Una vez más Thiago (Rayo) tendrá que enfrentar a sus amigos, pero está vez su estrategia será otra,.
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Volver a sus raíces.
—¡No, no me debes nada! Jamás te cobraría nada, menos tu vida, ¡anoche! —dijo Aurora mientras inclinaba la cabeza y dejaba caer sus lágrimas. No es que sea llorona, es que lo que sucedió fue algo inesperado para ella. Fue invitada a la celebración, y por supuesto le hizo un regalo, pero no pudo dárselo, pudo más las ganas de querer salvar al chico.
—¿Te hice daño? ¿Fui muy grosero? ¿Perdí mi caballerosidad? —preguntó Alberto, poniéndose de cuclillas frente a ella.
—No, no lo hiciste… bueno, no físicamente, pero sí me mataste por dentro. Me llamaste Mariana todo el tiempo… —respondió con dolor.
Por un instante, Alberto no supo qué hacer ni qué decir.
—Lo lamento, sé que nada justifica que no estuviera en mis cabales. No lo voy a negar, me gusta Mariana desde hace mucho tiempo, pero creo que la perdí. Anoche ella nos vio, por eso salí del auto. Eso sí lo recordaba a la perfección.
—Alberto, por mí no te preocupes. Ve por ella, intenta arreglar las cosas. Eres el hijo del famoso Rayo, para ti esto no es más que un tropiezo. Yo me quedaré aquí. Te juro que nadie sabrá que esto pasó. Si ella me pregunta, negaré todo, me mantendré firme en que nada pasó entre nosotros—dijo Aurora con franqueza.
Alberto sintió un punzante dolor al escucharla, como si las lágrimas de Aurora se clavaran en su pecho.
—¿Estás segura? —preguntó él, poniéndose de pie y dándole un beso en la cabeza. Luego se marchó y la dejó en el hotel.
Al subir al auto comenzó a llamar a su amigo, a quien le costó contestar. Cuando finalmente lo hizo, lo puso al tanto de todo.
Ambos acordaron verse en el departamento y luego fueron en busca de Pedro, hasta descubrir que se había ido tras Mariana.
Fue lo que les contó el compañero de cuarto de Pedro, quien además informó que el hombre había hecho una cita con el padre de Mariana Larios y que en Nueva York planeaban comprometerse.
Alberto, que había aprendido muy bien de su querido y amado padre, no se quedó con esa versión y contactó a otras personas que confirmaron que, después de la fiesta, Pedro y Mariana se fueron tomados de la mano y que ella había aceptado su compromiso. ¿Lo haría por despecho?
Por lo tanto, Alberto decidió volver a sus raíces, aunque no dijo nada a nadie. Por suerte, Osvaldo costearía los tres vuelos de regreso.
Alberto no tuvo el corazón para dejar a Aurora, pues esa mañana se dio cuenta que él fue el primer hombre en la vida de ella.
Por ahora no sabe qué hacer con ella. Pensará con más claridad cuando calme su ira y su corazón vuelva a sentir paz.
En Francia quedan algunas personas que se prestaron a ese sucio juego, y por eso teme que Aurora pueda sufrir las consecuencias. Tal vez, como su padre, tiene un don para presentir el peligro.
Durante el vuelo, Aurora estuvo distante con Alberto; no quería asfixiarlo. Dicen que cuando uno ama de verdad, solo busca la felicidad del otro. Ella fue capaz de decirle que fuera a buscar la suya con Mariana, pero Alberto no la dejó.
Pese a ello, mantiene distancia y una lucha interna, protegiendo su corazón, que ahora llora en silencio.
—¿Quieres algo de beber? ¿Agua o gaseosa? —Alberto se preocupó al verla rechazar el almuerzo.
—Agua está bien —respondió ella, mirando hacia la ventana. No se atrevió a verlo de frente.
Alberto la miró con culpa. ¿Era realmente eso lo que sentía?
De inmediato, llamó a la azafata y pidió un plato de sopa. Cuando se la llevaron, la puso delante de Aurora.
—¡Señorita Medina! No deje que se enfríe —pidió Alberto, que se mostraba pasivo durante el vuelo. Solo podía esperar llegar a Estados Unidos para actuar.
—En verdad no tengo hambre —respondió Aurora, sin mirarlo.
—No me importa si tienes hambre o no. Comes porque tienes que hacerlo, y si no… —Alberto perdió la poca paciencia que le quedaba.
En otro asiento, Osvaldo volteó y al ver a ambos pensó:
—Alberto nunca ha reaccionado así con nadie. Parece que esta chica será su talón de Aquiles.
Su mirada era profunda, la misma que el gran héroe que murió por proteger a Rayo había tenido. Al igual que Javier, este joven es fiel y leal a quienes lo han ayudado. Novato, pero con lealtad hacia Rayo y los suyos.
Desde la muerte de Javier, Thiago se convirtió en padrino de Osvaldo, quien ahora tiene un lugar especial entre los protegidos del hombre de la máscara. Criado junto a Alberto, goza de los mismos privilegios y comodidades. Tiene 19 años, pero es un chico de principios.
—¡Alberto! —de pronto, un mensaje llegó al teléfono de Osvaldo, sacándolo de sus pensamientos.
—¿Sucede algo? —Alberto dejó de forcejear con la chica y cuchara, y centró la atención en Osvaldo.
—Creo que tu padre ya lo sabe todo —dijo Osvaldo con voz temblorosa.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Alberto, paralizado.
—Es un mensaje de Efraín. Está indagando sobre el asunto —contestó Osvaldo.
—¡Que Dios me agarre confesado! —fue lo único que dijo el menor de los Beach.
Mientras tanto, en Nueva York, Thiago se encontraba en el laboratorio, realizando las últimas pruebas de la vascular muscular.
En su rostro se reflejaba la satisfacción por su gran éxito.
—Kenneth, ¿puedes ayudarme con esto? —le entregó la nueva creación a su yerno. Solo a su yerno podía confiarle su nueva creación.
—¡WOW! —Kenneth nunca lo había visto tan emocionado. Pero era una válvula que salvaría muchas vidas.
Rayo había estado retirado un año, pero, como era de esperarse, no pudo estar lejos por mucho tiempo.