El Refugio de las Ciudades Muertas,
El apocalipsis zombi no fue el fin del mundo, sino su reorganización.
Décadas después del brote, la civilización humana ha resurgido, no en la superficie infestada, sino bajo tierra.
Los sobrevivientes han adaptado las redes de metro, túneles de servicio y viejas minas para crear vastas ciudades subterráneas, a salvo de los zombis que merodean en la superficie.
La superficie, conocida como "Las Tierras Vivas", está repleta de los no-muertos, mientras que el subsuelo es un laberinto de civilización.
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Capítulo 14: Carrera contra el tiempo
El silencio en el laboratorio de Alexia era tan denso que podía oír el zumbido de la estática en sus propios oídos. Las revelaciones del prisionero Mateo no eran solo una amenaza; eran una sentencia de muerte técnica. El plan de la torre de comunicaciones en la superficie había sido una coreografía de Kael, un señuelo para que el refugio mirara hacia arriba mientras él clavaba el puñal desde las entrañas, a través del agua y el aire.
— Se llama Proyecto Némesis
—susurró Alexia, mientras sus dedos recorrían los esquemas del sistema de ventilación en la pantalla
—. No es solo el hongo, Serena. Kael ha encontrado la forma de pervertir el musgo fosforescente. Lo que antes nos daba luz y filtraba el aire, ahora es la base de un aerosol neurotóxico.
Serena, que estaba sentada en el suelo rodeada de cables pelados, levantó la vista con los ojos inyectados en sangre por el cansancio.
— ¿Cómo puede el musgo volverse tóxico? Es un organismo simbiótico, Alexia. Está diseñado para sanar, para darnos vida en este agujero.
— Inversión de polaridad biológica
—respondió Alexia, señalando un pasaje en los diarios de su madre que hasta ese momento parecía un desvarío
— Mi madre sospechaba que, bajo ciertas frecuencias, el musgo libera una toxina concentrada para defenderse. Kael solo tuvo que encontrar la nota adecuada. Quiere volvernos locos, Serena. Quiere que el refugio se convierta en un manicomio de alucinaciones antes de que él cruce la puerta.
El reloj empezó a correr con una crueldad metálica. Tenían entre 48 y 72 horas antes de que la planta de bombeo del Sector Delta empezara a escupir la muerte por cada rejilla del refugio.
Alexia no perdió un segundo. Reunió al equipo científico en un laboratorio que olía a miedo y raciones rancias. No podemos asaltar la planta de bombeo, sentenció Alexia ante el Consejo, que exigía una carga militar inmediata. Si Kael se siente acorralado, abrirá las válvulas antes de que lleguemos a él. Necesitamos un filtro. No uno físico, sino uno molecular.
Trabajaron día y noche. Elías y sus hombres traían suministros de los niveles bajos mientras el equipo de Alexia diseccionaba las muestras de musgo bajo luces microscópicas. El agotamiento era un enemigo físico; Alexia sentía que sus huesos pesaban como el plomo, pero cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Marco. No podía fallarle otra vez.
Fue en la hora cincuenta cuando Serena gritó, un sonido que pareció fuera de lugar en aquel túnel de desesperación. ¡La luz ultravioleta, Alexia! exclamó señalando una placa de Petri donde la toxina del musgo se disolvía. Si sobrecargamos el musgo con una longitud de onda específica, la toxina se vuelve inerte en segundos.
— Pero necesitamos proyectar esa luz en todo el sistema
—dijo Elías, que observaba desde la puerta con su rifle al hombro
—No tenemos lámparas UV para kilómetros de conductos.
— No necesitamos lámparas
—respondió Alexia con una sonrisa gélida—. Vamos a usar el propio musgo del refugio. Vamos a obligarlo a emitir esa frecuencia. Vamos a convertir nuestra propia luz en nuestra salvación.
A las 60 horas, el refugio era una colmena de actividad frenética. Elías y sus equipos de mantenimiento se deslizaban por los conductos, instalando los Filtros de Luz UV de emergencia. Justo cuando Elías sellaba el último panel en la entrada principal, una sirena desgarró el aire. No era un simulacro.
— ¡Fase 1! ¡Detección de intrusos en la esclusa norte!
—gritó una voz por la megafonía.
Kael había lanzado su ataque. Alexia, desde el centro de mando, vio cómo las lecturas de calidad del aire caían. Una niebla verdosa empezaba a salir por las rejillas del Sector Delta. Era el Proyecto Némesis.
— Serena, ahora
—ordenó Alexia, con la mano temblando sobre el interruptor principal.
— Sobrecarga en tres... dos... uno... ¡ya!
