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EL PRECIO DEL HIELO

EL PRECIO DEL HIELO

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / CEO / Amor tras matrimonio / Romance oscuro
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Mahary Garcia

El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.

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CAPITULO 18

(Narrado por Valeria Varela)

Todavía tenía la piel ardiendo, el cuerpo lleno de sus marcas, de sus rasguños, de sus mordidas que me dolían y me gustaban a la vez. Todavía podía sentir su sabor en mi boca, su olor pegado a mi piel, el calor de su esencia bajando por mis piernas, recuerdo vivo de cómo me había tenido, de cómo me había destrozado de placer, de cómo me había gritado mil veces que era suya, que nadie más existía, que lo nuestro era lo único real. Estaba recostada sobre su pecho, escuchando los latidos fuertes y rápidos de su corazón, con una paz que hacía años no sentía, segura de mí misma, segura de él, segura de que nada ni nadie podía tocarnos. Pensaba en Isabella, en sus cartas, en sus amenazas vacías, y me daba risa. Pobre tonta. Creía que tenía poder, creía que tenía armas, y lo único que tenía era rabia y soledad. Porque ella no entendía que el amor, cuando es verdadero, cuando ha pasado por todo lo que pasamos nosotros, es indestructible.

Dante me acariciaba el cabello despacio, con la mano pesada y tranquila de quien ha ganado la batalla más importante, y me besaba la frente de vez en cuando, murmurando cosas bonitas, cosas sucias, cosas de amor, mezclándolo todo como solo él sabía hacer.

—Te comería entera —me dijo bajito, apretándome más contra él, haciéndome sentir que su cuerpo ya empezaba a reaccionar otra vez, duro y exigente contra mi cadera—. Me podrían matar ahora mismo, y moriría feliz. Porque te tuve así, porque te hice mía de verdad, porque te saqué esos gritos que solo yo puedo sacarte. Que se jodan todos. Que se joda ella. Tú eres mi vida, Valeria. Solo tú.

Le sonreí, lo besé en el pecho, me acomodé mejor entre sus brazos, y cerré los ojos, dispuesta a quedarme ahí todo el día, todo lo que quedaba de vida, si hacía falta. Pero la paz duró muy poco. Demasiado poco.

De pronto, el sonido fuerte y insistente del teléfono de la mesa de noche nos hizo abrir los ojos a los dos. Dante gruñó, molesto por la interrupción, estiró el brazo sin soltarme del todo, y lo tomó. En cuanto vio la pantalla, su cuerpo entero se tensó de golpe. Sentí cómo sus músculos se ponían rígidos, cómo su respiración se cortó, cómo dejó de acariciarme de repente. Lo miré a la cara, y lo que vi me heló la sangre. Se había puesto pálido. Pálido como la pared. Y sus ojos, que antes me miraban con fuego y amor, ahora estaban abiertos de par en par, llenos de miedo, de confusión, de algo que no entendía pero que me dio mucho mal presentimiento.

—¿Quién es? —le pregunté, sentándome rápido en la cama, cubriéndome con la sábana, sintiendo cómo el ambiente cambiaba de golpe, cómo el calor se iba y entraba un frío horrible en la habitación.

No me contestó. Se quedó mirando la pantalla, con la mano temblando, y luego apretó el botón para aceptar la llamada. Puso el altavoz. Y entonces la escuchamos. Esa voz. Esa voz de mierda, suave, dulce, cargada de veneno, que conocía demasiado bien. Isabella.

—Hola, amor —dijo ella, y se le notaba en la voz que estaba sonriendo, que estaba disfrutando cada segundo de esto—. ¿Cómo están? ¿Se están divirtiendo? ¿Sigues metido dentro de ella, follándola como un loco para olvidarme? Qué lindo. De verdad, me encanta saber que usas mi memoria para darle placer a esa mujer. Pero bueno… lamento interrumpir el momento romántico y salvaje que se traen, pero tengo algo que contarles. Algo que ustedes no saben. Algo que va a hacer que todo ese amor tan grande que dicen tenerse… se vaya a la mierda en dos segundos.

