NovelToon NovelToon
El Panadero De Los Días Felices

El Panadero De Los Días Felices

Status: En proceso
Genre:Aventura / Familia mágica / Mundo mágico
Popularitas:28
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Hay un pueblo donde la tristeza se deshace como mantequilla al sol.
Su secreto está en el horno de Horacio.

Horacio no hace pan para alimentar el cuerpo. Horacio hornea sonrisas. Su receta es un conjuro de infancia: harina de trigo sonriente, levadura de paciencia y un puñado de luz de luna. Pero una mañana, la luz de luna se apaga. Sin ella, el pan pierde su magia y el pueblo comienza a volverse gris, olvidando cómo se ríe.

Alba, una niña de nueve años que ve lo invisible con su lupa, descubre el secreto de Horacio. Juntos emprenderán un viaje hacia la legendaria Cumbre del Amanecer Eterno, donde se guarda la Receta Original del Pan de la Alegría.

Porque cuando el mundo se descolora, solo un niño y un viejo panadero pueden recordirnos que cada vez que sonríes sin motivo, es que alguien, en algún lugar, está horneando un pan feliz.

Una novela sobre recetas heredadas, amistades inesperadas y la magia que esconde un simple bocado.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12 El invierno de los frascos llenos

El invierno llegó al pueblo envuelto en mantas de nieve y olores a canela.

Las casas de colores pastel se vistieron de blanco en los tejados, como si alguien les hubiera espolvoreado azúcar glass. Las calles empedradas crujían bajo los pies de los vecinos, que caminaban más aprisa que en verano, con las mejillas rosadas y el aliento convertido en pequeñas nubes.

La panadería Los Días Felices se había convertido en el corazón del pueblo. No solo porque allí se horneaba el pan más delicioso durante kilómetros a la redonda, sino porque Horacio había instalado una estufa de leña en medio de la tienda, y los vecinos se sentaban alrededor con sus tazas de chocolate caliente mientras el pan se doraba en el horno.

—Este invierno es diferente —dijo doña Clara una tarde, arropada en una manta de lana que había tejido ella misma—. Huele a felicidad.

—Huele a leña y a pan —corrigió don Eliseo, que siempre fue más terrenal—. Pero sí, hay algo distinto. Como si el aire pesara menos.

Alba, que estaba sentada en el suelo con su lupa, miró a su alrededor. A través del cristal mágico, vio lo que los demás no podían ver: pequeños hilos dorados que conectaban a los vecinos entre sí, como si fueran las hebras de una gran tela invisible. Cada vez que alguien reía, un hilo nuevo nacía. Cada vez que alguien compartía un trozo de pan, los hilos se volvían más gruesos.

—El pueblo está aprendiendo a quererse —dijo en voz baja, para que solo Horacio la oyera.

El panadero, que estaba amasando una nueva hogaza, levantó la vista y sonrió.

—Eso es más importante que la receta —respondió—. La receta hace pan feliz. Pero el cariño hace personas felices. Y las personas felices, aunque no tengan pan, siempre encuentran cómo sonreír.

---

Una semana antes de Nochebuena, Horacio anunció que iba a enseñar a los niños del pueblo a guardar risas en frascos.

—¿Guardar risas? —preguntó Rita, la más pequeña, con los ojos como platos—. ¿Las risas se pueden guardar?

—Las risas —respondió Horacio, sacando una caja de frascos de vidrio vacíos— son como la luz de luna: parecen que se van, pero si las atrapas en el momento justo, se quedan contigo para siempre.

Los niños se sentaron en círculo alrededor de la estufa. Había ocho: Rita, Mateo, Julia, los gemelos Tomás y Teresa, Lucas, Sofía, y Alba, que aunque ya se sentía mayor para estas cosas, no habría faltado por nada del mundo.

Horacio repartió un frasco a cada niño. Eran frascos pequeños, de esos que habían contenido mermelada o pepinillos, pero vacíos y relucientes como ojos recién abiertos.

—Para guardar una risa —explicó—, primero tienes que encontrar una. No vale cualquier risa. Tiene que ser una risa de verdad. De esas que salen sin avisar, que te retumban en la panza y se te escapan por la boca como un pájaro contento.

—¿Y cómo la metemos en el frasco? —preguntó Mateo, que era un niño práctico y desconfiaba de todo lo que no se pudiera tocar.

—Muy sencillo —dijo Horacio—. Cuando oigas una risa así, destapas el frasco muy rápido y la atrapas. Luego lo cierras con fuerza. Y ya está. La risa se queda dentro.

—¿Para siempre? —preguntó Sofía.

—Para siempre —confirmó Horacio—. O hasta que la necesites. Porque los frascos de risas tienen una magia especial: si algún día estás triste, abres uno, y la risa sale volando y te recuerda cómo se hace.

