Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
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Capítulo 23: La paz que no lo es
Viollet
La luz del sol filtrándose entre las telas de la tienda me despertó con una suavidad que contrastaba con el dolor punzante en mi brazo. Parpadeé, confundida, y durante un instante no supe dónde estaba. El olor a sangre seca y a hierbas medicinales me lo recordó: el campamento. La batalla. Grecia.
Cerré los ojos y la imagen de mi hermana cayendo al suelo con la daga clavada en el costado volvió a mí como un fogonazo. Su rostro, sus ojos grises abiertos de par en par, la sangre brotando de sus labios mientras susurraba mi nombre.
—Duquesa —la voz de Lars me arrancó de la pesadilla—. El duque ha llegado. Está fuera, preguntando por usted.
—Dile que pase —respondí, incorporándome con esfuerzo. El brazo vendado me dolía, pero no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho.
Rubén entró en la tienda como una tormenta. Su armadura estaba abollada y manchada de sangre, su cabello oscuro enmarañado, y en sus ojos grises vi algo que nunca había visto: miedo.
—Viollet —dijo, arrodillándose a mi lado y tomándome el rostro entre sus manos—. Me dijeron que estabas herida.
—Solo un corte —respondí, y mi voz sonó más frágil de lo que quería—. Nada grave.
—Lars me dijo que Grecia…
—Está muerta. Yo la maté.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de todas las palabras que no hacían falta decir. Rubén me miró largo rato, y luego, sin decir nada, me atrajo hacia él y me abrazó con una fuerza que me robó el aliento.
—Lo siento —susurró contra mi cabello.
—No lo sientas. Ella eligió su camino.
—Pero tú tuviste que ejecutarlo.
—Alguien tenía que hacerlo.
Me aparté apenas para mirarlo a los ojos. En los suyos vi el cansancio de un hombre que ha luchado demasiado, pero también algo más: alivio.
—Aldric —dije—. ¿Qué pasó con Aldric?
—Está preso. Lo entregaré al rey. La guerra ha terminado.
—¿De verdad? —pregunté, y mi voz se quebró—. ¿De verdad ha terminado?
Rubén asintió, y en sus labios se dibujó una sonrisa cansada.
—De verdad. Ahora solo queda recoger los pedazos.
—¿Y los pedazos son muchos?
—Demasiados. Pero los recogeremos juntos.
Lo besé, y el beso fue salado por las lágrimas que no sabía que estaba derramando. Sus brazos me rodearon con una ternura que contrastaba con la dureza de su armadura, y por un momento, el dolor desapareció.
—Te amo —dije contra sus labios.
—Te amo más —respondió.
—Empate.
—Empate.
Sonreí, y por primera vez en días, la sonrisa fue real.
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Rubén
Pasamos la noche en el campamento, aunque la batalla había terminado. Los heridos necesitaban descansar antes de emprender la marcha de regreso a la capital, y yo necesitaba estar a solas con Viollet.
Su brazo estaba vendado, pero se movía con soltura. La herida, según el médico, no había tocado el hueso ni las venas principales. Sanaría en unas semanas, dejando una cicatriz que se sumaría a las muchas que ya tenía.
—¿Te duele? —pregunté, mientras la ayudaba a desabrocharse la chaqueta.
—Un poco —admitió—. Pero no es nada.
—Deja que te mire.
Le retiré la chaqueta con cuidado, y la venda blanca brilló bajo la luz de las velas. La piel alrededor estaba amoratada, pero no había sangre fresca. El médico había hecho un buen trabajo.
—Eres terrible —dijo Viollet, con una sonrisa que no lograba ocultar su cansancio.
—¿Por qué?
—Porque me miras como si fuera a romperme.
—No vas a romperte. Eres más fuerte que yo.
—Eso no es cierto.
—Es cierto. Yo solo sé pelear. Tú sabes vivir.