Dante respiraba fuerte, miraba el teléfono como si fuera una bomba a punto de estallar, y yo sentía cómo la rabia me subía por la garganta, cómo me hervía la sangre de solo oírla.

—¿Qué quieres, perra? —le grité, acercándome al aparato, furiosa—. ¿No entiendes que no eres nada? ¿Que no tienes poder? ¿Que lo que tengas que decir nos importa una mierda? Deja de molestarnos, o te juro que…

—¿Te callas, niñata? —me cortó ella con una frialdad que me dejó helada—. Hablo con Dante. Y él sabe que tengo derecho. ¿Verdad, Dante? ¿Sabes de lo que hablo? ¿Te acuerdas de lo que pasó hace tres años? ¿Te acuerdas de la noche en que tu papá te obligó a firmar el contrato con ella? ¿Te acuerdas de lo que hiciste después, para desahogarte?

Se hizo un silencio horrible. Un silencio que dolía. Miré a Dante, y él no me miraba a mí. Miraba al suelo, con la cabeza baja, con las manos apretadas en los bordes de la cama, temblando entero. Y ahí lo supe. Ahí supe que había algo. Algo gordo. Algo que él me había ocultado todo este tiempo. Algo que ella tenía y que yo no sabía.

—¿De qué habla? —le pregunté, bajito, sintiendo cómo se me partía el pecho, cómo me empezaba a doler el estómago de miedo—. Dante… ¿de qué habla? ¿Qué pasó?

Isabella soltó una risa burlona por el teléfono, una risa que me daban ganas de arrancarle la cara.

—¡Ay, qué bonito! ¡Ni siquiera lo sabe! ¡Te lo ocultó todo, Dante! ¡Qué hombre tan valiente! Pero bueno… yo se lo voy a contar, mi vida. Yo te voy a decir la verdad, Valeria, la verdad de lo que es tu marido, de lo que hicieron juntos antes de que tú te creyeras la dueña de todo.

Hizo una pausa, disfrutando de nuestro dolor, y luego siguió, hablando despacio, marcando cada palabra como si fueran cuchillos que me clavaba en el corazón.

—Hace tres años, justo después de que te casaras con él, justo después de que firmaras todos los papeles y pasaras a ser la señora Moretti, Dante vino corriendo a mi casa. ¿Sabes por qué? Porque estaba furioso. Porque le habían obligado a casarse contigo, porque decía que eras una niña tonta, aburrida, que no tenías nada interesante, que solo eras una carga, una obligación de su padre. Vino hecho una furia, borracho, gritando que te odiaba, que no te aguantaba, que nunca te iba a tocar, que tú no eras mujer para él… que yo era la única, la que valía, la que le gustaba de verdad.

Sentí que me faltaba el aire. Me quedé helada, mirando a Dante, esperando que lo negara, que dijera que era mentira, que ella estaba loca. Pero él seguía con la cabeza baja, sin hablar, sin mirarme, y eso… eso me dolió más que nada.

—¿Y sabes qué pasó esa noche, Valeria? —siguió ella, con voz llena de triunfo—. Esa noche se quedó conmigo. Esa noche me dijo mil veces que me amaba, que te odiaba a ti. Y esa noche… esa noche me folló como nunca. Me tuvo toda la noche, hasta el amanecer, dándome todo lo que a ti te negaba. Me dijo, entre besos y empujones, mientras me llenaba y me hacía gritar, ¿sabes qué me dijo? Me dijo: “Mira, Isabella, esto es lo que ella nunca va a tener. Esto es lo que es mío y solo tuyo. Pueden obligarme a tener su apellido, a tenerla en mi casa, pero mi cuerpo, mi placer, mi amor… todo es tuyo. Y aunque ella esté ahí, aunque duerma en mi cama… la que me tiene de verdad eres tú. Y te voy a seguir viniendo a ver, te voy a seguir llenando, te voy a seguir haciendo mía… y ella se va a quedar con las ganas, con la soledad, con el nombre y nada más”.

