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La Chica Gorda de la Mafia

La Chica Gorda de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Mafia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:1
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Ella no debía cruzarse en su camino.

Isabella Moretti es hija de un soldado —no de un Don, ni de un Caporegime, ni de nadie lo suficientemente importante para marcar la diferencia en ese mundo de oro podrido y sangre seca. Creció a la sombra de la Cosa Nostra sin pertenecer jamás a ese mundo de verdad, y precisamente eso la mantuvo libre. Reía cuando quería, decía lo que pensaba, escondía su Kindle debajo de la almohada, como si los romances que leía fueran su mayor pecado —y sonreía sola, divertida por ello.

Soñaba con el amor. De ese que duele de bonito, de ese que te elige por completo.

Leon Ravelli también soñó, una vez. Tenía dieciocho años y creyó que el mundo cabía en el corazón de una mujer. Aprendió de la forma más cruel posible que no era así. Que la traición solo tiene una sentencia. Que las lágrimas en el rostro son debilidad, y la debilidad mata antes de que llegue el enemigo.

Desde esa noche, se convirtió en otra persona.

El hielo se derrite. Él se convirtió en mármol.

NovelToon tiene autorización de AUTORAATENA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

22

— Consumados

Volví a casa con una ira fuera de lo normal.

Antes habría ido a desquitarme con alguien —desfigurarle la cara a cualquier idiota que se cruzara en mi camino solo para tener dónde soltar esa energía que me quemaba por dentro. O habría ido a buscar a Valentina. Lo que fuera con tal de vaciar la cabeza.

Pero ahora no.

Ahora mi cuerpo estaba pidiendo algo específico y solo una cosa —ese olor dulce que se pegaba a la memoria sin pedir permiso. Quisiera o no, consciente o no, estaba en abstinencia y mi cuerpo me estaba cobrando la cuenta.

Abrí la puerta del departamento. Sala vacía.

Fui hasta su cuarto y toqué.

No tardó mucho. Ella abrió.

Solo con una toalla. El cabello goteando, la piel húmeda, ese olor a shampoo y jabón que me golpeó en el pecho antes de que yo siquiera procesara lo que estaba viendo.

Mis ojos se nublaron de deseo a una velocidad que no controlé. La respiración que era controlada se volvió otra cosa completamente.

Entré al cuarto sin ser invitado. Cerré la puerta detrás de mí.

Respiré hondo, la miré a los ojos y hablé con toda la honestidad que tenía.

— Bella. Te juro que lo intenté. Carajo, intenté mantener el control. Pero no puedo más.

La agarré y la besé de una manera intensa sin ninguna ceremonia. Ella intentó seguirme el ritmo y no pudo —iba justo detrás pero no a mi velocidad— y eso me puso más caliente todavía porque yo sabía lo que significaba. Mi lado posesivo despertó entero al saber que yo era el primero en estar besando y saboreando esos labios. Sería el primero y el último. No iba a dejar que ella me hiciera lo que Natiely me hizo. Nunca más.

Le arranqué la toalla.

Y me quedé parado mirándola.

Esa panza redonda y suave. Esos pechos enormes, firmes, los pezones rosados apuntándome como invitación. Bajé la mirada y vi su vagina —gordita, carnosa, exactamente como la había imaginado en las noches en que fingí que no la estaba imaginando. Mi verga latió con una urgencia que jamás había sentido así, a punto de romper la tela del pantalón por sí sola.

Me acerqué despacio. Me apreté la verga por encima del pantalón e me aseguré de que ella viera.

Sus ojos bajaron y volvieron a mi cara y vi todo lo que necesitaba ver en esa mirada.

La cargué en brazos. Ella me rodeó la cintura con las piernas automáticamente, ese peso delicioso encajando en mí de la manera en que fue hecho para encajar. Me senté con ella en mi regazo, le mordí y chupé los labios sin prisa, después fui al cuello y ella ya empezó a removerse —golosa, le gustaba, su cuerpo más honesto de lo que ella jamás sería en voz alta.

Fui al lóbulo de la oreja y se lo chupé de la misma forma en que sabía que iba a chuparla entera más tarde. Gimió.

La puta madre. Mejor de lo que había fantaseado. Mucho mejor.

Esa voz finita con la pequeña ronquera del placer me sacó completamente de mí.

Le agarré un pecho y lo mamé rico, obsceno, con fuerza, de la manera en que yo quería y no de la manera delicada en que debería. Ella se restregaba contra mí como una perra en celo —sentí mi pantalón empapándose y le di una nalgada en ese culote.

Soltó un gritito.

— ¡Leon! Me dolió.

Me reí. La miré con esa sonrisa que yo sabía que no era ninguna sonrisa bonita.

— Te dolió pero te gustó. A mi perra le gusta que su macho la eduque. Ven —te voy a chupar ese coñito delicioso.

La acosté en la cama. Le ordené que abriera bien las piernas.

Obedeció.

Y cuando abrió las piernas sus labios se abrieron también y la vista que apareció frente a mí era una de las siete maravillas del mundo. Toda abierta, escurriendo sus jugos, rosadita por dentro, mojada de ganas.

Fui como depredador hambriento por su presa y le caí con la boca a ese coño delicioso sin ninguna ceremonia.

La chupé como un desquiciado. La lamí entera, la chupé entera, devoré cada centímetro de aquello sin parar a respirar bien porque no quería parar a respirar.

No paraba de gritar mi nombre.

Eso me volvía loco, carajo.

