El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.
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CAPITULO 1
El reloj de mármol en la pared marcaba las 2:17 de la madrugada.El sonido lento y monótono de sus agujas era lo único que rompía el silencio absoluto de la sala principal de la mansión Moretti. Una mansión inmensa, lujosa, llena de cuadros valiosos, muebles de siglos pasados y luces doradas que siempre estaban encendidas... y que, sin embargo, se sentía más vacía y fría que cualquier callejón oscuro de la ciudad.
Valeria estaba sentada en el borde del gran sofá de terciopelo azul, con las manos juntas sobre el regazo, vestida con un vestido de seda color crema —uno de los pocos que Dante le había permitido comprar, siempre en tonos discretos, sin escotes, sin adornos que llamaran demasiado la atención—. Su cabello estaba peinado con cuidado, sus labios tenían un brillo muy sutil, y alrededor de su cuello llevaba la cadena pequeña de plata que él le había regalado el día de su boda, hace tres años.
Hoy cumplía veintiséis años.Había pasado todo el día esperando. Esperando una llamada, un mensaje, una flor, una palabra... cualquier cosa que le hiciera sentir que, al menos por un segundo, él se había acordado de que ella existía. Se había levantado temprano, arregló la casa, preparó su comida favorita, incluso compró un pastel pequeño, solo para los dos, que ahora estaba en la mesa del comedor, intacto, con las velas puestas pero sin encender.
—Señora Valeria... —la voz suave de Sofía sonó a sus espaldas, llena de compasión—. Ya es muy tarde. Debería ir a descansar. Él... él seguramente vendrá mañana.
Valeria se giró lentamente hacia ella, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos.—No, Sofía. Gracias. Voy a esperar un poco más. A veces se retrasa... ya sabes cómo son sus negocios.
Pero ambas sabían la verdad. Dante nunca se retrasaba sin avisar cuando realmente le importaba algo. Y ella hacía mucho tiempo que había dejado de importarle.Se levantó y caminó despacio hacia la ventana que daba a la entrada principal. El jardín estaba iluminado por faroles antiguos, el césped perfectamente cortado, los árboles altos y oscuros como guardianes silenciosos.
Había pasado tres años de su vida aquí. Tres años en los que aprendió a no hacer preguntas, a no reclamar, a estar siempre disponible, a sonreír aunque le doliera el alma.Todo por amor.Porque cuando se casó, ella estaba enamorada. Enamorada de esa fuerza imponente que él tenía, de su inteligencia, de esa forma de mirar al mundo como si todo le perteneciera. Creía que, con el tiempo, él la querría. Que su amor sería suficiente para derretir ese hielo que llevaba dentro. Que un día, él la miraría y vería a la mujer que estaba dispuesta a darle todo, no solo una esposa de conveniencia, no solo un nombre en un contrato.Pero ese día nunca llegaba.
El sonido de un motor potente rompió el silencio.Valeria sintió que el corazón se le aceleraba en el pecho. Se ajustó el vestido, se pasó una mano por el cabello para asegurarse de que todo estuviera en su lugar, y se acercó un poco más a la puerta. El coche negro, grande y brillante, el mismo que él conducía a todas horas, entró por el portón automático y se detuvo frente a la escalinata de entrada.Las luces se apagaron. El motor calló.La puerta del conductor se abrió y Dante salió. Alto, elegante, su traje gris oscuro impecable, su cabello negro un poco despeinado por el viento. Se ajustó el reloj de muñeca con calma, con esa tranquilidad que siempre lo caracterizaba, y luego cerró la puerta con suavidad.
Valeria abrió la puerta principal antes de que él pudiera meter la llave. Sonrió, esa sonrisa que tenía ensayada mil veces, la que siempre le mostraba, la que decía: "Te estaba esperando, te extrañé, todo está bien".
—Llegaste —dijo ella, suavemente, con voz que intentó que sonara alegre—. Te estaba esperando.