Se me llenaron los ojos de lágrimas, lágrimas de rabia, de dolor, de engaño. Me temblaba todo el cuerpo. Miré a Dante, y le grité, con todo lo que me salía del alma:

—¡DILE QUE ES MENTIRA! ¡DILE QUE SE ESTÁ INVENTANDO TODO! ¡DIME QUE NO ES VERDAD, DANTE! ¡POR FAVOR!-

Él levantó la cara por fin. Tenía los ojos llenos de lágrimas, de culpa, de dolor. Me miró, y vi en su mirada que era verdad. Todo era verdad.

—Valeria… yo… yo era otro hombre… yo estaba ciego… yo te odiaba… pensaba que tú…

—¡CÁLLATE! —le grité, lanzándole una almohada con todas mis fuerzas, sintiendo cómo se me rompía el corazón en mil pedazos, cómo todo lo que habíamos construido se venía abajo en un segundo—. ¡No me digas nada! ¡Ella tenía razón! ¡Todo este tiempo, todo este tiempo yo pensando que fuiste frío, que fuiste indiferente, que no me querías… pero no! ¡Es que ella lo tenía todo! ¡Todo lo que yo quería, todo lo que yo soñaba, todo lo que te pedía… se lo dabas a ella! ¡Y encima te burlabas de mí con ella! ¡Me usabas de nombre, de cara, de papel… y a ella la usabas de mujer!

—¡Te equivocas! —gritó él, saltando de la cama, desnudo, viniendo hacia mí queriendo tocarme—. ¡Eso fue antes! ¡Eso ya no existe! ¡Yo cambié! ¡Yo te amo a ti ahora! ¡Todo eso era rabia, era orgullo, era estupidez! ¡Ya no siento nada por ella! ¡Todo lo que hago, todo lo que siento, todo lo que te doy… es nuevo, es tuyo, es solo tuyo! ¡Lo de antes no cuenta!

—¡CLARO QUE CUENTA! —le grité, apartándolo de un empujón, con asco, con dolor, con rabia—. ¡Cuenta mucho! ¡Porque significa que me mentiste! ¡Que me ocultaste lo peor de todo! ¡Que mientras yo me moría de frío, de soledad, de amor por ti… tú te lo pasabas de maravilla con ella, riéndote de mí, diciéndole que yo no era nada! ¡Y lo peor de todo, Dante… lo peor es que ella lo sabe! ¡Ella sabe cosas de ti que yo no sé! ¡Ella tuvo tu confianza, tu cuerpo, tu verdad… y yo solo tuve tus sobras y tus mentiras!

Isabella volvió a hablar por el teléfono, y se notaba que se estaba deleitando con nuestra pelea, con nuestro dolor.

—Y eso no es todo, mi amorcitos. Ah, no. Hay más. ¿Recuerdas esa vez, Dante, hace un año, cuando te fuiste de viaje de negocios a Europa? ¿Te acuerdas que le dijiste a tu mujer que tenías mucho trabajo, que ibas a estar muy ocupado, que no podías llamar? ¿Te acuerdas?

Me quedé helada. Yo me acordaba. Me acordaba de que estuve una semana entera llorando, esperando una llamada, un mensaje, algo… y no tuve nada. Me acordaba de que me sentía la mujer más desdichada del mundo, pensando que ni siquiera valía un minuto de su tiempo.

—¿Te acuerdas, Dante? —siguió ella, con voz de triunfo—. Te fuiste una semana. Una semana entera. Y no fuiste a trabajar, no. Te viniste conmigo. Nos fuimos juntos. Estuvimos una semana enteros en un hotel, solos, sin nadie, sin nada más que nosotros. Una semana follando día y noche, comiendo juntos, durmiendo abrazados, diciéndonos que nos íbamos a ir juntos, que te ibas a divorciar de ella en cuanto pudieras. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste ahí, Dante? ¿Te acuerdas que me dijiste que yo era la única mujer de tu vida, que ella era un error, que nunca te habías sentido tan vivo como conmigo?