Viollet enmudeció. Me miró con esos ojos violetas que habían visto la muerte y la habían desafiado, y luego, lentamente, se deslizó sobre mis piernas hasta quedar sentada a horcajadas sobre mí.
—Entonces enséñame a pelear —dijo, desabrochando mi camisa con dedos que temblaban apenas—. Y yo te enseñaré a vivir.
—Trato hecho.
La besé, y el beso fue profundo, urgente, como si el mundo se fuera a acabar si nos deteníamos. Sus manos recorrían mi pecho, mis hombros, mis brazos, y yo respondía con la misma intensidad, desnudándola con una lentitud que era una caricia en sí misma.
Cuando por fin estuvimos desnudos, con nuestras pieles pegadas y nuestras respiraciones entremezcladas, me detuve para mirarla. El cabello blanco desparramado sobre la almohada, los labios hinchados por los besos, los ojos brillantes de deseo y de algo más.
—Te quiero —dije, y las palabras salieron solas, sin pensarlas.
—Te quiero más —respondió.
—Eso es imposible.
—Entonces déjame demostrártelo.
Se incorporó sobre mí, y yo la dejé hacer. Sus caderas se movían con un ritmo que me volvía loco, y yo la sostenía por la cintura, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba y se relajaba al compás de nuestros gemidos.
—Rubén —jadeó, con la cabeza echada hacia atrás—. No pares.
—No pienso hacerlo.
Llegamos juntos, y el mundo se incendió a nuestro alrededor. No hubo guerra, no hubo muerte, no hubo Grecia. Solo nosotros dos, fundidos en uno solo, respirando el mismo aire, latiendo al mismo ritmo.
Después, nos quedamos abrazados, con el sudor secándose en nuestra piel y las sábanas enredadas en nuestros pies.
—¿Crees que algún día todo esto termine? —preguntó Viollet, con la mejilla apoyada en mi pecho.
—Ya ha terminado —respondí—. La guerra, quiero decir.
—No me refiero a la guerra. Me refiero a la pena.
—La pena no termina. Solo aprendes a vivir con ella.
—¿Y tú has aprendido?
—Sí. Cuando te conocí.
Viollet alzó la cabeza y me miró. En sus ojos violetas vi las lágrimas que no había derramado.
—Yo también —dijo—. Cuando te conocí.
La besé, y el beso fue suave, casi un roce, pero en él había una promesa más profunda que cualquier palabra.
—Duerme —dije, acariciando su cabello—. Mañana será un día largo.
—¿Tú también dormirás?
—Sí. Contigo.
Cerró los ojos, y en pocos minutos su respiración se acompasó en el ritmo lento del sueño. Yo me quedé despierto un rato más, mirándola, sintiendo el peso de su cuerpo contra el mío.
La guerra había terminado. Aldric estaba preso. Grecia, muerta.
Pero algo me decía que la paz no sería tan fácil.
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Viollet
Regresamos a Giosem tres días después, con el sol brillando en lo alto y las campanas de la catedral repicando nuestra victoria.
La multitud nos vitoreaba desde las calles, lanzando flores y gritando nuestros nombres. Rubén cabalgaba a mi lado con la cabeza alta y la mirada fija en el horizonte, pero yo sabía que no veía a la gente. Veía a los hombres que había perdido. Veía la sangre derramada. Veía el precio de la victoria.
El rey nos recibió en la gran escalinata, con el rostro grave y las manos entrelazadas a la espalda.
—Duque Dubrey. Duquesa Dubrey. —Su voz resonó en el patio de armas—. Me han dicho que la guerra ha terminado.
—La guerra ha terminado, majestad —respondió Rubén, desmontando de su caballo—. Aldric está preso. Grecia, muerta.
El rey asintió, pero sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Y la carta? —preguntó en voz baja, para que solo yo lo oyera—. ¿La que encontró Grecia en la fortaleza?
—Está en mi poder —respondí, desmontando también—. La he leído.
—¿Y ahora qué piensa hacer?
