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Eres Mi Error Mas Caro CEO

Eres Mi Error Mas Caro CEO

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Mujer fuerte/hombre frágil / Amor-odio
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Para salvar a su familia, ella firmó un contrato con el hombre más poderoso de la ciudad… sin imaginar que estaba vendiendo su libertad.
Frío, dominante y peligroso, él no cree en el amor, pero sí en la posesión.
Lo que empezó como un acuerdo se convierte en una relación marcada por el control, los celos y una atracción imposible de romper.
Porque en su mundo, amar no es proteger… es destruir.
Y ahora que la tiene, no piensa dejarla ir… aunque eso la rompa por completo.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La distancia que no dolía igual

El camino de regreso desde el hospital fue distinto. No porque la ciudad hubiera cambiado, ni porque el ruido de afuera fuera más amable, sino porque Valeria ya no caminaba con Damián delante de ella como una sombra que imponía dirección, ni detrás como una mujer arrastrada por una decisión ajena. Caminaban a la par. Esa diferencia era pequeña, casi invisible para cualquiera que los mirara desde lejos, pero para ella pesaba como una revolución silenciosa. Todavía tenía las manos frías, el corazón cansado y la voz de su madre latiéndole en el pecho: una mujer puede sentir y aun así elegir bien. Esa frase le daba miedo, porque sentir algo cerca de Damián era peligroso. No amor. No todavía. Tal vez nunca. Pero sí una inquietud nueva, una grieta en el odio limpio que antes la protegía mejor.

Damián abrió la puerta del auto, pero no la apuró. Valeria lo miró de reojo, esperando la orden escondida, el gesto posesivo, la frase que le recordara que todo avance podía retroceder en un segundo. Pero él solo esperó. Tenía el rostro serio, la mandíbula marcada y los nudillos todavía tensos por lo ocurrido en el pasillo del hospital. Valeria entró al auto sin aceptar su mano, y él no insistió. Esa falta de insistencia le molestó más de lo que debería. Porque antes podía pelear contra cada imposición. Ahora tenía que aprender a sobrevivir también a sus intentos, y eso era más confuso.

—No se sienta orgulloso por haber hecho lo correcto una vez —dijo ella, mirando por la ventana, aunque sabía que él la escuchaba con todo el cuerpo—. Hoy no habló por mí. Bien. Hoy no convirtió el hospital en una fortaleza visible. Bien. Hoy esperó antes de tocar, antes de ordenar, antes de decidir. Pero no quiero que mañana use este día como prueba de que ya cambió. Una persona no deja de ser peligrosa porque logra contenerse durante unas horas. Y yo no puedo vivir agradeciendo cada minuto en que usted decide no cerrarme una puerta.

Damián se quedó en silencio. El auto avanzó lentamente entre el tráfico de la tarde. Cuando habló, su voz no tuvo filo; tuvo cansancio. —No estoy orgulloso. Si lo estuviera, significaría que todavía no entendí nada. Hacer lo correcto no debería sentirse como una hazaña. Pero para mí lo fue, y eso dice más de mi daño que de mi mérito. Hoy quise intervenir antes de que usted hablara. Quise ponerme delante, ordenar que lo sacaran, borrar cada cámara del hospital. Y tuve que recordarme, una y otra vez, que usted no me pidió salvarla de su propia voz. Me pidió estar ahí cuando el golpe viniera de frente.

Valeria giró hacia él. La luz de la calle le cruzaba el rostro por momentos, mostrando y ocultando esa expresión que ya no era completamente hielo. Le molestó verlo así: cansado, honesto, demasiado humano. —No sé qué hacer cuando habla así. Me deja sin el lugar cómodo del enojo. Y no me gusta, Damián. Porque el enojo era claro. Usted era el hombre que me había comprado, yo era la mujer que debía resistir. Pero ahora aparece con frases como esa, con gestos que no sé dónde poner, y siento que me está cambiando el campo de batalla sin preguntarme.

Él bajó la mirada a sus manos. —No quiero que deje de estar enojada. Tal vez su enojo sea lo único que ha impedido que yo confunda esta situación con algo que no es. Usted tiene derecho a odiarme por lo que hice, incluso si algún día hago algo bien. No le voy a pedir que suavice la memoria para que mi culpa sea más fácil de cargar.

Valeria tragó saliva. Algo le dolió detrás de los ojos, pero no lloró. Ya había llorado demasiado ese día. —Mi madre me dijo que no tuviera miedo de reconocer lo que siento. Pero eso me asusta más que negarlo. Porque sentir en esta casa, cerca de usted, puede volverse una trampa. Una empieza notando una ausencia, luego agradece una puerta abierta, después escucha una disculpa incompleta y un día descubre que está justificando una cadena porque ya no aprieta igual.

Damián levantó la mirada. No había reproche en sus ojos, solo una seriedad que la obligó a respirar más despacio. —Entonces no justifique ninguna. Si una cadena deja de doler, no significa que sea libertad. Si alguna vez intento convencerla de lo contrario, recuérdeme esto. Recuérdeme el hospital. Recuérdeme a su madre. Recuérdeme que estar a su lado no me da derecho a decidir el camino.

El auto se detuvo frente a la mansión. Valeria miró las rejas, el jardín perfecto, la fachada iluminada. Antes, esa casa le parecía una prisión hermosa. Ahora seguía pareciéndolo, pero había algo distinto: una ventana abierta, una conversación inconclusa, una distancia que no dolía igual. Eso la asustó más que la frialdad de los primeros días.

Al bajar, Teresa los esperaba en la entrada con el rostro tenso. Damián lo notó de inmediato.

—¿Qué pasó?

Teresa miró a Valeria antes de responder, como si supiera que aquella noticia también le pertenecía.

—La señora Isabela está en el despacho. Dijo que no se irá hasta hablar con usted. Con ambos.

Valeria sintió que el cansancio se le transformaba en fuego. Damián dio un paso, pero se detuvo y la miró primero.

—¿Quiere que entre solo?

Valeria respiró hondo. Se acomodó el bolso en el hombro, todavía con el temblor escondido en los dedos.

—No. Si su madre quiere guerra, que aprenda a mirarnos de frente.

Damián sostuvo su mirada.

—A su lado, entonces.

Valeria abrió la puerta de la mansión antes que él.

—A mi lado —corrigió—. No sobre mí.

Y entró sabiendo que la batalla no había terminado.

Solo acababa de cambiar de posición.

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Marta Ndong mansuy
Masssss
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