En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
NovelToon tiene autorización de yangmi_pushia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Tinta y posesión
La ciudad de noche parecía una red de venas eléctricas, y Fah se sentía como la sangre que corría por ellas: rápida, peligrosa y vital.
Los informes sobre su "desaparición" y su antigua vida en el instituto se sentían ahora como un sueño borroso de otra persona. Para ella, el mundo comenzó en aquel puente y se consolidó en el pecho de Dará.
Dará no la llevó a un estudio de tatuajes convencional. El lugar era un ático privado, oculto tras una fachada de galería de arte, donde un maestro artesano del Irezumi esperaba solo para ellas.
El ambiente olía a incienso de sándalo y tinta fresca. El maestro, un hombre de manos firmes y mirada sabia, hizo una reverencia ante Dará, pero sus ojos se detuvieron con respeto en Fah. Ella ya no era la chica asustadiza; ahora proyectaba una presencia que exigía ser reconocida.
Fah se despojó de su chaqueta y su camisa, quedando solo en un top de seda negra. Bajo la luz cálida, las marcas que Dará le había dejado —el chupetón en el cuello y las huellas bajo la clavícula— seguían allí, desafiantes.
—Quiero que el diseño nazca de esas marcas —ordenó Dará, trazando con su dedo la piel de Fah—. Que la tinta las rodee, las proteja y las haga eternas.
El maestro comenzó a trabajar. Fah decidió ignorar el dolor punzante de la aguja, usándolo como un ancla para quedarse en el presente. Cada trazo de tinta negra sobre su piel era un clavo más en el ataúd de su pasado. Ya no le importaba si el mundo la creía muerta o desaparecida; ella estaba naciendo de nuevo, bajo el diseño de su dueña.
El diseño comenzó a tomar forma: una intrincada corona de espinas que nacía en la base de su nuca, bajaba por la columna y se extendía hacia su hombro herido, envolviendo la cicatriz de la sicaria como si fuera parte de un arte macabro. En medio de las espinas, rosas negras parecían florecer justo donde Dará solía morderla.
—¿Te duele? —preguntó Dará, sentándose frente a ella, ofreciéndole su mano para que la apretara.
—El dolor es real —respondió Fah, apretando los dedos de Dará con fuerza—, y eso es lo que me gusta. Me recuerda que estoy viva, que estoy aquí contigo. El pasado era un vacío, esto es... sólido.
Horas más tarde, la sesión terminó. Fah se miró en el espejo de cuerpo completo. Los nuevos tatuajes le daban un aire de realeza oscura; era una obra maestra de la mafia, un arma decorada con la voluntad de la Reina.
Dará se acercó por detrás, rodeando su cintura y apoyando la barbilla en su hombro, justo al lado de la nueva tinta.
—Ahora, ni siquiera si quisieras podrías volver a ser esa chica del instituto, Fah —susurró Dará al espejo—. Tu piel cuenta una historia de poder, de sangre y de pertenencia. Eres mi Gran Ejecutora, y ahora llevas mi uniforme grabado en los huesos.
Fah se giró en sus brazos, ignorando el ardor de la piel recién tatuada.
—No quiero volver, Dará. No hay nada allí para mí. Mi pasado murió en el agua de aquel puente. Mi presente eres tú, y mi futuro es el que tú decidas escribir en mi piel.
Esa noche, la villa se sintió más silenciosa que nunca, pero no era un silencio de soledad, sino de una paz absoluta entre dos depredadoras que finalmente habían encontrado su lugar en el mundo.