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Casada con un Mafioso

Casada con un Mafioso

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Matrimonio contratado / Mafia / Completas
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Autora Pandora

Oliver Santos solo quería salvar a su madre.

Con un diagnóstico de cáncer y sin dinero para el tratamiento, acepta la única opción que le queda: casarse con Gabriel Campos, el hombre misterioso y poderoso al que salvó una noche lluviosa en un callejón oscuro. Un matrimonio por contrato. Sin sentimientos. Sin complicaciones.

Pero Gabriel no es un hombre cualquiera.

Detrás de los trajes impecables, la mirada fría y los guardaespaldas, se esconde el líder de una de las organizaciones más temidas de la ciudad. Y ahora Oliver lleva su apellido.

Lo que comienza como un acuerdo calculado pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque en el mundo de Gabriel, la lealtad se prueba con sangre, los enemigos no perdonan… y el corazón no obedece contratos.

Entre traiciones, tiroteos, secretos familiares y una atracción imposible de ignorar, Oliver descubrirá que la línea entre el deber y el deseo es mucho más delgada de lo que imaginaba.

¿Puede un matrimonio falso convertirse en el amor más real de su vida?

NovelToon tiene autorización de Autora Pandora para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

El sonido metálico de la puerta del ascensor resonó suavemente por el pasillo silencioso del edificio.

Oliver respiró hondo antes de salir, acomodándose discretamente las mangas de la camisa. Su corazón estaba acelerado desde que despertó, y sabía exactamente el motivo.

Hoy.

Hoy sería el día.

El día en que Gabriel cumpliría su promesa.

El entrenamiento.

El arma.

La responsabilidad.

Y, por encima de todo, la línea invisible que estaba a punto de cruzar.

Cuando entró al apartamento, encontró a Gabriel ya listo, vistiendo ropa más casual de lo habitual: una camisa oscura, pantalón cómodo y una chaqueta ligera. Aún elegante, aún imponente, pero menos formal que en los otros días.

Era una versión más… accesible.

— Buenos días —dijo Oliver, intentando parecer tranquilo.

Gabriel levantó la mirada, observándolo con atención.

— ¿Dormiste?

Oliver vaciló.

— Lo suficiente.

Gabriel no comentó sobre la leve mentira.

En cambio, colocó una pequeña caja sobre la mesa.

— Antes que nada, reglas.

Oliver tragó saliva y se acercó lentamente.

— Bien.

Gabriel abrió la caja.

Dentro había un par de protectores auditivos y lentes de protección.

Oliver parpadeó, sorprendido.

— La seguridad va antes que todo —explicó Gabriel, con naturalidad—. Incluso antes que la curiosidad.

Oliver tomó los objetos con cuidado.

— Te lo tomas muy en serio.

— Porque las armas no permiten errores.

La respuesta fue calmada.

Fría.

Real.

Y completamente diferente del tono más suave que Gabriel usaba en los momentos cotidianos.

Aquello no era sobre convivencia.

Era sobre supervivencia.

— Salimos en cinco minutos —agregó.

---

El lugar de entrenamiento quedaba fuera del área urbana.

Era discreto.

Aislado.

Y rodeado de una seguridad que Oliver solo percibió cuando se acercaron más.

Un portón automático se abrió silenciosamente, revelando un área amplia, con blancos posicionados a diferentes distancias y una estructura que parecía demasiado profesional para ser solo un "campo de entrenamiento común".

Oliver bajó del auto despacio, observando todo a su alrededor.

— ¿Esto es… tuyo?

— Sí.

Simple.

Directo.

Como siempre.

Dos hombres que estaban en la entrada asintieron respetuosamente hacia Gabriel, pero miraron a Oliver con curiosidad contenida.

Ninguno de ellos dijo nada.

Pero Oliver lo notó.

Sabían quién era él.

O al menos… lo sospechaban.

Gabriel caminó hasta el área de tiro con pasos firmes.

— Ven.

Oliver lo siguió, sintiendo que el peso de la situación aumentaba con cada paso.

El olor a pólvora leve en el aire, el sonido distante de disparos en otra zona del campo, y la atmósfera seria hacían todo mucho más real de lo que había imaginado.

Mucho más.

Gabriel se detuvo frente a una mesa metálica.

Sobre ella, una única arma reposaba, desmontada en partes organizadas.

Oliver se congeló por un segundo.

— Primero, teoría —dijo Gabriel.

Señaló cada pieza con calma, explicando la función de cada parte, como si estuviera enseñando algo técnico y no potencialmente letal.

— Seguro del gatillo. Cañón. Cargador. Traba.

Oliver prestaba atención absoluta.

Cada palabra.

Cada detalle.

Sin interrumpir.

Sin bromear.

Sin actuar de forma impulsiva.

Y eso llamó la atención de Gabriel.

— Regla número uno —continuó—. Nunca apuntes un arma hacia algo que no estés dispuesto a herir.

Oliver asintió de inmediato.

— Regla número dos: dedo fuera del gatillo hasta el momento del disparo.

— Entendido.

— Regla número tres: control emocional antes de control técnico.

Oliver frunció levemente el ceño.

— ¿Qué significa eso?

Gabriel lo miró directamente.

— Una persona nerviosa con un arma es más peligrosa que una persona inexperta.

Silencio.

Pesado.

Sincero.

Oliver respiró hondo.

— Entonces necesito estar calmado.

— Exactamente.

Gabriel comenzó a armar el arma con movimientos precisos, rápidos, pero seguros. No había vacilación. No había error. Era claro que tenía mucha experiencia.