Le metí un dedo y fui con la lengua a su clítoris —pequeñito, apenas se veía bien, había que abrir todo para alcanzarlo— y ella explotó.

— ¡Aaahh Leooon, eso, aaaw, más, por favor, Leon, está muy rico, no pares, quiero hacer pipí...!

— Dale, mamacita. Perra, acábate en mi boca. Dale.

Sentí sus jugos escurrir por mis dedos y por mi lengua. La chupé hasta la última gota. Subí y la besé profundo para que sintiera su propio sabor.

— Ahora es mi turno, mi doña Bella.

Me quité la camisa. Me quité el pantalón junto con el bóxer y dejé que mi verga saliera libre por fin.

Vi el miedo y el deseo brillando juntos en sus ojos.

— Arrodíllate, mi doña.

Sonrió y se arrodilló. Carajo, eso me excitó de una manera que estaba con ganas de venirme solo de verla así —arrodillada, para mí, a punto de mamármela.

— Leon. Es muy grande y gruesa. Mira el tamaño de esa cabeza.

Solté una carcajada sincera, genuina, de esas que salen sin ser llamadas.

— Fui hecho para ti. Y tú fuiste hecha para mí. Ahora relájate —son solo 23 centímetros.

Me miró con esa cara.

— Abre bien esa boquita y tapa los dientes con los labios, mi Bella.

Hizo lo que le ordené.

La cabeza de mi verga ya estaba loca por atención.

— Ahora sujeta la base con las dos manos y ve metiéndola en la boca.

Lo fue haciendo. Despacio, con esa concentración suya de quien está aprendiendo pero no va a rendirse a la mitad. Y carajo —esa boquita deliciosa, ese calor, ella yendo profundo, atragantándose pero sin parar.

— Aaah, carajo, eso, mierda, Bella. Oooh, qué boquita rica.

Fue haciendo garganta profunda, atragantándose más y más sin detenerse, y yo no aguanté —me vine en esa boquita. Sonreí cuando se lo tragó todo sin dudar.

— ¿Alguna vez le habías hecho una mamada a alguien, Bella?

— No. Pero leo muchas novelas de las calientes y acabé aprendiendo en la teoría. La práctica es la primera vez.

— Ven. Levántate.

Le di la mano. Se levantó. La acosté de nuevo, le abrí bien las piernas y la miré fijamente a los ojos.

— ¿Confías en mí, mi doña?

— Sí. Confío.

— Va a doler. Y no va a ser poco. Pero solo al principio —después te cojo bien rico hasta que te acostumbres. ¿Entendiste?

— Sí. Entendí.

Agarré mi verga y me quedé un segundo solo mirándola —ese monumento que por fin iba a sentir el coño de Bella por primera vez.

Metí la cabeza. Ella se removió gimiendo bajito. La cabeza entró. Me detuve. La saqué despacio.

— ¿Estás bien? ¿Quieres continuar?

— Sí, mi fantasma. Continúa.

La metí de nuevo, despacio esta vez, y me quedé quieto dentro de ella con la mano yendo automáticamente por su vagina —los dedos gruesos y callosos pasando por todo, apretándole la nalga con fuerza con la otra mano. Gimió profundo.

Y en ese momento me clavé entero dentro de ella.

Sentí el sello romperse.

Me quedé quieto. Dentro de ella. Completamente inmóvil un rato, dejándola acostumbrarse al tamaño y al dolor que yo sabía que estaba sintiendo.

— Leoon. Sigue, por favor.

Empecé despacio. Oírla gemir era algo surreal, imposible de describir con cualquier palabra que existiera. Fui acelerando, ella gimiendo más, el cuarto entero invadido por el ruido de los dos.

— Vas a ver cómo un hombre se coge a una mujer.

Ella sonrió.

Empecé a embestir con fuerza real, sin piedad, de la manera en que mi cuerpo lo estaba pidiendo desde que ella había abierto esa puerta en toalla con el cabello goteando.

Me detuve. La volteé boca abajo. Le ordené que levantara bien el trasero.

Tan sumisa en esta cama y tan atrevida fuera de ella. Esta mujer vino para mi ruina o vino a volverme completamente loco —y yo estaba pensando que eran las dos cosas al mismo tiempo.

Me clavé dentro de ella sin aviso. Gritó con cada embestida fuerte, ese culote enorme derritiéndose de placer con cada nalgada que le daba.

— Oooh, Bella, maldita desgraciada. Qué apretadito este coño. Qué caliente, qué mojado. Oooh.

Y entonces ella apretó el coño alrededor de mi verga —apretó, estranguló, como si me estuviera atrapando dentro de ella a propósito.

No aguanté.

La sujeté firme por la cintura, la monté como animal reclamando a su hembra y embestí más profundo, más fuerte, más profundo todavía.

Entonces gritó.

— ¡Aaaiiwwn, Leon! ¡Me estoy viniendo! ¡Qué ricoooo!

Embestí por última vez. Su cuerpo dio un tirón hacia adelante.

Y me vine entero dentro de ella.

Nos acostamos exhaustos. Sudados. Desnudos. Recuperando la respiración que se había ido hacía un buen rato.

La jalé hacia mi pecho sin pensarlo, simplemente lo hice, y ella se enredó en mí toda mojada de sudor, su coño todavía húmedo pegado a mi pierna.

Me quedé acariciándole el cabello.

— Matrimonio consumado, mi reina.

Y nos dormimos así —cansados por la semana entera, cansados por el día, cansados el uno del otro de esa manera rica en que se cansa cuando por fin pasa lo que tenía que pasar desde el principio.

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