Oriana despierta en el cuerpo de la mujer que, en una historia que conoce demasiado bien, destruyó la vida de un poderoso duque. Ahora, atrapada en una nobleza en ruinas y con un padre al borde del colapso, decide no seguir el camino que ya estaba escrito para ella.
Sin buscar redención ni protagonismo, empieza de nuevo desde lo más simple: trabajar, crear, sobrevivir y pagar las deudas de una vida que ya no siente suya. Pero el destino no se queda quieto. El mismo duque al que una vez hirió comienza a mirarla con sospecha, luego con interés, como si algo en ella no encajara con el pasado que recuerda.
Sin embargo, cuanto más intenta escapar del rol que le fue asignado, más se acerca a un futuro que nadie en esa historia original llegó a ver venir.
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Capitulo 3
La noticia de que lady Priscilla quería convertir una cocina abandonada en una pastelería recorrió la mansión más rápido que cualquier rumor del último escándalo con el duque.
Los sirvientes susurraban en los pasillos apenas ella aparecía. Algunos pensaban que el rechazo del compromiso finalmente la había vuelto loca; otros creían que simplemente estaba aburrida y abandonaría la idea en menos de una semana.
Priscilla escuchaba todo.
Y honestamente, tampoco podía culparlos demasiado.
Esa mañana estaba parada sobre una silla intentando limpiar una ventana llena de polvo mientras discutía con el cocinero de la mansión.
—Lady Priscilla, bájese antes de romperse la cabeza otra vez.
—Estoy limpiando.
—Está empeorando el problema.
El hombre soltó un suspiro cansado.
—Nunca pensé que viviría lo suficiente para verla pelear contra una cocina.
Ella bajó de la silla con cuidado y observó el lugar. Seguía siendo un desastre; cajas viejas apiladas en una esquina, utensilios incompletos, muebles desgastados y un horno tan antiguo que parecía capaz de explotar en cualquier momento.
Pero aun así le gustaba.
Porque aquel lugar tenía posibilidades.
—Necesitamos pintura nueva —murmuró ella.
—Necesitamos dinero —corrigió el cocinero.
Eso la hizo quedarse callada unos segundos.
Sí.
Ese era el verdadero problema.
La familia Van estaba prácticamente arruinada. Dorian hacía lo posible por mantener las apariencias frente a la nobleza, aunque cada semana llegaban más cartas de acreedores y más sirvientes abandonaban la mansión buscando mejores trabajos.
Incluso los ingredientes básicos comenzaban a faltar.
Aun así, Priscilla seguía insistiendo.
Pasó los siguientes días limpiando la cocina junto al cocinero y dos sirvientas jóvenes que terminaron ayudándola más por curiosidad que por obligación.
Una de ellas, Lara, observaba todo con evidente desconfianza.
—Lady Priscilla, ¿de verdad piensa vender comida a personas?.
—Sí.
Lara seguía confundida.
—Pero las damas nobles no trabajan.
—Entonces seré la primera que sí.
—Eso sigue sonando extraño.
Priscilla levantó la mirada del saco de harina que intentaba mover.
—Lara, hace una semana toda la capital decía que yo abandoné a un duque ciego porque arruinaba mi futuro. Ya pasé la parte donde me preocupaba parecer elegante.
La muchacha no supo qué responder.
Y sinceramente, Priscilla tampoco estaba actuando por orgullo.
Simplemente no quería volver a quedarse esperando la muerte dentro de una habitación silenciosa.
Eso era todo.
Las primeras recetas fueron un desastre.
El horno quemó dos bandejas completas.
La masa de unos pequeños panes quedó dura como piedra.
Y el caramelo terminó pegado al techo después de que el cocinero intentara mover la olla demasiado rápido.
—Voy a fingir que eso jamás ocurrió —dijo él mirando el desastre.
Priscilla se estaba riendo tanto que casi no podía respirar.
—¿Sabe qué es lo peor?
—¿Qué cosa?
—Que todavía creo que podemos venderlo.
—Lady Priscilla, eso puede utilizarse como veneno.
A pesar de todo, el ambiente comenzó a cambiar poco a poco.
Las sirvientas dejaron de verla como una noble caprichosa jugando a cocinar y empezaron a ayudarla de verdad. Lara organizaba ingredientes, el cocinero corregía errores y hasta algunos empleados comenzaron a quedarse cerca de la cocina solo para probar lo que preparaban.
Porque cuando algo finalmente salía bien… realmente salía muy bien.
Priscilla sabía cocinar.
Y se notaba.
El aroma dulce llenaba los pasillos de la mansión desde temprano. Pan recién horneado, mantequilla derretida, vainilla y azúcar. Incluso los empleados más serios terminaban acercándose a la cocina inventando excusas absurdas.
—Vine a revisar la ventana.
—Eres jardinero.
—Bueno… quería revisar las plantas que crecen en el marco.
Priscilla soltó una carcajada mientras le entregaba un pequeño pastelito.
El hombre lo probó y abrió los ojos.
—Lady Priscilla… cásese conmigo.
—Que no lo oiga mi padre. Y no.
La cocina entera terminó riéndose.
Y aunque ella seguía sintiéndose extraña dentro de aquella nueva vida, esos pequeños momentos hacían que todo doliera menos.
Dorian comenzó a aparecer silenciosamente por las tardes.
Nunca intervenía demasiado. A veces simplemente se quedaba.
Priscilla notó algo rápido; él lucía peor cada día.
Más cansado. Más pálido.
Tosía seguido cuando creía que nadie escuchaba.
Y aun así sonreía cada vez que ella le ofrecía probar algo.
—¿Qué es esto? —preguntó él una tarde.
—Tarta de manzana.
—Es un lujo probarlo de tí.
—Porque lo es.
Dorian soltó una pequeña risa antes de probar un bocado.
Luego guardó silencio unos segundos.
—Está buena.
Priscilla levantó una ceja.
—Eso sonó muy emocional de su parte.
—No quiero emocionarme frente a una tarta.
—Cobarde.
Él negó con la cabeza mientras seguía comiendo.
Después de unos minutos habló nuevamente.
—Los empleados están más animados últimamente.
Ella lo miró.
—Creo que todos necesitaban distraerse un poco.
—Incluyéndote.
Priscilla bajó la mirada hacia la masa que estaba preparando.
Sí.
Incluyéndola.
Porque aunque ahora tenía otra vida, otra cara y otro nombre, seguía cargando esa sensación incómoda dentro del pecho. Ese miedo silencioso de que todo desapareciera demasiado rápido.
Pero cocinar ayudaba.
Mucho.