Me miró a mí a través del teléfono, y remató, como una cuchillada final:

—Y lo más gracioso, Valeria… lo más gracioso es que te mandó regalos, te mandó flores, te mandó cartas escritas por mí, para que no sospecharas nada. ¡Él me dictaba lo que tenía que escribirte, para que tú te creyeras que te quería un poquito, para que no te quejaras! ¡Todo falso, mi vida! Todo lo que creías que era tuyo… era mío. Todo.

Se cortó la llamada. Se hizo silencio en la habitación. Un silencio horrible, pesado, lleno de todo lo que habíamos escuchado, de todo lo que ahora sabía, de todo lo que él me había ocultado.

Lo miré. Lo miré desnudo, parado frente a mí, lleno de mis marcas, de mis besos, de mi olor todavía en su piel, después de haberme follado como un loco, después de haberme jurado amor eterno… y sentí que no lo conocía. Sentí que todo lo que vivimos estos días, todo ese fuego, todo ese amor, todo ese cambio… era una mentira más. O peor: era verdad ahora, pero construido sobre montañas de mentiras, de secretos, de cosas que compartió con ella y que yo nunca tuve.

—¿Es verdad? —le pregunté, con voz muerta, sin lágrimas ya, porque me las había secado todas—. ¿Fuiste a Europa con ella? ¿Me mandaste cartas escritas por ella? ¿Te burlaste de mí de esa forma tan asquerosa?

Él tenía la cabeza baja otra vez. Le temblaba todo el cuerpo. Y asintió. Un movimiento pequeño, lento, que me destrozó más que cualquier grito.

—Sí —dijo bajito, con voz quebrada—. Fue antes, Valeria… todo fue antes de que yo supiera lo que era el amor. Antes de que me diera cuenta de lo que tenía. Yo era un monstruo. Yo te hacía daño porque yo estaba dañado. Yo creía que el amor era eso… y estaba equivocado. Pero te juro… te juro por mi vida… que ahora nada de eso importa. Que ahora tú eres todo. Que todo lo que hago ahora es tuyo, solo tuyo, y mil veces más real que todo lo que hubo con ella.

Me levanté de la cama, agarré la sábana para cubrirme, y me alejé de él, muy lejos, hasta la esquina de la habitación. Lo miré con odio, con dolor, con decepción.

—Para ti puede ser antes —le dije, fría, dura, cortante—. Pero para mí… para mí fue mi vida. Fueron años enteros de mi vida en los que yo sufría, en los que yo te amaba, en los que yo te esperaba… y tú te reías de mí con ella. Ella tiene razón, Dante. Ella te conoce mejor que yo. Ella tuvo tu confianza, tus secretos, tus viajes, tus risas, tus verdades… y yo solo tuve lo que a ella le sobraba. Y lo peor de todo… es que ella lo sabe. Ella sabe que todavía tiene poder sobre nosotros. Ella sabe que tiene cosas que yo no tengo. Y acaba de demostrármelo.

Me quedé callada un momento, tragándome todo el dolor, todo el asco, todo el amor que ahora me dolía tener.

—Vete —le dije, señalando la puerta—. Sal de aquí. No quiero verte. No quiero oírte. No quiero nada de ti ahora mismo. Porque después de todo lo que me acabas de ocultar… después de saber que lo que tenemos está manchado de ella… no sé quién eres. Y no sé si quiero saberlo.

Él se quedó parado ahí, desnudo, destrozado, llorando, mirándome con desesperación, queriendo decir algo, queriendo arreglar algo que ya se había roto.

—Valeria, por favor…

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Laura Panama
así me gusta que se defienda no que se umille
Maria natalia Jauregui ramirez
Si
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