En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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La muerte
La villa en la Costa Azul era un paraíso de mármol blanco y buganvillas que caían hacia el mar. Pero mientras el sol se ponía sobre el Mediterráneo, dentro de la casa, la realidad de la antigua vida de Fah se filtraba a través de la pantalla de una tableta.
Dará estaba sentada en un diván de seda, observando un noticiero internacional. En la pantalla, una foto borrosa de Fah —de cuando aún era la chica invisible del instituto, con el rostro cansado y los hombros hundidos— aparecía junto a un titular impactante:
"Misterio en el Instituto: A seis meses de la desaparición de la joven Fah, las autoridades locales cierran el caso bajo la presunción de fallecimiento."
Fah se acercó, vestida con una bata de seda negra que Dará le había regalado. Se detuvo en seco al ver su propia imagen en las noticias. Escuchar que el mundo que la humilló ahora la daba por muerta le provocó una sensación extraña: una mezcla de náuseas y una libertad aterradora.
—Mírate —dijo Dará, su voz era un susurro que cortaba el aire—. Dicen que estás muerta, Fah.
Dicen que no eres más que un expediente cerrado en una oficina llena de polvo.
Fah se arrodilló a los pies de Dará, buscando el contacto de su mano.
—Para ellos, la chica que era... sí está muerta. Esa chica murió en el puente el día que me encontraste.
Dará dejó la tableta a un lado y tomó el mentón de Fah, obligándola a mirarla. La luz de la luna entraba por los ventanales, iluminando las marcas que Dará le había dejado la noche anterior; el chupetón en su cuello y las huellas bajo su clavícula eran ahora más visibles que nunca contra la seda blanca de la villa.
—Tienes razón —murmuró Dará, sus ojos brillando con una posesión renovada—. Es irónico. Lloran a una muerta mientras yo tengo aquí a una diosa de la guerra. Mientras ellos buscan un cadáver, yo tengo a la mujer que ha purgado mi ciudad y ha cazado al Escorpión en Mónaco.
Dará se puso de pie, tirando de Fah para que se levantara también. La llevó frente a un enorme espejo de marco dorado que dominaba la estancia.
—Mírate en este espejo, mascota. Dime qué ves. ¿Ves a la desaparecida que anuncian en las noticias? ¿O ves a la mujer que lleva mi marca grabada en la piel y el acero en las manos?
Fah observó su reflejo. Sus ojos ya no tenían rastro de miedo. El wolf cut le daba un aire rebelde y elegante, y las marcas de Dará en su cuello eran como joyas que reclamaban su existencia.
—Veo a alguien que finalmente pertenece a algún lugar —respondió Fah, su voz firme—. Veo a tu sombra.
Dará sonrió, una sonrisa cargada de una sensualidad peligrosa. Tomó una botella de champán helado y sirvió dos copas, pero en lugar de beber, vertió un poco del líquido sobre los hombros de Fah, dejando que las gotas recorrieran el camino de las marcas que ella misma había creado.
—Entonces celebremos tu muerte, Fah.
Celebremos que ya no le perteneces al mundo de los mediocres, ni a esa escuela, ni a nadie que no sea yo. Esta noche, en esta villa, quiero que olvides quién eras. Solo quiero que sientas quién eres ahora bajo mis manos.
Dará la atrajo hacia sí en un beso abrasador, un beso que sabía a victoria y a un nuevo comienzo.
El hecho de que el mundo la creyera muerta solo hacía que el reclamo de Dará fuera más absoluto. Fah se deshizo en sus brazos, entregándose a la intensidad de una noche donde la "desaparecida" se encontraba a sí misma en la posesión de su dueña.