¿Puede un corazón de hielo derretir una maldición de sangre?
Devil lo tenía todo: una belleza insultante, una estatura imponente de 1.87 m y unos ojos violetas que eran la perdición de cualquier mujer en la capital. Pero su arrogancia lo llevó a cruzar el jardín equivocado. Tras un desafortunado encuentro con una hechicera, el joven seductor despierta atrapado en el cuerpo de un gato negro. La condena es simple pero devastadora: no recuperará su humanidad hasta que alguien lo ame de verdad.
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capítulo 14
El amanecer en el Palacio de Ashford no era un evento natural, sino una coreografía de lujo. La neblina se arrastraba por los jardines de mármol como un velo de novia, mientras los criados preparaban el desayuno en la terraza acristalada. Suseth, vestida con un traje de montar de terciopelo verde bosque que resaltaba la palidez de su piel y el carmín de sus ojos, observaba al Duque con una mezcla de cautela y una fascinación que Devil encontraba vomitable.
El Duque de Ashford, por su parte, parecía haber nacido para la luz del alba. Vestía una camisa de seda blanca abierta en el cuello, revelando la fuerza de sus clavículas, y unos pantalones de cuero que marcaban su imponente estatura. Su cabello blanco brillaba como plata pulida bajo el sol naciente.
—Espero que haya descansado, Lady Blackwood —dijo el Duque, cortando un trozo de faisán con una precisión quirúrgica—. El bosque de Ashford no perdona a los que no tienen los sentidos afilados.
—El descanso es un lujo que las viudas rara vez nos permitimos, Excelencia —respondió Suseth, aceptando una copa de jugo de granada—. Pero mi puntería no depende de mis horas de sueño.
El Desayuno del Desastre
Devil, que había sido "invitado" al desayuno bajo la estricta condición de permanecer sobre un cojín de seda a un lado de la mesa, hervía de una rabia que le hacía vibrar los bigotes. No soportaba la forma en que el Duque miraba a Suseth: no como a una presa, sino como a una igual.
“Es un farsante. Un narcisista de cabello cano”, pensó Devil. Decidió que el desayuno era el momento perfecto para una nueva intervención.
Cuando el Duque se inclinó para pasarle a Suseth una bandeja de frutas exóticas, Devil vio su oportunidad. Con un movimiento rápido y supuestamente "accidental", estiró una pata y enganchó el borde del mantel bordado. Su objetivo era volcar la jarra de café hirviendo sobre el regazo del Duque.
Sin embargo, el Duque, sin siquiera dejar de mirar a Suseth a los ojos, movió su mano libre con la velocidad de un rayo. Atrapó la jarra antes de que se inclinara un centímetro y, con un movimiento fluido, la depositó de nuevo en su lugar.
—Su mascota parece tener una fascinación por las leyes de la gravedad, Suseth —comentó el Duque con una voz suave, casi divertida—. O tal vez es que el café de mi cocina no es de su agrado.
Suseth apretó los dientes. Sus ojos rojos lanzaron dagas invisibles hacia Devil.
—Es un animal... inquieto. Ignórelo, por favor.
—Al contrario —sonrió el Duque, clavando su mirada roja en Devil—. Me gustan las criaturas que no saben cuál es su lugar. Son mucho más entretenidas de romper.
La Cacería de Sombras
La cacería comenzó poco después. Suseth montaba una yegua negra como el carbón, mientras que el Duque cabalgaba un semental blanco que parecía una extensión de su propia voluntad. Devil, confinado en una alforja lateral en el caballo de Suseth, sacaba la cabeza con aire de mártir, planeando su siguiente movimiento.
El Duque era un cazador impecable. No solo rastreaba con una habilidad sobrehumana, sino que su conversación era una danza de intelecto que Suseth seguía con una agilidad que Devil nunca le había visto con nadie más. Reían de bromas cínicas sobre la política del reino y compartían anécdotas sobre la soledad del poder.
Devil sentía que estaba perdiendo a Suseth. No es que ella lo amara a él, pero era su viuda, su captora, la mujer que conocía su secreto. Verla admirar la espalda ancha del Duque y la forma en que él manejaba el arco le provocaba un cortocircuito mental.
Llegaron a un claro del bosque donde un ciervo majestuoso bebía agua. El Duque tensó su arco, sus músculos marcándose bajo la camisa. Devil decidió que era el todo o nada. Justo cuando el Duque iba a soltar la flecha, Devil saltó de la alforja y aterrizó sobre el lomo del semental blanco, clavando sus garras con todas sus fuerzas.
El caballo relinchó y se encabritó. La flecha del Duque salió desviada, perdiéndose entre los árboles. El ciervo huyó en un parpadeo.
Devil esperaba un grito de rabia, una caída humillante, algo que ridiculizara al perfecto anfitrión. Pero el Duque, con una fuerza asombrosa, dominó al semental con una sola mano, mientras con la otra atrapaba a Devil por el pescuezo antes de que el gato pudiera saltar al suelo.
