanzó en medio de esa oficina llena de pecados anti, un estallido que los dejó a ambos vacíos y temblando, unidos por un pacto de sangre y sudor que ninguno de los dos podía romper.
Un rato después, cuando ya la respiración se les había calmado, Samael se apartó. Su mirada volvió a ser la de siempre: fría y calculadora.
—Vete ya. Silas está que se pierde y no voy a poder pararlo si te encuentra aquí. Quédate con el contrato. Úsalo para odiarme o para entenderme.
Elena salió por la ventana con el corazón en la mano. Cuando tocó el suelo, Valeria salió de entre los arbustos y la abrazó con una fuerza protectora.
—Vámonos de aquí ya mismo —dijo Val, viéndole la ropa arrugada y el fuego que traía en los ojos.
Ya metidas en la camioneta, Elena se desmoronó en el regazo de Maira. La ternura de sus hermanas era el único remedio para la tormenta que sentía por dentro. El misterio se ponía más pesado: si Samael no causó el incendio, ¿quién fue?