1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
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Capítulo 1: Jaque Mate al Corazón
La justicia en Nueva York no es ciega; es simplemente una cortesana que se vende al mejor postor, y yo me había propuesto ser la única que no aceptara sus monedas de oro. Me llamo Bianca Moretti, y mi vida se ha convertido en una cruzada personal para demostrar que el apellido no debería ser un escudo contra la ley. Pero cuando te enfrentas a un monstruo, el riesgo no es solo perder la batalla, sino que el monstruo decida que eres un juguete interesante.
Esa mañana, el tribunal del distrito sur de Manhattan se sentía como una olla a presión. El aire estaba cargado de ozono y del perfume caro de abogados que cobraban mil dólares la hora. En el centro de todo, sentado con una elegancia depredadora que hacía que el resto de los hombres en la sala parecieran sombras borrosas, estaba él: Julian Draven.
No me miraba. No hacía falta. Su presencia era una fuerza gravitacional que tiraba de cada nervio de mi cuerpo. Draven no era solo el heredero de un imperio de logística y transporte; era el arquitecto de un inframundo que la policía no se atrevía a tocar. Se decía que los Sterling y los Vane eran los rostros públicos de la élite, pero los Draven eran los dueños de las venas por donde corría la sangre sucia de la ciudad.
—Señoría —dije, mi voz resonando con una firmeza que ocultaba el temblor de mis manos bajo el estrado—, las pruebas son concluyentes. La empresa de logística de mi cliente fue absorbida mediante tácticas de extorsión y violencia que apuntan directamente a la oficina principal de Julian Draven. No estamos hablando de una fusión agresiva, sino de un asalto criminal.
Julian finalmente giró la cabeza. Sus ojos eran del color del acero fundido, fríos y letales. Una comisura de sus labios se elevó apenas un milímetro, un gesto que en cualquier otro hombre sería una sonrisa, pero en él era una declaración de guerra.
El juez, un hombre que probablemente tenía su hipoteca pagada por una de las empresas fantasma de Draven, carraspeó con incomodidad.
—Señorita Moretti, ha presentado testimonios, no documentos firmados. En este tribunal nos basamos en hechos, no en... suposiciones apasionadas. Caso desestimado.
El martillazo final cayó como un disparo en mi pecho. La sala se llenó de murmullos. Vi a mi cliente, un hombre de sesenta años que lo había perdido todo, derrumbarse en su silla. Sentí una náusea profunda, un asco por el sistema y por el hombre que lo controlaba con un simple movimiento de cejas.
Julian se levantó sin prisa. Sus guardaespaldas se movieron al unísono, formando un cordón de seguridad que parecía innecesario; nadie en esa sala tenía el valor de acercarse a él. Excepto yo.
Lo intercepté en el pasillo de mármol, fuera de la sala. El eco de mis tacones contra el suelo era el único sonido que se atrevía a desafiar su paso.
—Draven —le llamé.
Él se detuvo. Sus hombres se tensaron, pero Julian levantó una mano, una señal muda para que retrocedieran. Se giró hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Era más alto de lo que recordaba, y su aroma —una mezcla de sándalo, cuero y algo metálico— me mareó por un segundo.
—Señorita Moretti —su voz era un barítono profundo, suave como el terciopelo y afilado como una navaja—. Sus dotes teatrales han mejorado, pero sigue perdiendo el tiempo con causas perdidas. La justicia es un concepto romántico, y usted es una mujer demasiado inteligente para ser tan sentimental.
—No es sentimiento, Julian. Es decencia. Algo que obviamente no puedes comprar ni con todos tus diamantes de sangre.
Su mirada se endureció por un instante ante la mención de los diamantes. Fue un desliz casi imperceptible, pero yo lo vi. Sabía que le había dado donde le dolía. Recientemente, un cargamento masivo de diamantes en bruto había desaparecido de sus almacenes en Amberes, y se rumoreaba que el mercado negro estaba en vilo.
—Cuidado con lo que dice, Bianca —murmuró, inclinándose hacia mí. Su aliento rozó mi oreja, enviando un escalofrío que nada tenía que ver con el miedo—. Las acusaciones sin pruebas en este pasillo pueden ser mucho más peligrosas que las que lanza dentro de la sala.
—¿Es una amenaza? —le pregunté, clavando mis ojos en los suyos.
—Es una advertencia. Usted se ha convertido en un estorbo persistente. Y yo tengo la costumbre de eliminar los estorbos, o de someterlos hasta que dejan de ser molestos.
Me tomó de la barbilla con una brusquedad que me obligó a mirarlo. Sus dedos estaban calientes, un contraste violento con la frialdad de su expresión. Por un momento, el mundo a nuestro alrededor desapareció. No había fotógrafos, ni abogados, ni guardias. Solo estábamos nosotros dos, dos enemigos naturales atrapados en una danza de odio y una atracción prohibida que ambos nos negábamos a reconocer.
—Tú no puedes someterme, Julian —dije, mi voz apenas un susurro cargado de desafío—. No soy una de tus empresas. No tengo precio.
—Todo tiene un precio, Bianca. El tuyo es simplemente más alto porque te gusta jugar a la mártir. Pero llegará el día en que me pidas que te someta, porque la libertad en tu mundo es mucho más pesada que la cadena en el mío.