—Vaya, qué gatito tan valiente —dijo el Duque, sosteniendo a Devil a la altura de sus ojos rojos. No había ira en él, sino una superioridad gélida que daba escalofríos—. Intentando salvar al ciervo, ¿o simplemente intentando llamar la atención de su dueña?
Suseth se acercó al galope, su rostro era una máscara de absoluta furia. Pero antes de que pudiera decir nada, el Duque se echó a reír.
—No se disculpe, Suseth. Hacía años que una cacería no era tan... estimulante. Este gato tiene un espíritu de lucha que me resulta extrañamente familiar. Casi me dan ganas de quedármelo.
—Es mío, Excelencia —respondió Suseth, y Devil notó con horror un matiz de orgullo en su voz—. Aunque hoy parece decidido a probar mi paciencia.
El Límite de la Sangre
Regresaron a la mansión del Duque para un refrigerio privado en la biblioteca. Devil estaba agotado, pero su mente seguía girando. Había intentado ridiculizarlo tres veces y en las tres, el Duque había salido pareciendo más heroico, más paciente y más atractivo a los ojos de Suseth.
Mientras el Duque buscaba un libro de poemas antiguos para mostrale a Suseth, Devil vio que la túnica del hombre colgaba cerca de una lámpara de aceite. Si lograba prenderle fuego a la ropa, el Duque tendría que desvestirse a toda prisa, rompiendo su compostura de mármol.
Devil empujó la lámpara. El aceite comenzó a derramarse hacia la seda.
Pero Suseth fue más rápida. Con un movimiento que Devil no vio venir, ella se interpuso, atrapando la lámpara antes de que el fuego tocara la tela. Su paciencia, finalmente, se había evaporado.
Suseth se giró hacia Devil. Sus ojos rojos no brillaban con diversión, sino con una furia ancestral, una que recordaba a las leyendas de las mujeres guerreras de su linaje.
—¡Basta, Devil! —rugió ella. Su voz hizo que los cristales de la biblioteca vibraran—. ¡He soportado tus celos, tus juegos infantiles y tu arrogancia de gato mimado todo el día!
El Duque observaba desde la sombra, con una sonrisa de curiosidad, mientras se cruzaba de brazos sobre su pecho ancho.
—Si no puedes comportarte como un animal, te trataré como a un enemigo —sentenció Suseth.
En un movimiento borroso, Suseth se levantó la falda del traje de montar, revelando unos ligueros de cuero negro donde descansaban cuatro dagas de plata con empuñadura de obsidiana. Con una destreza que dejó a Devil paralizado, extrajo dos de ellas y, en un solo movimiento de muñeca, las lanzó hacia el gato.
Las dagas volaron con un silbido mortal. Devil saltó hacia atrás, sintiendo el viento del acero rozarle las orejas. Las armas se clavaron profundamente en el panel de madera de la pared, a escasos milímetros de donde él había estado sentado, inmovilizándolo por el pelaje de la cola.
—¡La próxima vez no fallaré! —gritó Suseth, su respiración agitada, su figura imponente bajo la luz de las velas—. ¡Si intentas humillarme una vez más frente a este hombre, te juro que te convertiré en un adorno para su chimenea!
Devil se quedó clavado a la pared, con el corazón latiendo a una velocidad suicida. Miró a Suseth y vio en ella una chispa de poder que lo dejó sin aliento. Pero luego miró al Duque.
El Duque de Ashford estaba aplaudiendo suavemente. Su mirada hacia Suseth era de pura adoración depredadora.
—Magnífica —susurró el Duque, acercándose a ella y tomando su mano para besarle los nudillos, ignorando por completo al gato inmovilizado—. Sabía que bajo ese luto se escondía una cazadora de verdad. Lady Blackwood, creo que acabamos de encontrar algo mucho más interesante que un simple desayuno.
Suseth se relajó bajo el toque del Duque, permitiendo que él la guiara hacia el sofá, mientras Devil seguía atrapado por la cola en la pared, viendo cómo la mujer que se suponía que debía salvarlo se perdía en los ojos rojos del hombre que él más odiaba.
“He cometido un error terrible”, pensó Devil, mientras Mimi, en algún lugar de la mansión Blackwood, probablemente sentía un escalofrío. “He intentado quemar al Duque y lo único que he logrado es encender el fuego entre ellos dos”.
Esa noche, Devil entendió que la humildad no era solo limpiar suelos; era entender que, en el juego de los grandes depredadores, un gato negro no era más que un espectador, a menos que estuviera dispuesto a arriesgar algo más que su orgullo.
La forma en que transmites las emociones del personaje son tan reales y el crecimiento emocional que vemos en ellos WOW ¡¡Es fascinante!! La estructura de los acontecimiento, el orden con el que se desarrollan
...espero, deseo y agradezco que sigas compartiendo con nosotras historias tan magnificas como estas....🥰🤩😍