Y aquello hizo que Oliver se diera cuenta, una vez más, de lo diferentes que eran sus mundos.

Cuando el arma estuvo armada, Gabriel la colocó sobre la mesa.

— Antes de que la toques, quiero que respondas una pregunta.

Oliver levantó la mirada.

— ¿Cuál?

— ¿Por qué quieres aprender a disparar?

Silencio.

Largo.

Honesto.

Oliver no desvió la mirada.

— Porque tengo miedo.

La respuesta salió más rápido de lo que esperaba.

Gabriel permaneció en silencio.

— ¿Miedo de qué?

Oliver apretó levemente las manos.

— De no poder proteger a las personas que amo.

La brisa suave pasó por el campo abierto.

— Mi mamá está enferma. Mis hermanos confían en mí. Y estoy vinculado a ti… —vaciló, pero continuó— …lo que automáticamente me pone en riesgo.

Gabriel observó cada microexpresión suya.

Sin interrupciones.

— No quiero ser alguien que solo espera a que lo protejan —finalizó Oliver—. Quiero, al menos, tener la oportunidad de reaccionar si algo pasa.

Silencio absoluto.

Pero esta vez no era un silencio tenso.

Era un silencio de comprensión.

Gabriel empujó el arma levemente en su dirección.

— Tómala.

El corazón de Oliver se disparó.

Acercó la mano despacio.

Muy despacio.

Como si estuviera tocando algo sagrado.

O demasiado peligroso.

Sus dedos envolvieron el arma con cuidado, sintiendo el peso real de ella por primera vez.

Era más pesada de lo que imaginaba.

Más fría.

Más… real.

— Postura —dijo Gabriel, acercándose.

Se colocó detrás de Oliver, ajustando levemente la posición de sus hombros con cuidado y firmeza.

— Pies separados al ancho de los hombros.

Oliver obedeció.

— Columna recta.

Corrigió la postura de inmediato.

— Respiración controlada.

Oliver inspiró profundamente.

Y entonces notó algo.

Gabriel estaba muy cerca.

Demasiado cerca.

Podía sentir el calor sutil de su presencia detrás de él.

El aroma leve del perfume.

La voz baja, calmada, firme.

Su corazón se aceleró por un motivo completamente diferente.

— Concéntrate —murmuró Gabriel, cerca de su oído.

Oliver tragó saliva.

— E-estoy concentrado.

— Estás pensando demasiado.

No se equivocaba.

— Sujétala con las dos manos.

Gabriel posicionó suavemente las manos de Oliver sobre el arma, ajustando sus dedos con precisión. El contacto fue breve.

Pero firme.

Y extremadamente consciente.

— Ahora, mira el blanco.

Oliver levantó el arma con cuidado, apuntando al blanco frente a él, a una distancia media.

Su corazón estaba acelerado.

Su respiración, un poco irregular.

— Recuerda —dijo Gabriel—: el disparo comienza antes del gatillo. Comienza en la respiración.

Oliver inspiró.

Exhaló despacio.

Inspiró de nuevo.

— Cuando estés listo, presiona el gatillo lentamente. Sin prisa.

El silencio del campo parecía ensordecedor.

El mundo entero se redujo al blanco.

Al arma.

A la respiración.

Y a la presencia constante de Gabriel detrás de él.

Su dedo presionó el gatillo con cuidado.

El disparo resonó fuerte por el campo.

Oliver cerró los ojos por reflejo.

El retroceso del arma lo sorprendió levemente, pero mantuvo la postura, firme.

Silencio.

Lento.

Denso.

— Abre los ojos —dijo Gabriel.

Oliver los abrió despacio.

Y los abrió de par en par.

El disparo había dado en el blanco.

No en el centro.

Pero dentro del área principal.

— ¿Yo… acerté?

— Sí.

La respuesta fue simple.

Pero había un tono diferente en la voz de Gabriel.

Algo cercano a… aprobación.

Oliver soltó una pequeña risa nerviosa.

— Mi corazón casi se me sale por la boca.

— Normal.

Gabriel entonces se alejó algunos pasos, dándole espacio.

— Otra vez.

Oliver respiró hondo.

Esta vez, su mano estaba más firme.

Más estable.

Menos asustada.

Apuntó de nuevo.

Inspiró.

Exhaló.

Disparo.

Otro acierto.

Silencio.

— Aprendes rápido —comentó Gabriel.

Oliver bajó el arma lentamente.

— No se trata de que me guste esto… —murmuró—. Se trata de entender el peso de esto.

Gabriel lo observó en silencio durante algunos segundos.

Y, por primera vez desde el inicio del entrenamiento, algo en su expresión se suavizó.

— Esa es la respuesta correcta.

Oliver colocó el arma de vuelta sobre la mesa con cuidado, como si estuviera devolviendo algo importante.

— No quiero usar esto para herir a alguien —dijo en voz baja—. Solo quiero asegurarme de que nunca más voy a sentirme completamente indefenso.

Gabriel respondió tras una breve pausa:

— Y yo voy a asegurarme de que nunca necesites usarla.

Oliver levantó la mirada.

Sorprendido.

— ¿Entonces por qué me enseñas?

Silencio.

Largo.

Sincero.

Gabriel finalmente respondió:

— Porque negarte tu autonomía sería la verdadera forma de ponerte en peligro.

El corazón de Oliver se apretó.

No por miedo.

Sino por algo más profundo.

Algo que crecía silenciosamente entre ellos.

Confianza.

Y, peligrosamente…

Algo muy cercano al cariño.

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