Los niños se miraron entre ellos. Parecía un juego. Parecía una tontería. Pero Alba, que ya conocía la magia de verdad, asintió con solemnidad.

—Funciona —dijo—. Yo he visto los frascos de Horacio. Tiene uno con la risa de la panadera. Y otro con la carcajada del zapatero. Y uno vacío con mi nombre.

—¿Y se oyen? —preguntó Teresa, una de las gemelas.

—Si acercas el oído —dijo Horacio—, se oyen. Pero no con el oído de fuera. Con el oído de dentro.

Los niños pasaron la tarde intentando atrapar risas. Al principio fue difícil, porque estaban demasiado concentrados y las risas de verdad no salen cuando las fuerzas. Pero poco a poco, olvidaron los frascos y empezaron a jugar. Rita se cayó al suelo haciendo el pino. Mateo hizo una imitación de don Eliseo contando un chiste malo. Los gemelos empezaron a reírse el uno del otro sin ninguna razón.

Y entonces, sin que nadie lo planeara, el aire se llenó de risas.

Risas infantiles, altas, contagiosas, que rebotaban en las paredes de la panadería y salían por la puerta azul hasta llegar a la plaza.

—¡Ahora! —gritó Horacio.

Los niños destaparon sus frascos. Movieron el aire con las manos, como si estuvieran atrapando mariposas. Cerraron las tapas. Y cuando miraron a través del vidrio, algo brillaba dentro.

No era mucho. Era un destello diminuto, como una luciérnaga perezosa. Pero estaba ahí.

—Lo hice —susurró Rita, con los ojos llenos de asombro—. Atrapé una risa.

—La atrapaste —confirmó Horacio, acariciándole la cabeza—. Y esa risa es tuya para siempre. Cuando seas mayor, y tengas problemas, y el mundo se ponga gris, abrirás ese frasco y recordarás esta tarde. Y entonces, aunque no haya pan feliz, podrás sonreír.

Alba guardó su frasco en el bolsillo de la chaqueta, junto a la lupa y la carta de su madre. No había atrapado una risa propia. Había atrapado la risa de Rita cuando se cayó haciendo el pino. Y eso, pensó, era incluso mejor. Porque la felicidad compartida es la que más dura.

---

Esa noche, cuando los niños se fueron y la panadería quedó en silencio, Horacio y Alba se sentaron frente a la estufa. El fuego crepitaba y dibujaba sombras bailarinas en las paredes.

—Horacio —dijo Alba—. ¿Tú crees que mi madre podrá venir algún día? ¿A pasar la Nochebuena con nosotros?

Horacio tardó un rato en responder. Estaba mirando el fuego, y el fuego le devolvía una mirada naranja y cálida.

—No lo sé, Alba. La ciudad sin ventanas está lejos. Y tu madre trabaja mucho. Pero...

—¿Pero?

—Pero la magia existe. Y la magia acerca las distancias. No sé si vendrá esta Nochebuena. Pero sí sé que te quiere. Y el amor, aunque no pueda viajar en tren, siempre encuentra un camino.

Alba asintió. Sacó su frasco de risa del bolsillo y lo acercó a la luz del fuego. El destello diminuto brilló un momento, como una estrella en miniatura.

—Le guardaré esta risa —dijo—. Para cuando venga. Para que sepa que aquí también se ríe.

Horacio sonrió. Tenía la cara iluminada por las llamas, y por un momento, Alba vio en sus ojos el reflejo de algo que no era el fuego: era el recuerdo de Ana, flotando en el País de las Nubes, mirándolos desde lo alto.

—Esa —dijo Horacio en voz baja— es la mejor receta de todas. Guardar alegrías para compartirlas.

El reloj de sol de la plaza, que nunca marcaba la misma hora, marcó las nueve menos cuarto de un tiempo que olía a Navidad. Y en la panadería, entre frascos de risas y hogazas recién horneadas, el invierno se volvió un poco más cálido.

---

Al día siguiente, Alba encontró un nuevo frasco en la alacena secreta. No lo había visto antes. Era pequeño, de vidrio azul, y tenía una etiqueta que decía:

"Risa de Alba (la de cuando cumpla once)"

—¿Por qué has puesto una risa que aún no ha pasado? —preguntó.

Horacio se encogió de hombros.

—Porque sé que llegará. Y cuando llegue, quiero tener el frasco listo.

Alba guardó el frasco azul junto a los demás. Y supo que, pasara lo que pasara, siempre tendría un lugar en aquella panadería.

Un lugar donde el pan sonríe antes de que tú lo muerdas.

Un lugar donde las risas se guardan en frascos.

Un lugar llamado Los Días Felices.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play