—Por ahora, nada. La guerra ha terminado. No quiero empezar otra.
El rey me miró largo rato. Luego, lentamente, asintió.
—Eres más sabia que yo —dijo—. Siempre lo has sido.
—No soy sabia, majestad. Solo estoy cansada.
—El cansancio también es una forma de sabiduría.
No supe qué responder. Me limité a hacer una reverencia y a seguir a Rubén hacia el interior del palacio, mientras la multitud seguía vitoreando a nuestras espaldas.
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Rubén
El consejo de guerra duró hasta bien entrada la noche.
Aldric fue condenado a cadena perpetua en las mazmorras del palacio, a la espera de un rescate que nunca llegaría. Sus hombres, los que habían sobrevivido, fueron desarmados y devueltos a sus tierras con la advertencia de que cualquier intento de rebelión sería castigado con la muerte.
—¿Y los nobles que lo apoyaron? —pregunté al rey, cuando el último de los prisioneros fue escoltado fuera de la sala.
—Serán juzgados. Uno por uno. Sin piedad.
—¿Sin piedad? —el rey arqueó una ceja—. Usted no suele ser tan cruel, duque.
—La crueldad es a veces necesaria, majestad. Para que los demás aprendan.
El rey me miró largo rato. Luego, con un suspiro, se dejó caer en su trono.
—Está bien. Que así sea. Pero quiero que usted supervise los juicios.
—Yo no soy juez, majestad.
—Usted es la espada de la justicia. Eso es más que un juez.
Apreté la mandíbula, pero asentí. No tenía fuerzas para discutir.
Cuando salí del consejo, Viollet me esperaba en el pasillo, con el brazo vendado y la mirada perdida.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien.
—Mientes.
—Un poco.
—Cuéntame.
—El rey quiere que juzgue a los nobles que apoyaron a Aldric. Uno por uno.
—¿Y tú qué quieres?
—Quiero irme a casa. A la finca de los acantilados. Contigo.
Viollet sonrió, y esa sonrisa borró por un instante la fatiga de sus ojos.
—Entonces vámonos —dijo—. Mañana. Al amanecer.
—¿Mañana?
—Mañana. No puedo esperar más.
La tomé de la mano y la apreté.
—Está bien. Mañana.
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Viollet
Esa noche, mientras los sirvientes preparaban nuestros baúles para el viaje, Rubén y yo nos sentamos junto a la ventana de nuestros aposentos y miramos las estrellas.
—¿Crees que algún día volveremos? —pregunté.
—¿A Giosem? Espero que no.
—Yo también. Pero algo me dice que esto no ha terminado.
—¿El qué?
—No lo sé. Grecia está muerta. Aldric, preso. Los nobles, juzgados. Pero aún hay algo. Algo que no encaja.
—¿La carta de tu padre?
—No. La carta de mi madre. La que habla de mi verdadero origen.
Rubén se volvió hacia mí.
—¿Y qué dice?
—Que soy hija del rey. Hermana de Emilio Rosen. Eso significa que tengo derecho al trono.
—¿Y quieres el trono?
—No. Pero puede que otros lo quieran por mí.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de implicaciones que no necesitaban ser dichas.
—Esa carta —dijo Rubén—. ¿Dónde está?
—En un lugar seguro. Solo yo sé dónde.
—¿Y el rey?
—El rey sabe que la tengo. Pero no sabe lo que dice.
—¿Y si la reclama?
—Entonces tendré que decidir si se la doy o no.
—¿Y qué decidirás?
—No lo sé aún.
Rubén me tomó la mano y la apretó.
—Sea lo que sea, estaré a tu lado.
—Lo sé —respondí, apoyando la cabeza en su hombro—. Por eso te amo.
—También te amo.
Y en el silencio de la noche, con las estrellas brillando sobre nuestras cabezas, supe que la paz que habíamos ganado era frágil, tan frágil como un castillo de naipes.
Pero mientras estuviéramos juntos, podría sostenerlo.
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