Renace en un nuevo mundo con magia y demostrará que ya nadie va a subestimarla..
* Está novela es parte de un mundo mágico *
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Carta 1
Tres días después, la habitación ya no se sentía como una sala de despedidas, sino como un lugar de vigilancia constante… y de esperanza contenida.
Otis tenía una rutina.
No era una rutina normal, ni mucho menos la de un recién nacido sano, pero era su rutina, y eso lo cambiaba todo. Tracy había memorizado cada hora, cada reacción, cada pequeño sonido que hacía al respirar. Su cuerpo diminuto parecía haber aprendido, poco a poco, qué se esperaba de él.
Comía en horarios regulares.
Dormía en intervalos cortos.
Y, lo más importante, despertaba.
Cada toma seguía siendo un momento de tensión. Tracy sostenía el biberón con la misma concentración con la que un soldado sostiene un arma antes de la batalla. Contaba los tragos, observaba el color de sus labios, la velocidad de su respiración, el mínimo temblor de sus dedos.
Bebía más que antes.
No mucho. Pero suficiente.
Las complicaciones que los primeros días aparecían a cada hora comenzaron a espaciarse. Ya no se ahogaba con la misma facilidad. Su pecho no se hundía de manera tan alarmante al respirar. Incluso, en ocasiones, sus dedos se cerraban alrededor del borde de la manta, como si ese gesto instintivo fuera una declaración silenciosa de resistencia.
Aun así, Tracy no se permitía relajarse.
Su mayor miedo seguía intacto.
Sabía que bebés como Otis podían irse en silencio. Sin aviso. Sin lucha. Simplemente… no despertar. Ese pensamiento la acompañaba cada vez que cerraba los ojos, cada vez que se sentaba junto a la cuna durante la madrugada, observando el movimiento casi imperceptible de su pecho.
Por eso nunca lo dejaban solo.
Siempre había alguien allí. Tracy, la duquesa Cora, una doncella instruida con precisión casi militar. Ojos atentos. Manos listas. Oídos afinados al más leve cambio en el aire.
Tracy pasaba largas horas sentada, con una mano cerca del bebé, no tocándolo siempre, pero lo suficientemente próxima como para sentir que podía reaccionar a tiempo.
[No te vayas mientras duermes… Quédate un poco más. Solo un día más.]
Y, como si Otis escuchara esas súplicas silenciosas, el bebé seguía allí.
Pequeño. Frágil. Aún en peligro.
Pero distinto.
Había una leve mejora que ya no podían negar. Una fuerza incipiente, casi invisible, que comenzaba a habitar su cuerpo. No era una victoria, ni mucho menos el final de la lucha… pero era un avance real.
Tracy lo miró una noche, mientras dormía, y por primera vez no sintió únicamente miedo.
Sintió esperanza.
Y se prometió, una vez más, que no lo soltaría. No todavía.
Una semana después, cuando la rutina de Otis ya era casi un reloj frágil pero constante, Tracy recibió una carta.
El sello del templo estaba intacto. Demasiado intacto.
La abrió de pie, junto a la ventana, y a medida que leía, sus dedos comenzaron a temblar. No de cansancio. De furia.
Las palabras eran frías, duras, escritas con la autoridad de quienes nunca habían pasado una noche en vela temiendo que un bebé dejara de respirar.
Le exigían que regresara.
Le recordaban que no era una niñera.
Le dejaban claro que sabían que ya no se encontraba en la mansión Evenson.. que si no estaba trabajando para el duque Evenson que regresara..
[seguramente creen que el duque no les pagara, malditos viejos]
Tracy arrugó la carta con fuerza.
—Viejos de mierda… —murmuró entre dientes.
Fue directa a buscar a la duquesa.
Cora leyó la carta en silencio. Su expresión amable se fue endureciendo línea por línea, hasta que alzó la vista con los ojos encendidos.
—¿Así que el templo decide cuándo un niño puede vivir? —dijo con voz peligrosa.
Tracy negó con la cabeza, aún conteniéndose.
—Otis está mejor… pero no está fuera de peligro. Si me voy ahora, puede…
Cora no dudó ni un segundo.
—Entonces no te irás.
Tomó la carta, la dobló con cuidado excesivo.. ese tipo de cuidado que precede a una tormenta.. y se levantó.
—Ven conmigo.
Tracy la acompañó hasta la oficina donde el duque Jason bebía una copa de vino junto a Oliver. El ambiente estaba cargado de un silencio denso, ese que solo existe entre hombres que han perdido demasiado y no saben cómo decirlo.
Cuando Cora habló, no levantó la voz.
No lo necesitaba.
Le explicó todo. La carta. La exigencia del templo. El estado real de Otis. Y finalmente, con una firmeza absoluta..
—Quiero que hagas lo necesario para que Tracy se quede.
Jason dejó la copa sobre la mesa con un gesto lento. Miró a Tracy apenas un instante… y luego a su esposa.
—Haré lo que tú me digas.
No hubo discusión. No hubo preguntas.
Cora sonrió, satisfecha, y se giró hacia Tracy.
—Regresaré a la mansión.. Estoy muy enojada.
Jason se levantó de inmediato.
—Te acompaño.
Cora salió primero. Jason la siguió con una sonrisa peligrosa, cargada de algo intenso, casi feroz. Tracy caminó detrás, fingiendo una atención exagerada en un tapiz de la pared, como si fuera lo más interesante del mundo.
También fingió no escuchar.
—Me encanta cuando te enojas —dijo Jason, con una voz baja y cargada de pasión.
Tracy apretó los labios para no reír.
[Definitivamente… ella manda.]
Mientras el sonido de sus pasos se alejaba por el pasillo, Tracy respiró hondo. El templo podía reclamar, exigir, juzgar.
Pero allí, en ese ducado, había alguien más poderoso que ellos.
Y por primera vez desde que llegó a ese mundo, Tracy sintió que no estaba sola en su elección.
Otis dormiría esa noche con ella cerca.
Y eso, para Tracy, lo era todo.