El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.
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JURAMENTOS EN LA OSCURIDAD.
...Reino de Zayon...
El salón estaba vacío.
Amaia se encontraba practicando magia fuera de horario, estaba tan concentrada balbuceando un hechizo de sombras.
—Respira, Amáia —dijo una voz—. No fuerces el hechizo. Recuerda lo que decía ese libro, si no lo controlas, te cosumira.
Amaia cerró los ojos suspirando, concentrándose.
—La concentración no es imponer tu voluntad — susurro la voz.—. Es entender el ritmo. Dejar que la magia te reconozca. Y más este tipo de magia.
Magia azul comenzó a emanar de sus manos cada vez fluyendo mejor. Pero un azul mucho más oscuro curo casi negro.
—Si quieres bajar a los calabozos sin ser vista —dijo la voz—, no basta con esconderte. Debes desaparecer incluso del hábito de los guardias. Ser parte de la sombra. Parte del lugar.
—Lo entiendo —respondió Amáia—. Cada paso… cada respiración. Como si nunca hubiera estado ahí.
—Exacto —dijo él—. No te ocultas. Te vuelves inexistente.
La princesa permanecía con los ojos cerrados. Al abrir los ojos, el hechizo era estable.
—Muy bien… —dijo la voz, ahora más cerca.
Amáia suprimió la magia, se giró hacia su maestro ocasional.
—Lord Enzo —dijo ella, haciendo una leve reverencia.
Se acercó sin pensarlo.
—¿Vio? —dijo, con un brillo en los ojos—. He mejorado muchísimo, con este hechizo podré bajar más seguido a los calabozos.
—Así es —respondió Enzo—. Eres Mucho mejor.
—Es por usted, mi lord —añadió Amáia—. Ni siquiera con el maestro Arden aprendí así. Usted me enseña… distinto.
Enzo sonrió le dedicó una pequeña eñ a sonrisa llena de sinceridad.
—Una futura reina debe ser fuerte —dijo, alejándose apenas—. Fuerte para no temerle a su propio poder. Fuerte para gobernar sin perder la calma.
Amáia bajó un poco la mirada.
—¿De verdad cree… que puedo ser reina algún día?
—No lo creo —respondió Enzo—. Lo sé. No dudes de ti misma.
—No dudo de mí —dijo ella, tras un momento.
Enzo le había estado sembrando la idea de ser reina por tres largos años.
Alzó la vista.
—Se que me considera una buena heredera al trono, pero… — frunció los labios. — Sigo bajo el mando de mi padre. No sé qué planes tiene para mí… pero sé, que no me dejará gobernar. — añadió moviendo la cabeza.
Enzo suspiró, nada más no oodia lograr que ella tomara confianza.
Pensó cada palabra antes de hablar sería la primera es vez que le hablaría del tema, ya se sentía seguro de que aunque ella considerara la idea absurda, nunca la divulgaría a su padre.
—A veces —dijo—, el futuro no se acepta, tienes que… — hizo una pausa — desafiarlo.
Amáia frunció el ceño bajando el rostro.
—¿Desafiarlo… cómo?
—Luchando por decidir quién eres —respondió él—. No lo que otros decidan por ti.
—¿Traición? —susurró ella.
—No uses esa palabra —le advirtió acercándose —.Hay demasiados oídos escuchando.— hizo un gesto al aire y Amáia se quedó inmóvil. — Un solo rumor y nos cortarían la cabeza, Solo digo —continuó él, con voz baja— que para cambiar algo, a veces hay que actuar. Dime… ¿crees de verdad que este reino tiene un buen rey?
Ella no respondió.
—Debo irme, su excelencia —dijo Enzo al final—. Siga practicando. No se detenga.
Hizo una reverencia corta, ella la correspondió de manera muy breve.
El se se giró para salir por la puerta, dejando a Amáia ahí pensando en sus palabras.
¿Traicionar a su padre? Sería arriesgar demasiado.
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Amáia descendió los últimos escalones sin hacer ruido, ya podia mantener el hechizo más estable, llevaba tres años bajando a ese espantoso lugar.
Avanzó por el pasillo angosto, observando las celdas en las cuales había personas recién llegadas, que alguna vez fueron libres. Algunos habían cometido delitos. Pero había unos que solo habían robado pan para no morir de hambre.
Su padre estaba empobreciendo al pueblo, y los calabozos se llenaban incluso de niños.
Esto la hizo pensar en todo lo que Lord Enzo le había mencionado, pero no habia tiempo para eso ahora.
Siguió caminando hasta detenerse frente a la celda de su hermana.
—Leyanna… —susurró.
Del otro lado, una figura se movió lentamente.
—Llegaste —respondió una voz suave.
Amáia se arrodilló frente a los barrotes. Su hermana estaba sentada en el suelo, giró la cabeza levemente en su dirección al escucharla.
—Te escucho caminar —dijo Leyanna—. Aunque intentes no hacerlo.
Amáia tragó saliva, si Leyanna podia escucharla, entonces su hechizo aún fallaba, emtonces alguien más podría oírla.
—Te traje pan… y agua limpia.
Deslizó los alimentos por el pequeño espacio entre los barrotes. Leyanna los tocó con cuidado, reconociéndolos con los dedos.
—Gracias —murmuró—. Sigues salvándome… aunque no deberías.
Amáia negó con la cabeza, aun sabiendo que su hermana no podía verla.
—No digas eso. Mientras respires, yo voy a venir.
Leyanna sonrió apenas.
—Amáia… —dijo, después de un largo silencio—. Hoy quiero pedirte algo.
El pecho de Amáia se tensó.
—¿Qué cosa?
—Quiero… — la pequeña trago saliva— que me mates.
