"A veces, el final de un matrimonio es solo el prólogo de tu verdadera historia de amor."
A sus 40 años, Elena creía tener la vida perfecta: un matrimonio sólido de dos décadas y una posición social envidiable. Todo se derrumba la noche en que descubre que su esposo, el frío y calculador Julián, no solo le es infiel, sino que planea dejarla en la ruina para iniciar una nueva vida.
Humillada y al borde del abismo, Elena decide que no será la víctima de esta historia. En su camino hacia la libertad, aparece Gabriel, un hombre mucho más joven, audaz y peligrosamente encantador, que ve en Elena la pasión y el fuego que Julián intentó apagar durante años.
Mientras Elena orquesta su venganza contra el hombre que la traicionó, deberá enfrentar sus propios prejuicios: ¿Es demasiado tarde para volver a amar? ¿O es este el momento perfecto para descubrir quién es ella realmente?
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capitulo 20
El contacto de su mano en mi mejilla me hace estremecer. No es la caricia posesiva a la que estaba acostumbrada. Es un toque ligero, casi reverente. Por un segundo, el tiempo se detiene. El olor a pintura y el polvo que flota en los rayos de luz de la tarde crean una atmósfera irreal.
—Gracias por estar aquí —le digo en un susurro—. No sé si habría tenido el valor de hacer esto sola.
—Lo habrías hecho. Quizá más despacio, pero lo habrías hecho. Yo solo soy el que tiene la suerte de estar cerca para verlo.
Dejamos de lado las fotos y nos sentamos en el suelo, rodeados de carpetas con los documentos que rescatamos anoche. Mi mente vuelve a la estrategia. El Arco 2 no es solo sobre ropa y fotos; es sobre el control del espacio.
—Esta noche volveré a la casa —anuncio—. Pero no voy a entrar a escondidas. Voy a entrar por la puerta principal, con estas bolsas y con esta cara.
—¿Estás segura? Julián debe de estar furioso por lo de las cuentas.
—Ese es el punto. Quiero que su furia choque contra mi indiferencia. No hay nada que destruya más a un hombre como él que darse cuenta de que ya no tiene el poder de hacerte llorar.
Llego a la mansión al atardecer. La casa está iluminada, pero se siente hueca. Entro con paso firme, haciendo que mis tacones resuenen en el mármol del recibidor. Julián está en el salón, con un vaso de cristal en la mano y el televisor encendido en un canal de noticias financieras. Cuando me ve entrar, se levanta tan rápido que casi tira la bebida.
Se queda mudo. Sus ojos recorren mi ropa de cuero, mi pelo corto, las bolsas de las boutiques de lujo que llevo en las manos. Su rostro pasa por una serie de emociones: confusión, deseo involuntario, y finalmente, una rabia sorda.
—¿Qué demonios te has hecho? —pregunta, con la voz pastosa—. Pareces una... ni siquiera sé qué pareces. ¿Y de dónde has sacado el dinero para esas bolsas? He bloqueado todas tus tarjetas adicionales.
—De mi cuenta personal, Julián —le digo, dejando las bolsas sobre el sofá de diseño que él tanto ama—. Esa que olvidaste que existía porque siempre diste por hecho que yo no tenía nada propio. Y sobre lo que parezco... parezco una mujer que ya no tiene que vestirse para complacer a un hombre que no la merece.
Él camina hacia mí, tratando de usar su altura para intimidarme, pero no retrocedo. Me mantengo firme, sosteniéndole la mirada con una calma que lo descoloca.
—Has perdido la cabeza, Elena. El cáncer se te ha subido al cerebro. Mañana mismo voy a llamar a un psiquiatra. No voy a permitir que destruyas mi reputación andando por ahí vestida como una cualquiera y gastando dinero que no tenemos mientras las cuentas de la empresa están bajo investigación.
—Hazlo, Julián. Llama a quien quieras. Pero mientras esperas al psiquiatra, puedes empezar a acostumbrarte a esto. A partir de hoy, ya no hay cenas calientes esperándote. No hay ropa planchada. No hay una esposa silenciosa que asiente a tus mentiras. He tirado toda la ropa que me compraste al contenedor de basura de la esquina. Si quieres ver el vestido que llevé a la gala del año pasado, puedes ir a buscarlo entre los restos de comida.
Él levanta la mano, en un gesto instintivo de agresión, pero se detiene en seco al ver que ni siquiera parpadeo.
—Atrévete —le reto—. Ponme una mano encima y el video de las cámaras de seguridad que Gabriel está monitoreando en remoto ahora mismo irá directamente a la policía y a la prensa. Ya no tienes el control de las grabaciones, Julián. Cambié el acceso al servidor esta mañana.
Él baja el brazo, temblando de una furia impotente. Es la primera vez en nueve años que lo veo verdaderamente pequeño.
—¿Quién es ese tal Gabriel? —sisea—. ¿Tu amante? ¿El niño que te saca fotos para que te sientas joven?
—Es el hombre que me escucha, Julián. Algo que tú nunca supiste hacer. Y ahora, si me disculpas, voy a subir a mi habitación. No me molestes. He tenido un día largo recuperando mi vida.
Subo las escaleras sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Escucho cómo arroja el vaso contra la pared del salón. El sonido del cristal rompiéndose es música para mis oídos. Es el sonido de su mundo desmoronándose.
Entro en el vestidor. Está vacío, excepto por las pocas prendas nuevas que he traído. El espacio que antes ocupaban los trajes de seda y los abrigos de piel ahora es un eco de mi partida. Me siento en el suelo, en medio del vestidor vacío, y respiro hondo.
El aire todavía huele a la loción de Julián, pero ya no me asfixia.
Saco el teléfono y llamo a Gabriel.
—Estoy en casa —le digo cuando responde—. Ha sido... perfecto. Ver su cara cuando se dio cuenta de que ya no puede tocarme ni con palabras ha sido mejor que cualquier medicina.
—Ten cuidado, Elena —dice él, con una voz cargada de preocupación—. Los hombres como él son más peligrosos cuando se dan cuenta de que han perdido el juego.
—No te preocupes. El juego apenas está empezando. Y esta vez, yo soy la que tiene los dados.
Cuelgo y me quedo mirando el techo. Sé que Rebeca está en la habitación de al lado, probablemente escuchando tras la puerta, preguntándose cómo la mujer a la que creía haber derrotado se ha convertido en alguien tan imponente. Mañana será otro día de batalla. Mañana tendré que lidiar con los abogados, con el acoso de Julián y con las sombras de mi propio cuerpo.
Pero esta noche, por primera vez en mucho tiempo, no me siento como una paciente. No me siento como una víctima.
Me levanto, me quito la chaqueta de cuero y me miro en el espejo de cuerpo entero. La piel nueva me sienta bien. La transformación física es solo el reflejo de algo mucho más profundo que se está gestando en mi interior. Julián cree que este cambio es una rabieta, una fase de negación ante la muerte. No tiene idea de que es todo lo contrario.
Es el despertar de alguien que finalmente ha comprendido que la vida no se cuenta en años, sino en los momentos en los que tienes el valor de ser tú misma, sin importar el precio.
Me acuesto en la cama, sola, escuchando los gritos amortiguados de Julián en la planta baja. Me quedo dormida con una sonrisa en los labios, soñando con lienzos en blanco, con el olor de la sal y con un futuro que ya no tiene nombre de esposo, sino mi propio nombre escrito con letras de fuego.