Dante la miró. Sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo, sin ninguna emoción, sin sorpresa, sin alegría. Ni siquiera hubo un rastro de curiosidad al verla arreglada, despierta a las dos de la madrugada. Pasó por su lado sin tocarla, sin darle un beso, sin decirle una palabra cariñosa, y entró en la casa como si ella fuera un mueble más que estaba ahí para decorar.
—Tenía trabajo —respondió simplemente, con voz cansada y fría, mientras se quitaba el abrigo y se lo entregaba a Sofía, que permanecía en silencio a un lado—. Muchos problemas con los inversores. No podía salir antes.-
Valeria sintió cómo la esperanza que había mantenido viva todo el día se le deshacía entre las manos como ceniza. Dio un paso hacia él, con las manos entrelazadas con fuerza, intentando que su voz no le temblara.
—Entiendo... pero... hoy es un día especial, Dante. ¿No lo recuerdas?-
Él se detuvo un segundo, se giró hacia ella y la miró con esa expresión vacía que le dolía más que cualquier grito. Frunció el ceño levemente, como si estuviera intentando recordar algo que no le importaba lo suficiente.
—¿Especial? —repitió, con una calma que le destrozaba—. No. No recuerdo ninguna reunión familiar ni evento importante para hoy. ¿Qué pasa? ¿Alguien murió?-
Esas palabras fueron como una puñalada directa al pecho.Valeria sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero se obligó a sí misma a no dejarlas caer. No delante de él. Nunca delante de él. Él odiaba las lágrimas, decía que eran debilidad, decía que ella siempre hacía escenas innecesarias.
—Hoy... hoy cumplo veintiséis años, Dante —susurró, con la voz rota, bajando la mirada hacia sus propios zapatos, incapaz de sostener esa frialdad en sus ojos—. Pensé que... que tal vez...- Hubo a un silencio largo, pesado, insoportable.
Dante soltó un suspiro largo, impaciente, y se pasó una mano por el cuello, como si ella le estuviera causando una molestia enorme, algo que le quitaba tiempo y energía.
—Ah. Eso —dijo, con total indiferencia—. Lo siento. He tenido la cabeza llena de números y contratos todo el día. No me acordé. Ya sabes que esas cosas... cumpleaños, aniversarios... no son mi prioridad. No son más que días en el calendario.- Se acercó un paso a ella, y Valeria, por un segundo tonto y estúpido, pensó que tal vez la abrazaría, que le pediría perdón, que le diría algo bonito. Pero él solo pasó su mano por encima de su hombro, sin apretar, sin cariño, solo un roce distante.
—Mañana te daré dinero. Compra lo que quieras. Un bolso, unos zapatos, lo que sea. Ahora déjame, estoy cansado y quiero dormir.-
Y sin esperar respuesta, sin mirarla una vez más, caminó hacia las escaleras y subió hacia su habitación, dejándola ahí parada, en medio de la sala, con el corazón hecho pedazos y el olor fuerte de su perfume mezclado con otro aroma... un aroma dulce, femenino, que ella conocía muy bien.Era el perfume de Isabella.Valeria se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada, mientras escuchaba cómo la puerta de la habitación de él se cerraba con suavidad, sellando todo lo que quedaba de su esperanza.Sofía se acercó despacio y le puso una mano en el hombro, con ojos llenos de pena.
—Señora... no merece esto. Ninguna mujer merece ser tratada así.-
Valeria no respondió. Solo se quedó mirando hacia las escaleras, sintiendo cómo algo dentro de ella, algo que había sido su amor, su fe, su paciencia, se rompía definitivamente en ese momento.Dio media vuelta y caminó despacio hacia la mesa del comedor. Allí estaba el pastel, pequeño, blanco, con una decoración sencilla, con velas doradas esperando ser encendidas. Se sentó frente a él, y con manos temblorosas, sacó una cerilla y las encendió todas. Las llamitas pequeñas y temblorosas se reflejaron en sus ojos llenos de lágrimas.
—Feliz cumpleaños, Val-