Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 17 La única que sabe
Martina Moreno era la hermana menor de Dominga, la madre de Sabina. Había nacido cuando sus padres ya eran viejos, y quedó huérfana antes de los quince años.
Se casó joven, tuvo una hija, y la perdió a los dos años por una fiebre que nadie supo curar. Su esposo murió poco después, arrastrado por una crecida del río.
Desde entonces, Martina vivía sola en una pequeña finca en las afueras de la capital, donde criaba gallinas, vendía huevos y bordaba manteles que luego vendía en el mercado. Nunca había vuelto a casarse. Nunca había vuelto a tener hijos.
Por eso, cuando Sabina nació, Martina la adoptó con el corazón.
La visitaba cada vez que podía, le llevaba dulces, la llevaba a pasear al río. Era la única de la familia que la miraba con amor verdadero, sin condiciones ni segundas intenciones.
Y también era la única que sospechaba la verdad.
No sabía todos los detalles. Sabina nunca se los había contado. Pero Martina era inteligente, observadora. Había visto a Anselmo Roca mirar a su hija de una forma que no era natural.
Había notado cómo Sabina se encogía cuando él se acercaba.
Había escuchado los llantos nocturnos, los silencios culpables de Dominga.
Cuando Anselmo murió en el hospital, Martina fue la primera en hablar.
—Si alguien acusa a mi sobrina de algo —dijo frente a todos los hermanos Roca—, va a tenerme a mí enfrente. Y yo soy más vieja y más terca que todos ustedes juntos.
Nadie se atrevió a contradecirla. Los hermanos varones sabían que Martina tenía influencia en el pueblo, que los jueces la respetaban, que los abogados le debían favores.
Y además, no les convenía escarbar en los huesos de su padre.
Cuando Sabina apareció con Abel, diciendo que era su hermano pequeño huérfano, Martina no preguntó nada. Solo la miró a los ojos, asintió y dijo: "Cuídalo mucho, mi niña. Los niños son sagrados".
Sabina supo entonces que su tía lo sabía. No necesitaba decirlo. Estaba en sus ojos, en la forma en que acariciaba el cabello de Abel, en la manera en que siempre se refería a él como "el tesoro de esta casa".
Esa noche, en la cocina, Martina confirmó lo que Sabina ya intuía.
*_*
Doña Alicia se había ido a dormir después de que Sabina le vendara las heridas.
La cocina quedó vacía, con la lumbre del fogón ardiendo baja y el olor a café recién hecho flotando en el aire.
Martina se sentó en el taburete que solía usar la cocinera, y Sabina se quedó de pie, apoyada en la mesa.
—Cuéntame —dijo Martina—. Todo. Sin mentiras.
Sabina bajó la mirada. Frente a su tía, la armadura se le caía a pedazos.
—Mercedes quiere a Abel —dijo—. No por cariño. Por las tierras.
—Ya lo sé. Las tierras de su padre, las que están a nombre de Anselmo. Según la ley, solo un hijo varón puede heredarlas.
Y como los hermanos varones que tienes son unos inútiles que ya firmaron su renuncia a cambio de dinero, Mercedes cree que si tiene a Abel —al ser hijo de Anselmo— podrá reclamarlas ella.
—Pero Abel no es hijo... —Sabina se detuvo. Tragó saliva—. Abel es hijo de mi padre.
Martina la miró largamente. No aclaró, no hurgó en el dolor. No hizo falta.
—Lo sé, mi niña —dijo suavemente—. Lo he sabido desde que lo trajiste a este mundo.
El silencio se extendió entre ellas. El fuego crepitaba, las sombras bailaban en las paredes.
—¿Cuánto hace que lo sabes? —preguntó Sabina, con voz apenas audible.
—Desde el día que nació. Era un niño demasiado triste para su edad. Antes, cuando tu madre dejó de hablar de repente, y tú apareciste con ese bebé en brazos... No soy tonta, Sabina. Siempre presentí lo que tu padre te hizo. Me di cuenta que tu madre te falló. Y vi cómo te vengaste.
Sabina cerró los ojos. Las lágrimas no venían. Hacía años que había olvidado cómo llorar.
—No me juzgas —dijo, más como una afirmación que como una pregunta.
—¿Juzgarte? —Martina se levantó y fue hacia ella, tomándole las manos entre las suyas, ásperas y cálidas—. Tú eras una niña. Doce años. Él era un monstruo. Tu madre una cobarde. Tú hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir. Y luego protegiste a tu hijo como cualquier madre protegería al suyo.
—Pero le corté la lengua…
—Y a mí me parece que tu madre merecía algo peor. Por no creerte. Por no protegerte. Por dejarte sola con ese hombre.
Sabina abrió los ojos y miró a su tía. No había reproche en su rostro. Solo amor. Un amor cansado, arrugado, pero inmenso.
—¿Qué hago, tía? —preguntó, y por primera vez en años, su voz tembló—. Mercedes no se rendirá. Tiene dinero, tiene abogados. Y yo... yo solo tengo un secreto que, si se descubre, me puede costar la vida.
—No estás sola —respondió Martina—. Estoy yo. Y ese muchacho, el sobrino de tu difunto esposo, el que está durmiendo en la caballeriza.
—¿Ernesto? Él no es mi aliado. Vino a quitarme la herencia.
Martina sonrió. Era una sonrisa astuta, de vieja zorra que ha visto mucho mundo.
—¿Segura? Porque las noticias vuelan, mi niña. Y todo el pueblo dice que el sobrino de los Montenegro no se baja de tu carreta. Que te sigue como perro fiel. Que te mira como si fueras la única mujer en el mundo.
Sabina negó con la cabeza.
—Eso son chismes.
—Los chismes siempre tienen un poco de verdad. Y ese muchacho, por lo que he visto, tiene los ojos limpios. No es como los otros.
—No confío en él.
—No tienes que confiar. Pero sí puedes usarlo. Los hombres son útiles para eso, entre otras cosas.
Sabina esbozó una sonrisa pese a sí misma.
—Eres una vieja bruja, tía.
—Bruja, sí. Vieja, también. Pero bruja de las buenas. Las que protegen a los suyos.
Martina soltó las manos de Sabina y fue a la canasta que había dejado en el suelo. Sacó un frasco de vidrio, una bolsa de hierbas secas y un atado de velas.
—Esto es para ti —dijo—. Té de tila para dormir. Manzanilla para los nervios. Y una vela que bendijo el padre Miguel. No porque crea en esas cosas, sino porque no está de más tener a Dios de tu lado.
Sabina tomó los objetos con gratitud.
—Gracias, tía. Por venir. Por quedarte.
—Me quedo todo el tiempo que haga falta. Y si Mercedes vuelve, me va a encontrar a mí primero. Y créeme que yo no disparo a los pies. Yo disparo donde duele.
Se rieron. Un poco. Un poco nomás. Porque la noche era larga y los problemas no se iban a resolver con risas.
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