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Eres Mi Error Mas Caro CEO

Eres Mi Error Mas Caro CEO

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Mujer fuerte/hombre frágil / Amor-odio
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Para salvar a su familia, ella firmó un contrato con el hombre más poderoso de la ciudad… sin imaginar que estaba vendiendo su libertad.
Frío, dominante y peligroso, él no cree en el amor, pero sí en la posesión.
Lo que empezó como un acuerdo se convierte en una relación marcada por el control, los celos y una atracción imposible de romper.
Porque en su mundo, amar no es proteger… es destruir.
Y ahora que la tiene, no piensa dejarla ir… aunque eso la rompa por completo.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La ausencia que también pesa

Valeria regresó a la mansión cuando la tarde ya empezaba a oscurecer, con el olor del hospital todavía pegado a la ropa y las palabras de su madre latiéndole en el pecho como una orden suave: no naciste para pedir permiso con los ojos. Durante el trayecto no habló con el chofer. Se limitó a mirar la ciudad por la ventana, sintiendo que algo dentro de ella se había movido de lugar. Había visto a Tomás, había tocado las manos frágiles de Amelia, había respirado el aire de su casa, y aun así, al llegar frente a las rejas de la propiedad Ortega, sintió una contradicción que la enfureció: una parte de ella no quería volver, pero otra quería saber por qué Damián no había aparecido. Esa ausencia, que debía sentirse como alivio, le pesaba de una forma incómoda.

Al bajar del auto, Teresa la recibió en la entrada. No hizo preguntas. Solo la miró con esa prudencia suya, como si supiera leer el cansancio sin convertirlo en conversación. Valeria dejó el bolso sobre una mesa cercana y se quitó lentamente el abrigo. Sus dedos estaban fríos, pero su rostro seguía firme. —No vino —dijo al fin, antes de poder detenerse. Teresa levantó apenas la mirada. Valeria se odió por haberlo dicho, por haberle dado cuerpo a una inquietud que debía mantenerse escondida. Apretó los labios y añadió, más dura consigo misma que con la mujer que la escuchaba—: No lo digo porque lo esperara. Lo digo porque los hombres como él rara vez respetan una distancia sin convertirla en estrategia.

Teresa tomó el abrigo con cuidado. —El señor Ortega llegó hace una hora. Preguntó si usted había vuelto, pero no pidió detalles. Solo dijo que, cuando llegara, se le ofreciera cena si quería. —Valeria soltó una risa baja, amarga, casi confundida. —Qué generoso. Hoy decidió no vigilarme y ahora parece que todos debemos reconocerle el mérito de no hacer lo que nunca debió hacer. —Teresa no respondió de inmediato. Solo bajó la mirada al abrigo doblado entre sus manos. —A veces, señorita Valeria, en una casa acostumbrada al control, una puerta que no se cierra también hace ruido. —Valeria la miró, sintiendo que la frase le tocaba un lugar peligroso. No contestó. Subió las escaleras con el cuerpo cansado y el corazón más inquieto de lo que quería admitir.

Pasó frente a la puerta del despacho de Damián sin detenerse, pero escuchó su voz al otro lado. No estaba hablando fuerte. No estaba ordenando con esa frialdad de CEO que ella conocía. Hablaba bajo, cortante, con una tensión que parecía controlada a la fuerza. Valeria se quedó inmóvil unos segundos. No quería espiar. No quería interesarse. Pero entonces escuchó su nombre. La mano se le cerró alrededor del barandal. La puerta estaba entreabierta, apenas lo suficiente para ver a Damián de pie junto al escritorio, sin saco, con una mano apoyada en la madera y la otra sosteniendo el teléfono. Tenía la mandíbula apretada y los ojos oscuros de rabia contenida.

—No quiero una sola fotografía de ella entrando o saliendo del hospital, ¿entendió? —dijo Damián, con la voz baja y dura—. Si alguien de la prensa se acerca a su familia, no lo quiero resuelto mañana, lo quiero resuelto antes de que ella tenga que enterarse. Y escúcheme bien: no me informe dónde estuvo, con quién habló ni cuánto tardó. Eso no le pertenece a usted, y hoy estoy intentando recordar que tampoco me pertenece a mí.

Valeria sintió que el pecho se le apretaba.

Damián colgó y permaneció unos segundos en silencio, con la cabeza inclinada. Luego levantó la vista hacia la puerta. La vio. No pareció sorprendido. Tal vez la había sentido allí desde antes. Tal vez en esa casa todos aprendían a escuchar incluso lo que no se decía.

—No estaba vigilándola —dijo él.

Valeria entró despacio. No cruzó toda la habitación. Se quedó cerca de la puerta, como si necesitara recordar que podía salir. —No sé qué hacer con usted cuando dice algo correcto después de haber hecho tantas cosas mal. Me molesta. Me desordena. Una parte de mí quiere gritarle que no tiene derecho a cuidar lo que primero lastimó, y otra parte entiende que, si alguien se acercaba a mi familia por culpa de su apellido, yo iba a necesitar que usted lo detuviera. ¿Ve lo injusto que es eso, Damián? Incluso cuando intento alejarme de usted, su mundo sigue alcanzando a los míos.

Él bajó la mirada. Sus dedos se cerraron sobre el borde del escritorio. —Lo sé. Y no tengo una respuesta que la deje tranquila. No puedo prometerle que mi mundo no va a tocar a su familia, porque ya lo hizo desde el momento en que usted firmó. Pero puedo prometerle que no voy a usar esa amenaza para tenerla cerca. Hoy quise ir al hospital. Quise aparecer antes de que saliera, abrirle la puerta, revisar si había cámaras, preguntarle si estaba bien. Y no lo hice. No porque no me importara, sino porque entendí que mi presencia también podía ser otra forma de presión.

Valeria sintió una punzada en la garganta. Sus manos se cerraron sobre la tela de su falda. —Tomás me dijo que no confundiera pequeñas concesiones con cariño. Mi madre me dijo que no dejara que el sacrificio me volviera muda. Y yo estoy aquí, frente a usted, tratando de no confundirme, tratando de recordar que una puerta abierta no es libertad si todavía hay un contrato sosteniendo las paredes.

Damián la miró con una intensidad que no intentó esconder. —Entonces no se confunda por mí. No me perdone antes de que yo merezca siquiera pedirlo. No convierta mis intentos en excusas. Si algún día hago algo bien, que sea solo eso: algo bien. No una deuda para usted.

Valeria no esperaba esa respuesta. Le dolió precisamente porque no podía atacarla con facilidad. Apartó la mirada hacia los ventanales oscuros. Afuera, la noche cubría el jardín perfecto como una tela negra. —Hoy noté su ausencia —confesó, casi en contra de sí misma—. Y eso me dio rabia. Porque se suponía que debía sentir alivio, solo alivio. Pero una parte de mí buscó su sombra y después se odió por hacerlo.

Damián se quedó inmóvil. Sus ojos cambiaron, pero no avanzó.

—Yo también noté la suya —dijo, con voz baja—. Y tuve que quedarme aquí, aprendiendo a no convertir eso en una orden.

El silencio cayó entre ambos, denso, peligroso, lleno de cosas que ninguno debía decir todavía.

Valeria retrocedió un paso.

—Buenas noches, Damián.

Él no la detuvo.

—Buenas noches, Valeria.

Ella salió del despacho con el corazón demasiado despierto.

Y por primera vez desde que llegó a esa casa, lo que más la asustó no fue sentirse encerrada.

Fue darse cuenta de que una parte de ella había empezado a escuchar cuando él no cerraba la puerta.

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Marta Ndong mansuy
Masssss
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