Las luces del refugio parpadearon violentamente. El musgo de las paredes emitió un destello blanco azulado, un pulso de energía purificadora. En los monitores, las gráficas de toxicidad se aplanaron. El arma de Kael se estaba disolviendo en el aire antes de llegar a los pulmones de los ciudadanos. Los filtros funcionan, susurró Serena dejándose caer en su silla.
Pero el alivio duró poco. A través de las cámaras, Alexia vio a la Hermandad. Kael, al ver que su plan biológico fallaba, había iniciado un asalto físico. Sus hombres se lanzaban contra la esclusa con una rabia fanática, desesperados por entrar antes de que el hambre los consumiera afuera.
— ¡Elías, te están rodeando!
—gritó Alexia por el comunicador.
— ¡Que vengan!
—respondió Elías
— Sin su gas, solo son hombres asustados.
La batalla en las puertas fue brutal. Los hombres de Kael se encontraron con una defensa de hierro. Elías lideró el contraataque, usando ráfagas de pulso magnético que desorientaban a los atacantes. La superioridad técnica barrió a la Hermandad, pero el costo en sangre fue alto.
Cuando el humo se disipó, la victoria se sentía incompleta. Los miembros de la Hermandad se rendían o huían hacia las sombras de los túneles exteriores. Y allí, herido en el hombro pero con la mirada intacta, estaba Kael. Lo capturaron cerca de los generadores auxiliares, cubierto de hollín y con una sonrisa que no cuadraba con un hombre derrotado.
Alexia bajó a las celdas de alta seguridad. El pasillo estaba en silencio, custodiado por guardias que no quitaban la mano de sus armas. Al llegar a la celda de Kael, se encontró con un hombre encadenado a la pared, pero que parecía dominar el espacio con su sola presencia.
— Pensaste que habías ganado, ¿verdad, Alexia?
—dijo Kael, y su voz sonaba tranquila, demasiado calmada para alguien que acababa de perder a su ejército
— Solo has limpiado el aire. Pero el miedo... el miedo no se quita con luces ultravioletas.
Alexia se acercó a los barrotes, manteniendo la distancia.
— Se acabó, Kael. Estás aquí, tus hombres están capturados y el refugio sigue en pie. Tu Proyecto Némesis es solo basura química ahora. Kael soltó una carcajada seca que terminó en una tos dolorosa.
— El Proyecto Némesis solo era la distracción de la distracción. Me tienes aquí, sí. Justo donde quería estar. ¿Crees que el Consejo te va a dejar al mando ahora que saben lo frágiles que son? Has creado una unidad basada en el terror, Alexia. Te pareces a mí más de lo que te atreves a admitir.
— No soy como tú
—respondió ella, aunque sintió un escalofrío
—Yo no uso a la gente como combustible.
— Todavía no
—susurró Kael, inclinándose hacia delante hasta donde las cadenas se lo permitían
—Pero cuando el hambre vuelva, cuando el musgo deje de brillar y te des cuenta de que la superficie es la única salida real... ese día, vendrás a esta celda a pedirme las llaves. Y yo estaré aquí, esperándote.
Alexia salió de la zona de celdas sintiendo que las paredes se estrechaban. Kael vivía. Estaba derrotado militarmente, pero su presencia en el refugio era una herida abierta que no dejaría de supurar.
Semanas después, el refugio intentaba sanar. La victoria trajo un nuevo amanecer, pero uno teñido de gris. La gente respetaba a Alexia, la veían como la líder que los salvó de la locura, pero en los comedores se hablaba en voz baja sobre el hombre que estaba encerrado en los niveles bajos. La paranoia no se había ido; solo se había mudado de sitio, instalándose en el corazón de cada habitante.
La hambruna se evitó racionando con mano de hierro lo poco que quedaba, pero la escasez seguía ahí, recordándoles su fragilidad. Alexia se sentó en su oficina, con los diarios de su madre abiertos. Sabía que Kael tenía razón en algo: el refugio ya no era el mismo. Habían cruzado una línea de la que no había retorno.
— ¿Qué haremos con él, Alexia?
—preguntó Serena desde la puerta, con una bandeja de comida sintética
—El Consejo quiere un juicio público. Quieren su cabeza para cerrar este capítulo.
Alexia cerró el libro y miró por la pequeña ventana hacia el Memorial del Guardián, donde las placas de Marco seguían brillando.
— No podemos matarlo todavía, Serena. Él sabe algo sobre la expansión que nosotros no. Sabe por qué el hongo está cambiando de esa manera.
Si lo matamos ahora, enterramos la única pista que tenemos para sobrevivir a largo plazo.
Kael viviría. Por ahora. Pero en el silencio de su celda, el hombre que no temía a las esporas seguía escuchando un latido que nadie más podía oír, esperando el momento en que la estructura del refugio terminara de ceder. La civilización había prevalecido, pero Alexia sabía que esto no era el final, sino el inicio de una era mucho más peligrosa.