La mayor la miro con seño funcido.
—¿Que? — jadeó Amáia de inmediato, con la voz quebrada—. No, No digas eso.
—Escúchame —pidió Leyanna—. No me matarán, ya me quedo claro, lo habrían hecho hace mucho, y yo no soy capaz de. —Bajó la cabeza—. Aun guardo esperanza.
Los ojos de Amáia ardieron.
—Pues aférrate a ella. Yo no vine a perderte — la regaño —. Vine a cuidarte.
—¿Me cuidas para que siga sufriendo? —respondió con reclamo, —. ¿Para que siga respirando en la oscuridad?
Amáia apretó los barrotes con fuerza mientras lágrimas se deslizaban sin permiso por sus mejillas.
—Si te mato… —susurró—. Entonces sí te pierdo para siempre.
Leyanna estiró la mano hasta tocar los dedos de su hermana.
—Amáia… estoy cansada. Los otros, al menos, salen a trabajar, a respirar y aveces cuando los Dioses se apiadan, mueren, a mi no me dejarán morir, lo sé.
Amáia apoyó la frente contra los barrotes.
—No puedo —dijo, llorando en silencio—. No puedo ser yo quien apague lo poco que te queda.
Leyanna no insistió. Solo asintió lentamente.
—Lo sabía —murmuró—. Por eso sigues viniendo.
Amáia respiró hondo. Se limpió el rostro con la manga. Se obligó a enderezarse.
—Escúchame ahora tú —dijo, la mayor —. Algún día saldrás de aquí. Y cuando eso pase, quiero que sigas viva. ¿Entiendes?
Leyanna negó con la cabeza.
—No es fácil ser fuerte cuando te drenan cada día.
—Entiendo pero no voy a matarte —repitió Amáia—. Nunca. Y vas a vivir, es una orden de tu hermana mayor, te prometo yo que algún día tendrás una vida mejor.
Leyanna guardó silencio. Luego, una lágrima descendió lentamente por su mejilla.
Asintió despacio.
Amaia se levantó despacio. El hechizo comenzaba a desvanecerse; no podía quedarse más tiempo.
—Volveré mañana, lo prometo.
—Te esperaré.
Amáia se alejó. Al subir las escaleras, volvió a mirar las celdas llenas.
Un pensamiento le cruzo por la mente
“Si el poder es la única llave… entonces tomaré el poder… no voy a pedir permiso”
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...Reino de Norvak ...
—Dicen que hoy… —murmuró una voz a su lado.
Erian no volteó.
Ella otro joven que habló empujaba un barril junto a él. Tenía la espalda encorvada y el cuello marcado por cicatrices.
—Dicen que la guerra terminó —continuó, casi sin mover los labios—. Que ganó el príncipe Reynar.
Erian siguió caminando por la nieve.
—Ojalá —intervino otro esclavo, ambos eran solo un poco más jóvenes que Erian, el príncipe era el “mayor”—. Ojalá haya ganado él… no su padre.
—Calla —susurró el primero—. Aquí todo se escucha.
—Escuché que el rey Aldrik murió —dijo una chica desde más atrás—. Que no resistió la guerra.
—¿Muerto? —preguntó alguien, con un hilo de voz.
—Eso dicen. Y que Reynar tomó el trono. Que ya es oficial.
Varios se impresionaron emocionados.
—Escuche decir a los lores que firmó el decreto ayer —añadió el hombre del barril—. Que la esclavitud queda abolida en todo Norvak.
—¿Libres…? —susurró una mujer emocionada—. ¿Libres de verdad?
—Libres —repitió otro, sin creérselo—. Después de todo esto…
Algunos cerraron los ojos. Otros apretaron los labios. Hubo quien lloró sin sonido, con el rostro escondido entre los brazos y otros hasta se abrazaron.
Erian ajustó el saco sobre su hombro.
Nada dentro de él se movió.
—¿Y tú qué piensas? —le preguntó el joven de las cicatrices.
Erian lo miró apenas un segundo.
—No importa.
—¿Cómo que no importa? —insistió el joven—. Si es verdad, si vienen…
—No va a pasar hoy —cortó Erian—. De verdad creen que nos dejarán libres solo por que yabprohibieron tener esclavos.
Nadie respondió. Pero sabían que era verdad.
— Oye. — Lo regañó la joven poniéndose frente a él — ¿crees que eres el único que ha sufrido? Todos aquí hemos sido victima de esos bastardos de allá adentro, suerte que tú, pero siempre arruinas todo con tu negatividad. Me tienes arta. — se quejó.
Erian solo la miro — Lo siento.
La chica se quejó, arta de su actitud, se acercó para golpearlo.
El joven de la cicatrices se acercó para detenerla.
— Ya basta Chesta — le dijo — Nos meterán en problemas a todos.
La chica tomó una bola de nieve y se la arrojó a Erian en la cara.
Este ni se inmutó.
Un año había pasado, Erian seguía esclavisado junto con los demas.
Entonces esa chica que le había lanzado la bola de nieve aquella vez tomó la palabra.
—Pensé… —susurró—. Pensé que pronto seríamos libres, pero parece que la maldita corona solo libera a quien le conviene.
— Hubinuna guerra interna, las guerras siempre son costosas, drenan los recuerdos del reino, aunque esté prohibida la esclavitud, otra podria desatarse si la corona no indemniza cómo es debido a los amos. Es por eso que han tardado tanto y seguirán tardando.
— ¿Como sabes todo eso? — pregunto Chesta
Erian no respondió. Se puso de pie para emperezar sus labores.
— Idiota. — murmuró ella por haberla ignorado.
La libertad había llegado al reino.
Pero no a ese lugar.
Y a Erian, ya no le importaba cuándo llegaría.